lunes, 5 de julio de 2010

Vicente Ramos Canale y Bartolomé L. Cordero (Bartolo)

Mis buenos amigos neuqinos, Vicente y Bartolo, ambos se han ganado el derecho de ser incorporados a esta galeria de personajes inolvidables de mi vida, precisamente por ser tan buenos amigos. Ninguno de los dos había nacido aquí, sino que eran porteños, pero se hicieron bien neuqinos, comprometidos con esta tierra maravillosa, desde muy jóvenes.

A Vicente le había conocido en Bs.As., en casa de mi primo Ricardo, todavía noviando -¿o pololeando?- con Margarita, esa simpática chilena que nunca perdió el acento marcado de su tierra, y ni bien aterricé por aquí unos diez años más tarde, no solo vino enseguida a mi encuentro, sino que se pudo incondicionalmente a nuestra disposición "para lo que fuera", y así siguió siempre, con esa misma actitud generosa para conmigo, a lo largo de los años que vinieron luego, y a pesar de todas las contingencias adversas que desde entonces le sucedieron.

En cambio con Bartolo nos conocimos en Neuquén y en torno al mundo del rugby, al que él contribuia desde la formación infantil que impartía con gran tesón en Marabunta, que era el club que comencé a frecuentar al llegar a la zona, ya que allí es donde jugaba mi hijo Rodolfo. No recuerdo el momento preciso en el que nos encontramos por primera vez, entiendo que por medio de amigos en común, pero sí tengo bien presentes su gran calidez personal y su enorme vocación por la docencia deportiva y sobre todo por la buena formación humana que es tan importante en un deporte de choque como es el rugby.

Si bien entre estos dos amigos míos no existía a su vez una relación de amistad, con cada uno de ellos por separado fui anudando una amistad franca, espontánea, abierta y sincera que, en el caso de Vicente se extendió también a Margarita y a sus hijos, sin que por ello tuviésemos necesidad de tener una gran frecuencia de trato por tanto ellos como yo teníamos a su vez nuestros propios grupos de amigos cotidianos, así como actividades diferentes. Pero ello no impidió que la amistad que se gestara entre nosotros tuviese una gran solidez, que no siempre he logrado con aquellos a quines he tratado casi cotidianamente, pero quizas de una manera más superficial.

En realidad, pienso que lo que terminó por consolidar esa amistad tan genuina fue el haber podido compartir las adversidades que a los tres nos fue deparando, en algún momento, el destino, más allá de los ocasionales refugios en los que cada uno de nosotros se sumergió para procurar paliar, siquiera fuese en parte, los efectos de nuestras respectivas contrariedades.

Tengo clara la expresión de desazón en el rostro angustiado de Vicente, tratando de entender lo incomprensible, cuando me pedía que le explicara las motivaciones de una sentencia penal a todas luces injusta, que lo devastó, y en la que se lo juzgó con enorme rencor y malicia, luego de haber dado la cara por alguien que no lo merecía y que era el verdadero responsable de cuanto se le exigía, y a quien en definitiva protegió con su lealtad incondicional, sin que el beneficiado fuera capaz, tiempo después, de brindarle una mano -pudiendo hacerlo- cuando Vicente lo necesitó.

Y después llegó, insensible, la gran depresión económica que lo tomó desprevenido, justo a él que había vivido compartiendo el fruto de sus ganancias legítimas, de lo que son una buena muestra las maderas que cubren el techo de la Catedral neuqina que generosamente donara en tiempos de bonanza, con el agravante que todo esto le llegó siendo ya un hombre grande a quien las puertas laborales se le fueron cerrando, una tras otra.

Sin embargo, en medio de todo ese dificil panorama, siempre estuvo cerca mío cuando me tocó atravesar una gran crisis afectiva, y semanalmente me llamaba los miercoles para que saliéramos juntos a cenar y así podía desahogarme y apartarme por un rato de todos mis padecimientos. Un hombre íntegro y cabal, don Vicente Ramos Canale, que nunca perdió la esperanza.

Estabas asustado, Vicente, la última vez que nos vimos, en una de las tantas visitas que solías hacerme en el Estudio, porque tenían que operarte y no sabías si podrías superarlo, pero pudiste hacerlo, y supe por Margarita que no solo lo supiste sino que estabas tranquilo y -descarto- con una gra alegría. Luego, las cosas se sucedieron muy rápidamente, tanto que cuando al otro día -a la noche- fuimos a visitarte ya te habías marchado, al compas de una infección maldita que no te perdonó, y así, silenciosamente, te fuiste llevándote tus lealtades y tu amistad.

No pude despedirte, querido amigo -que estabas tan asustado como lo está un niño pequeño en la oscuridad- con el cariño y la alegría que me hubiese gustado, y aun se me hace un nudo en la garganta cada vez que te recuerdo. Por eso quise que estuvieses aquí, junto a mis recuerdos inolvidables, mientras sigo extrañando el cálido "hola doc" con el que invariablemente me saludabas.

En cuanto a Bartolo, a quien por suerte suelo ver de tanto en tanto, es otro de esos personajes que hacen de la amistad un verdadero culto, y a quien sin ninguna duda uno puede recurrir -como lo han hecho tantos- cuando se necesita de una mano amiga, aunque venga abiertamente brindada con esa vehemente y eufórica pasión tan propiamente suyas.

También anudamos nuestra relación en tiempos dificiles para ambos, cuando la incomprensión y el aislamiento fue el duro castigo que muchos le impusieron sin haber querido escuchar de sus razones, cualquiera que estas fueses, y así se fueron sucediendo -¿recuerdas Bartolo?- largos encuentros en nuestras respectivas casas, en los que junto a Anamá procurábamos tranquilizarte con palabras que invitaban a la paciencia y la esperanza, en consejos que vos escuchabas con enorme humildad y que a su vez nosotros -antes- habías recibimo y a los que procurábamos aferrarnos para poder sobrellevar nuestras propias tristezas.

Gran amigo -lo repito- pero a la vez hijo sensible y comprometido; padre preocupado; laburante honesto; entrenador deportivo incansable; divertidísimo narrador de anécdotas; cocinero esmerado y exquisito; dueño de un corazón gigante y de un cuerpo rebelde en aceptar las limitaciones a las que periódicamente lo somete, tan rebelde como lo es él para aceptar aquello que lo disgusta.

Y así es como quería reunirnos a los dos, a Vicente y a Bartolo, poerque ambos han sido amigos muy queridos que la vida sorpresivamente me regaló ya de grande, y a la que tanto le agradezco haberlos podido tener junto a mí, sobre todo en los momentos dificiles, por suerte ya olvidados. Aquí estan, desde hoy, reunidos en mi galería dee recuerdos, como lo están desde hace mucho tiempo en mi corazón.