domingo, 20 de marzo de 2011

Eduardo Sarno (Mi "primo")

Que lindo y pintoresco personaje el de este "primo" -por adopción mutua- a quien he conocido ya de grande pero que no por ello ha dejado de pertenecer a ese selecto grupo de amigos que uno va recogiendo a lo largo de la vida, aun cuando muchos años atras ya habiamos andado por los mismos lugares, sin saberlo, en un par de oportunidades.







Nacidos el mismo año, es decir en aquel cada día más lejano 1943, pero unos meses antes que yo, y tambien en la ciudad de Buenos Aires, fue educado como un verdadero "señorito inglés", primero en el Belgrano Day School y luego como pupilo del Colegio San Jorge de Quilmes, lejos de la lejana Centenario donde residía su familia de importantes chacareros valletanos, colegios de los que guarda muchos recuerdos y anécdotas, sobre todo del segundo, que narra con su reconocida jocosa verborragia, y adonde cosechara varios amigos "de fierro" de esos que se forjan en las soledades adolescentes, la de aquellos que sólo cuentan con esos escasos afectos para ayudarse a atravesar esa etapa de sentimiendos tan desconocidos como contradictorios, aislados como estaban de sus lazos familiares.







Allá, en ese lejano "college" en el que transcurrían sus días, nació esa enorme pasión que siempre ha sentido por el rugby, como deporte forjador de personalidades fuertes y generosas, que hacen de la am istad un verdadero culto, y que quienes hemos tenido la suerte de crecer en alguno de esos ambientes, podamos distinguirlos rápidamente, en cualquier lugar donde nos encontremos, y sentirnos inmediatamente "como en casa".

Con Eduardo compartimos, sin saberlo, nuestros primeros pasos universitarios, en la Facultad de Derecho de la UBA adonde ambos aprobamos el curso de ingreso del año 1962, y luego cursamos algunas materias, antes que yo me alejara de ella asustado por la violencia que ya se comenzaba a vislumbrar que sería la manera de vincular politicamente -por ambos lados- a una juventud ávida de cambios. Algún tiempo después, Eduardo también se alejaba del lugar, pero al hacerlo abandonaba definitivamente la carrera, para unirse a su padre en la gestión comercial familiar.





Pero esa no fue la única coincidencia. En el año 1964 a los dos nos correspondió hacer el servicio militar obligatorio que por entonces se hacía con los 20 años cumplidos; a los dos nos tocó hacerlo en la Fuerza Aerea; y los dos recibimos la instrucción militar inicial en el mismo lugar: Aeroparque, junto a un grupo de estudiantes universitarios a los que luego se nos destinó en diferentes oficinas que la Fuerza -por aquella época sin edificio propio- tenía desparramadas por todo Buenos Aires, pero ahi ya nos fuimos hacia dos lugares diferentes.






Sin embargo, la muy fría mañana que aquel año fue la del 20 de junio, el día de la Jura de la Bandera, nos volvió a reunir -siempre sin conocernos- en la Costanera, adonde ambos debimos desfilar, muy marciales, después de haber gritado el famoso "si juro" que nos compromedió con nuestra bandera, para siempre.

Eduardo ha sido un incansable laburante que no ha podido dejar de serlo ni aun estando jubilado -y no porque sea un adicto al trabajo- ya que las necesidades económicas nunca le han permitido "darse un descancito". Así anduvo con su mochila laboral a cuestas por muchas partes, tanto en la Patagonia más austral como incluso en España, llevado de la mano por su buen inglés y la actividad petrolera, de la cual también conserva muchas divertidas anécdotas que nos ha compartido siempre con su estilo tan expresivo como alegre y divertido.

Después vino la etapa frutera en el Valle, casi como volviendo a sus orígenes, en una actividad que tanto domina y a la que aun permanece estivalmente ligado a pesar de tantas ingratitudes que la misma le ha deparado. Así es como le encontré a fines de los 80, al comenzar mi relación con Anamá, prima hermana muy querida de Silvia -la esposa de Eduardo- y fue entonces en que comenzó a crecer nuestra amistad, a una edad que -como él decía- ya no tenía ganas de seguir consechando amigos....pero la realidad se nos impone aun a nuestras convicciones más profundas ¿no Eduardo?


Es que hay sentimientos que resultan imposibles de ser gobernados por la razón y este de la amistad, entre hombres, cuando se dá, es de una solidez capaz de superar todas las dificultades, por más difíciles que ellas sean, como lo ha demostrado este prototipo del amigo, amigo a su vez de tantos otros que mantiene desde hace muchos años, porque si algo permite caracterizar a Eduardo Sarno es este sentido tan arraigado y profundo que tiene por la amistad, siendo -claro está- el mismo un amigo formidable y entrañable.







Hemos compartido muchas jornadas en esta etapa "familiar" de nuestra amistosa relación, que inclusive ha derivado en ese trato de "primos" que mutuamente nos dispensamos, sin serlo, porque lo son nuestras respectivas esposas y "nosotros no podíamos ser menos", pero la verdad es que nuestra amistad está afirmada sobre la base de un vínculo establecido exclusivamente entre nosotros, aun mucho más allá de ese lazo familiar, y de ahi que cada vez que podemos encontrarnos, sea una fiesta.







Durante un tiempo compartimos la misma cuerda vocal en un Coro que integramos hace unos años -la del bajo...."y ancho" agregabas con sorna !!! -; disfrutamos de muchísimos asados y otros encuentros siempre regados por buen vino y otras delicias alcohólicas venidas a nuestro encuentro desde los lugares más remotos; y sufrimos a la par en madrugadas o veladas de mundiales con mucha angustia y pocos goles. También nos une el gusto por el rugby, del cual Eduardo fue -y sigue siendo- un gran conocedor, en base a una experiencia adquirida desde el juvenil jugador quilmeño al maduro referee valletano. Pero -siempre hay un pero- lamentablemente nos separan nuestros colores futboleros.....aunque entre su Racing y mi Independiente hay como una mezcla de rivalidad no ausente de cierta "silenciada admiración", cuando corresponde, más propia de los buenos vecinos que de eternos adversarios.







Ambos sabemos que estamos, querido Eduardo, aunque no tengamos un trato cotidiano, y allí estaremos cuando cualquiera de nosotros necesite del otro.....para lo que fuese. En lo que a mí respecta, es realmente un honor saberme amigo tuyo y que vos también me dispenses ese trato, que si bien se ha exteriorizado después de tantos años de andar por caminos bien distintos, finalmente hemos venido a recalar en un punto que posibilitara ese postergado encuentro al que, con seguridad, aspirábamos desde siempre, sin saberlo. Por todo ello es que, querido amigo, hoy comenzas a ocupar un lugar propio en esta galería que integran los personajes inolvidables de mi vida.