Sin ninguna duda, a la hora de escribir sobre aquellos personajes que
–en algún momento- ocuparon un lugar importante en mi vida, al punto de
resultar –con el paso del tiempo- inolvidables, Moyra no podía estar ausente.
Le
conocí siendo ella muy jóven, con panza de embarazada de muchos meses y su
eterna sonrisa, algún día en que vino al Estudio a visitar a su esposo, que por
aquel entonces trabajaba con nosotros, y cuando tiempo después también ella se
vino a trabajar con nosotros, me impresionaron su gran simpatía, su
verborrágica palabra, su alegre desenfado, y esa aguerrida actitud como de “llevarse
el mundo por delante”, que era como la característica más saliente de su
personalidad.
Había
tenido una infancia terrible, de esas que dejan huellas muy profundas: fue abandonada
siendo muy pequeña por su padre biológico, y luego fuertemente maltratada por
más de un ocasional o permanente acompañante de su madre, hasta que ésta logró,
finalmente, estabilizarse emocionalmente junto a quien –además- asumió
decididamente el rol paterno que allí faltaba, anudando con Moyra una relación
filial lindísima y muy especial, que con el trascurso de los años ella evocaba
como un oasis de lo que fue su infancia y adolescencia, al punto de haber
adoptado como propio –durante muchísimos años- el apellido de este hombre a
quien, con justicia, consideraba como su verdadero y único padre.
Nosotros
también logramos establecer, entre ambos, un fuerte, fortísimo diría, vínculo
de amistad, al haber padecido casi al mismo tiempo grandes y graves desajustes
familiares que nos llevaron a la ruptura conyugal casi en simultaneo, en
amistad que fue creciendo durante muchas y prolongadas charlas en las que junto
al calor del vino tinto, dábamos rienda suelta a nuestros sentimientos, mientras
sentíamos que sólo así, nuestras respectivas almas, una junto a la otra,
lograban un poco de calma, de paz y serenidad.
¡
Que tiempos difíciles !! ¿verdad Moyra? ¡ Cuanta incomprensión!! ¡ Cuanta
charla barata! ¡ Cuanta basura ! Es posible que algunas de tus no comprendidas actitudes
de entonces fueran consecuencia más del asedio implacable que recibiste de quien no se merecía ni tu cariño
ni mi confianza –y que durante mucho tiempo rechazaste- que de una deliberada
intención tuya de perjudicar a terceros, hasta que finalmente –uno es humano-
cediste. ¿Pero quien podía sentirse con derechos a arrojar la primera piedra,
de las muchas que recibiste? ¿ Alguien, acaso, se acercó a conocer de tus
razones, antes de comenzar a vociferar en contra tuyo? ¿No es posible pensar
que vos también fuiste una víctima más de aquel hombre, en todo ese doloroso
proceso? ¿A cuantos más perjudicó burlándose de su confianza? Pero, en fin, ya
todo eso por suerte hoy es historia.
Las
nuestras –al cabo del tiempo- tuvieron finales felices, la mía mucho antes que
la tuya, y todavía recuerdo tu enorme alegría cuando te conté que estaba
comenzando a salir con Anamá, a quien –me consta- considerabas una gran mujer.
Lo tuyo tuvo que esperar más tiempo, inclusive con un traslado de domicilio en
busca de un trabajo que te permitiera brindarle algo mejor a tus hijos, cuyo
bienestar fue invariablemente tu obsesión, pasara lo que pasare.
Y entonces nuestras charlas se silenciaron y
nuestros intercambios de noticias se fueron espaciando, hasta desaparecer, sin
que esto significara que alguno de nosotros pueda considerar que ya no seguimos
siendo buenos amigos, - “amigos del alma” solíamos decir- de esos que se
acrisolan en tiempos de dolor y sacrificio.
Y
un buen día me enteré que habías llegado a la otra orilla, y me alegré
muchísimo con la noticia, porque siempre fui un convencido de que te merecías
ser realmente feliz, porque sos una gran mujer, una madre incansable, una amiga
de fierro, y una dedicada laburante, a la que quiero mucho y para la cual
siempre soñé este final feliz del que ahora disfrutas…..aunque ya no nos
veamos….ni nos escribamos…..ni sepamos nada el uno del otro…..porque nos basta
con saber que los dos estamos bien.
