lunes, 27 de julio de 2020

Moyra Shon



            Sin ninguna duda, a la hora de escribir sobre aquellos personajes que –en algún momento- ocuparon un lugar importante en mi vida, al punto de resultar –con el paso del tiempo- inolvidables, Moyra no podía estar ausente.

Le conocí siendo ella muy jóven, con panza de embarazada de muchos meses y su eterna sonrisa, algún día en que vino al Estudio a visitar a su esposo, que por aquel entonces trabajaba con nosotros, y cuando tiempo después también ella se vino a trabajar con nosotros, me impresionaron su gran simpatía, su verborrágica palabra, su alegre desenfado, y esa aguerrida actitud como de “llevarse el mundo por delante”, que era como la característica más saliente de su personalidad.

Había tenido una infancia terrible, de esas que dejan huellas muy profundas: fue abandonada siendo muy pequeña por su padre biológico, y luego fuertemente maltratada por más de un ocasional o permanente acompañante de su madre, hasta que ésta logró, finalmente, estabilizarse emocionalmente junto a quien –además- asumió decididamente el rol paterno que allí faltaba, anudando con Moyra una relación filial lindísima y muy especial, que con el trascurso de los años ella evocaba como un oasis de lo que fue su infancia y adolescencia, al punto de haber adoptado como propio –durante muchísimos años- el apellido de este hombre a quien, con justicia, consideraba como su verdadero y único padre.

Nosotros también logramos establecer, entre ambos, un fuerte, fortísimo diría, vínculo de amistad, al haber padecido casi al mismo tiempo grandes y graves desajustes familiares que nos llevaron a la ruptura conyugal casi en simultaneo, en amistad que fue creciendo durante muchas y prolongadas charlas en las que junto al calor del vino tinto, dábamos rienda suelta a nuestros sentimientos, mientras sentíamos que sólo así, nuestras respectivas almas, una junto a la otra, lograban un poco de calma, de paz y serenidad.

¡ Que tiempos difíciles !! ¿verdad Moyra? ¡ Cuanta incomprensión!! ¡ Cuanta charla barata! ¡ Cuanta basura ! Es posible que algunas de tus no comprendidas actitudes de entonces fueran consecuencia más del asedio implacable que  recibiste de quien no se merecía ni tu cariño ni mi confianza –y que durante mucho tiempo rechazaste- que de una deliberada intención tuya de perjudicar a terceros, hasta que finalmente –uno es humano- cediste. ¿Pero quien podía sentirse con derechos a arrojar la primera piedra, de las muchas que recibiste? ¿ Alguien, acaso, se acercó a conocer de tus razones, antes de comenzar a vociferar en contra tuyo? ¿No es posible pensar que vos también fuiste una víctima más de aquel hombre, en todo ese doloroso proceso? ¿A cuantos más perjudicó burlándose de su confianza? Pero, en fin, ya todo eso por suerte hoy es historia.


Las nuestras –al cabo del tiempo- tuvieron finales felices, la mía mucho antes que la tuya, y todavía recuerdo tu enorme alegría cuando te conté que estaba comenzando a salir con Anamá, a quien –me consta- considerabas una gran mujer. Lo tuyo tuvo que esperar más tiempo, inclusive con un traslado de domicilio en busca de un trabajo que te permitiera brindarle algo mejor a tus hijos, cuyo bienestar fue invariablemente tu obsesión, pasara lo que pasare.

 Y entonces nuestras charlas se silenciaron y nuestros intercambios de noticias se fueron espaciando, hasta desaparecer, sin que esto significara que alguno de nosotros pueda considerar que ya no seguimos siendo buenos amigos, - “amigos del alma” solíamos decir- de esos que se acrisolan en tiempos de dolor y sacrificio.

Y un buen día me enteré que habías llegado a la otra orilla, y me alegré muchísimo con la noticia, porque siempre fui un convencido de que te merecías ser realmente feliz, porque sos una gran mujer, una madre incansable, una amiga de fierro, y una dedicada laburante, a la que quiero mucho y para la cual siempre soñé este final feliz del que ahora disfrutas…..aunque ya no nos veamos….ni nos escribamos…..ni sepamos nada el uno del otro…..porque nos basta con saber que los dos estamos bien.




jueves, 26 de marzo de 2020

Fernando Diaz Romero


     Le conocí de grande, a una edad en la que ambos ya casi no necesitábamos tener nuevos amigos. Es que los dos compartíamos la aventura de haber emprendido -tarde- un traslado de trabajo y afectos hacia un lugar lejano del -hasta entonces- habitual. 

     El acababa de llegar detrás de una actividad petrolera tan propio de nuestra zona y yo comenzando a desarrollar mi actividad profesional luego de haber renunciado al Juzgado. El encuentro -paradójicamente- fue en una despedida. Otro gran amigo y su familia regresaban a la Capital para continuar allá con sus actividades y las de sus hijos.

    Esa reunion de tantos amigos, a pesar de lo triste del motivo que la convocaba, fue de una gran alegría, muy ruidoso, muy charlado, muy disfrutado por todos y mucho más cuando apareció la música. No recuerdo como empezaron las canciones pero sí tengo presente que se armaron dos grupos, ambos integrados por hombres y mujeres que, automáticamente comenzamos a competir.

     Fernando estaba en el otro grupo, en el cual destacaba, ya que como pude apreciar y disfrutar después, a lo largo de los años, es un apasionado de la música que interpreta extraordinariamente, acompañado siempre de su guitarra y con una voz inconfundible, cálida y serena, a menos que esté "enchufado" con su vena más jocosa para hacernos reir.

     Fue a partir de entonces que él y Mercedes -su mujer- se fueron integrando a las distintas actividades y variados programas con los que solíamos entretenernos lo fines de semana, una de las cuales eran los divertidos asados domingueros en la quinta de los Enriquez en Vista Alegre, en donde pudimos comenzar a charlar con más tranquilidad y a conocernos, enhebrando desde ahí una serie de encuentros en los que ambos pudimos irnos enterando un poco más del otro y, consecuentemente,  dando lugar al nacimiento de una amistad que se prolongó por más de veinte años.

     No creo que por casualidad -porque no creo en ellas- pero lo cierto es que durante todos esos años fuimos coincidiendo ademas en la cercanía de nuestras respectivas casas, de modo que a aquella amistad se le fue añadiendo este condimento de la vecindad que viene a ser algo así como una amistad, pero más casera, hasta que terminamos viviendo a 50 mts uno del otro.

     A Fernando lo recuerdo partiendo todas las mañanas muy pero muy temprano, casi siempre de noche en invierno, cuando lo pasaban a buscar para llevarlo al yacimiento lejano desde el cual regresaba tarde en la tarde para poder encontrarse el tiempo de ocuparse de sus cosas, de sus gustos y, paulatinamente, de ese círculo de actividades sociales que día tras día iban dejando detrás suyo como una estela de enorme reconocimiento, que con su característica humildad no se tomaba en serio.

     Fernando además, siempre fue un protagonista en todas nuestras reuniones de amigos, ya fuese en antiguos y perdidos en el tiempo "asados culturales" (solo de varones) como en reuniones o cumpleaños multitudinarios, o simplemente cuando un domingo cualquiera se cruzaba a casa para compartir nuestra mesa familiar.  En todas esas oportunidades llegaba acompañado de su guitarra y de Mercedes, sus dos compañeras inseparables, para deleitarnos con su música con gran entrega y generosidad, y hasta nos hacía reir cuando en un momento dado se convertía en payaso y nos mataba de risa.

      Durante unos cuantos años, además, nos dedicó un tiempo semanal a un grupo de amigos para conformar un coro -que nació un domingo en casa- que dirigió con toda su maestría y enorme paciencia, trabajando en arreglos que pudieran servir para lucirnos, habiendo logrado -a pesar nuestro- resultados maravillosos y hasta alguna salida de gira, como aquella que nos llevó a Caviahue, o la Misa Criolla completa que entonamos varias veces y en lugares muy  variados, o esos casamientos a los cuales nos invitaban a cantar y hasta donde llevábamos nuestro repertorio más serio.

     Decía más arriba que su entrega a lo social fue también sin medida, ya fuese para enseñar carpintería u otros oficios en las mañanas de los sábados en Caritas Cipolletti; o para visitar a los presos de la cárcel, llevándoles no solo música sino palabras esperanzadoras, procurando que pudieran encontrar una conversión que justificase su obligado encierro.

     De más está recordar esa enorme cantidad de viajes a Salta -donde un día ya lejano se produjo su propia conversión- para visitar a su querida Virgen del Rosario, acompañando a grupos para promover esa devoción a su Madre, que sentía casi como una obligación y muestra de un fuerte agradecimiento.

     Y así fueron pasando años y años de una vida socialmente fértil, sin decuidar a su familia que, convertida en hijos y nietos, anualmente llegaban en los veranos a visitarle y a quienes les propiciaba su inmenso cariño. En tanto a lo largo se todo ese tiempo, entre nosotros quedo establecida esa muy fuerte amistad que la disparidad de pensamiento en algunas cuestiones no permitieron que se alterara en lo más mínimo.

     Pero un dia te fuiste, Fernando, detrás de esa enorme familia que no quiso o no pudo encontrar un lugar aqui cerca tuyo y te dejaban muy solo durante una parte muy larga del año. Allá estarás ahora, feliz de poder volcarte a ellos sin medida, como siempre lo has hecho con todo. Aqui se te extraña, yo te extraño querido amigo, aunque entienda que tu destino tenía que ser el que elegiste. Se -porque esto siempre pasa- que las amistades no se olvidan,  adquieren otras modalidades porque se transforman en muy lindos recuerdos que cada tanto uno evoca (¿te acordas cuando con Fer nos fuimos a ......? o ¿ como se llamaba esa canción que a Fernando le gustaba tanto?).

     Son esos recuerdos los que desde ahora ocuparan tu espacio fisico y me permitirán tenerte presente como si estuvieses aquí, con tu guitarra, con tus herramientas de buen vecino que nos sacaban de más que un apuro, con nuestros vinitos y demas tragos tantas veces compartidos, con tu actitud generosa y desprendida, con tus cuentos y relatos de tiempos idos, con tus anécdotas tan divertidas. No te has ido, Fernando, los amigos de verdad se quedan para siempre.- 


     

viernes, 15 de abril de 2011

Modestino Pizarro Miguens

Me pidió mi sobrino, Modestino (hijo), si podía escribirle algunas anédotas de su padre, jóven, y como a mí también me gustaría poder recordarlo así, joven y jovial, voy a aceptar el convite pero incorporando a ese gran amigo, en realidad un hermano, a este sitio destinado a los personajes inolvidables de mi vida, y en el que sin lugar a dudas, tiene bien ganado un lugar que su estado de salud actual de ninguna manera puede hacernos olvidar.-


Modestino Enrique Agustín Pizarro Miguens también forma parte de esa ya vasta generación de amigos que provenimos del año 1943, aunque es unos meses mayor que yo, lo cual le permitió cursar todos sus estudios un año antes y en colegios diferentes a los míos, de manera que recién le conocí cuando se puso de novio con mi hermana Lía, allá por los 14 ó 15 años de ambos, y desde entonces hemos permanecido cerca, a lo largo de más de cincuenta años, sobre todo en los momentos en que más necesité de un consejo o de una compañía, en que siempre aparecía. totalmente bien dispuesto, aunque luego las distancias no nos permitieran un trato más cotidiano.-


No pertenecíamos a los mismos grupos de amigos, de los que siempre tuvo a montones, no obstante lo cual nuestro cercano parentesco político hacía que indistintamente cada uno de nosotros, eventualmente, tomara contacto con alguno de los amigos del otro. Así pude apreciar el enorme cariño que durante todo este tiempo le han dispensado sus amigos de siempre, esos que él conociera en el colegio, o en una cancha de rugby, o en donde fuese, ya que luego de esos primeros encuentros nos dispensaba a todos su trato cordial, ameno, abierto y sincero, fruto de considerar a la amistad como un valor primordial y permanente, más allá de los avatares por donde pudiera llevarnos la vida.-


Así era -según decían- su padre, también como él Modestino Pizarro Miguens, quien falleciera muy prematuramente, dejándolo en plena adolescencia sin ese referente preferencial que tenemos en la vida los varones, obligándolo a tener que encarar sólo, desde entonces, la toma de todas las decisiones importantes de su vida.....y no lo hizo nada mal. Recuerdo perfectamente bien como se enteró de aquella triste y sorprendente noticia.-


Modestino era un tipo formidable pero, a mi modo de ver las cosas desde la óptica religiosa a la cual por entonces adhería con fervoroso entusiasmo, se estaba perdiendo de participar de ese mundo tan maravilloso que a mí me había tentado y deslumbrado. De tal modo, tras mucha insistencia de mi parte logré que se inscribiera en uno de los Cursillos de la Cristiandad que periódicamente se impartían con singular éxito, a uno de los cuales yo ya había asistido, y hacia allá partió. El día domingo en que finalizaban las jornadas del encuentro, todos los "veteranos" volvíamos al lugar para reunirnos con "los nuevos" y así poder darles una cálida bienvenida, y allí lo encontré, radiante y totalmente transportado, de modo que envueltos en esa alegría contagiosa que tiene la felicidad cuando es completa, regresamos. ¡ Pero que poco le duró !!


Es que al llegar a su casa, en la puerta de entrada le esperaban las desgraciadas noticias sobre el accidente cardio-vascular que poco rato antes padeciera su padre, y allí mismo en el hall de entrada del edificio de la calle French, se puso de rodillas y con los brazos en cruz comenzó a rogarle a Dios por la vida de su padre, mientras nosotros, tremendamente conmovidos, no atinábamos a hacer nada. Mas todo fue en vano y aquella felicidad con la que llegamos al departamento se esfumó repentínamente. Desde aquel aciago día, claro está, nunca más procuré que volviese al seno de una religión que si bien respetó y en la que permitió fueran educados sus tres hijos, sin embargo nunca más practicó, ya que debería sentir que algo importante le habían birlado a escondidas, mientras a él lo distraían.-


Pero busquemos alguna anécdota más alegre. Me acuerdo de una que le ocurrió en la Facultad, al ir a rendir la única materia en la que lo bocharon, porque era un estudiante muy responsable. Resulta que venía hablando de algún tema y se le ocurrió decir algo así como que "ello deja expédito el camino para...", cuando el profesor lo interrumpió: "querrá decir expedito", lo que a Modestino le pareció que sonaba muy feo e insistió "no; no; es expédito"; ya iracundo el profesor, luego de insistir -en vano- frente a la ya abierta rebeldía del alumno, dió por terminado el exámen. Durante mucho tiempo después de este episodio, consideraba que habían sido injustos con él, pero porque seguía insistiendo que se decía "expédito" y no expedito.-


Modestino era tremendamente cabulero, lo cual se puso en práctica durante su carrera, ya que como el primer exámen que rindió le fue bien, quiso repetir en los demás exáctamente todo lo que había hecho tanto en los previos como a posteriori de aquel primer exámen; y así, como rindió esa materia en julio, en pleno invierno, había que verlo en plenos calores de diciembre con el mismo traje oscuro de franela y con chaleco que usara en aquella oportunidad, pero nunca lo cambió.-


Lo mismo ocurría con los festejos, ya que luego de cada exámen venía a cenar a casa ¡ siempre la misma comida !!, a su pedido: ravioles de ricota con salsa de crema al oporto ! Todavía me acuerdo....Es que fueron como cinco años de exámenes. Menos que ese primer día fue un plato rico; ¿que hubiese pasado si tocaban zapallitos o ñoquis de sémola? Creo que nadie lo hubiese acompañado, sunque él sí hubiese seguido con el mismo menú.-


Al cursar un año más que yo, a Modestino lo veía como más grande, ya que uno siempre ve así a los que estan en los cursos superiores a los suyos, aunque en realidad no lo fueran; además trabajaba en Tribunales adonde le habían dado un carnet "impresionante" en el que se indicaba que la Policía tenía que responderle a todo cuanto pudiera llegar a pedirle ¡ qué tal !! Para mí eso fue fantástico porque varias veces tuve que llamarlo, tarde en la noche, para que viniese por nosotros -mi grupo de energúmenos- a alguna Comisaría adonde nos encontrábamos "demorados", por haber hecho alguna tropelía en la calle, y hasta allá se llegaba Modestino y exhibiendo ese "salvoconducto milagroso" lograba ponernos en la calle, lo que luego le retribuíamos con algún "tanque" de cerveza.-


Otra particularidad o distintivo de Modestino de soltero era que tenía auto propio, un Fiat 600 rojo, siempre bastante sucio, que a todos los que debíamos recurrir al préstamo paterno, nos maravillaba. ¡ Que grande !! Recuerdo perfectamente un viaje que hicimos a Miramar, los dos, una vez que a mí me habían puesto esa terrible y dolorosa vacuna previa a ingresar en la colimba que me dejó en un grito y como doblado en dos, razón por la cual tuve que hacer el viaje en el asiento de atras del Fiat para poderme estirar un poco.....y recuerdo la vuelta, en que el Fitito dijo basta en Lezama y allí tuvimos que recalar en un taller, y mientras reparaban el motor fundido nosotros nos fuimos a ver unas carreras cuadreras que se corrían por allí cerca, y por supuesto a apostar, otra "debilidad" que le fascinaba, sobre todo cuando ganaba, lo que ocurría con bastante frecuencia.-


Escribía muy pero muy bien y era muy imaginativo....un verdadero creador. Durante un tiempo, siendo universitarios, nos juntábamos un grupo bastante heterogeneo de estudiantes de distintas carreras con la idea de hacer teatro. Me acuerdo muy bien que quien nos introdujo en ese mundo increíble, fue nada menos que Luis Horacio Agustoni, por entonces estudiante de arquitectura y con el tiempo un reconocido director de teatro, mientras que la persona que escribía los guiones y libretos era Modestino, que se divertía muchísimo imaginando situaciones que luego otros -entre los que me encontraba- procurábamos interpretar.-


En cambio no era nada bueno cantando; más bien nos divertía mucho escucharlo desentonar tanto, pero como le gustaba escribir, más de una vez nos reunimos los dos, él a escribir las letras de canciones a las cuales yo les ponía música y luego las cantaba. Me acuerdo concretamente de una zamba que escribimos para un concurso familiar de esos con los que solíamos entretenernos durante las vacaciones, a las que por supuesto venía con nosotros.-


Hizo una rápida carrera en la justicia penal de instrucción de la Capital, en la cual fue designado Secretario de un Juzgado siendo muy joven; luego Fiscal y un tiempo después Juez, siempre con despacho en el 3er. piso del Palacio de Justicia en donde brillaba con luz propia y adonde algún memorioso actual todavía le recuerda con cariño y respeto. Muchas veces nos contaba, divertido, las distintas alternativas de casos que le tocaba resolver, o bien en otras ocasiones sus relatos se detenían en las situaciones de peligro a las que también solía llevarlo alguna investigación.-


Un buen día abandonó esa promisoria carrera judicial y se vino para "el otro lado del mostrador" -como se dice en nuestra jerga- a probar suerte en la profesión de abogado, que ejerció con notable pasión y la misma esmerada dedicación, ganándose con toda justicia un lugar de privilegio entre los abogados penalistas más reconocidos de Buenos Aires.-


Al márgen de lo profesional, en el trato cotidiano si bien Modestino era más bien parco y silencioso -en general- cuando se ponía a contar anécdotas divertidas ponía todo su talento e histrionismo a disposición del atento auditorio, lo mismo que resultaban muy apasionados sus relatos de otro tipo de situaciones, más delicadas o serias, en las que tomaba partido -franca y abiertamente- por alguna de las posturas, expresando sus pareceres con toda convicción y vehemencia.-


Yo siento por Modestino una gran admiración, y también le estoy muy agradecido porque cada vez que lo busqué -y a lo largo de 50 años fueron muchas veces- siempre lo encontré dispuesto a darme una mano, la que precisamente necesitaba, ya fuera por medio de palabras, algunas líneas o una simple actitud de compañía, lo que ya es mucho.-


Además lo que recuerdo bien era su risa, esas carcajadas tan características con las que rubricaba muchas veces algún relato o explicación, la misma risa hoy hecha una breve sonrisa que escucho -muy de tanto en tanto- si alguna vez toma el teléfono de su casa y responde así, brevemente, al comentario ocasional que pueda hacerle. Es que desde hace un tiempo nuestro querido Modestino se ha como replegado sobre sí mismo para habitar en un mundo que a los demás nos resulta imposible de acceder como para poder recomenzar con un diálogo interrumpido en forma tan abrupta como temprana.-


Existen razones médicas que, con seguridad, lo explicarían mejor, pero para mí no pudo soportar esa seguidilla de sucesivas ausencias definitivas de amigos muy queridos, de esos de toda una vida, que lo fueron golpeando -una y otra vez- en su lado más sensible, el de la amistad, y se replegó a un costado de la cancha, como lo hacía en la de su querido Champa, para dejar que su vida transcurra desde entonces hacia adentro, donde ya nadie más podrá lastimarlo ni hacerle mal.-
















martes, 5 de abril de 2011

Horacio R. Rivarola

En la entrada anterior, al escribir sobre Eduardo Sarno apunte que entre nosotros nos dábamos el trato de "primos", pero sin serlo; en cambio Horacio, además de ser un amigo muy querido, es efectiva y realmente mi primo hermano, de carne y hueso, con el que -por contar con la misma edad- hemos andado juntos por la vida durante nuestros primeros años, y hasta ya entrados bastante en la madurez. ¡ Cuantos recuerdos tengo junto a él !! Sería imposible -entonces- que Horacio Rodolfo José Rivarola, "el Mono", mi querido primo, no tuviera su propio lugar en esta ya abultada galería de personajes inolvidables de mi vida.-

Tambien nacido en el 43, un 8 de julio, tengo recuerdos suyos desde muy chicos, cuando nos juntábamos -o nos juntaban- a pasar largos fines de semana o inclusive vacaciones, tanto en la quinta del Tigre -a la que él venía- como en la de Pacheco -adonde yo me llegaba- para pasarnos todo el tiempo jugando a lo que fuese, feliz -en mi caso- de poder hacerlo entre varones, ya que a diferencia mía, Horacio tuvo cuatro hermanos.-

Guardo, escritos por Horacio, unos muy elocuentes como cariñosos comentarios de lo que representaron para él mis padres, que me hiciera llegar cuando ellos murieron -e inclusive en este blogg cuando escribí sobre mi padre- y en forma semejante yo podría escribir también un montón de cosas sobre Chiquita y Pepe, que es como se los llamaba en la familia, a los suyos. Es que ambos teníamos como dos familias en paralelo, en las que nosotros pasábamos a ser como hermanos mientras que nuestros respectivos padres desempeñaban indistintamente ese rol respecto de nosotros, según cual fuera el lugar en donde momentáneamente nos encontráramos. Y, claro está, eso ha dejado en nosotros huellas imborrables.-

Hemos compartido tantas cosas juntos, Horacio, ¿te acordas?: colegios y travesuras escolares de todo calibre; deportes, tanto el rugby que a partir de la 6ta., año tras año practicamos en las mismas divisiones, a medida que crecíamos, como el automovilismo del que tanto disfrutábamos; muchos y muy buenos amigos, así como las primeras amistades femeninas; diversiones diurnas y nocturnas; borracheras y barras copetineras que frecuentábamos diariamente; los primeros bailes y todos los que luego siguieron -santos y no tanto-; noches de cartas o tardes de cine con películas prohibidas; largas vacaciones junto al mar, tanto en mi casa como en la tuya, que alternábamos sucesivamente entre enero y febrero, para así poder prolongar nuestro "merecido" descanso; y un montón de vivencias más que finalmente se constituyeron en lo que fueron nuestra infancia, adolescencia y primera juventud. que así atrevesamos como si fuesemos hermanos, como muchos nos creían.-

Siempre fuiste una gran persona, y no me refiero solamente al tamaño de tu físico sino al de tu personalidad y carácter, tan sereno como comprensivo y persuasivo, con tus ponderadas reflexiones que contrastaban con mis decisiones siempre tan impulsivas como violentas y que tantas veces contribuiste a atenuar o impedir, haciéndome razonar para modificar conductas que me evitaran luego el tener que responder de sus consecuencias, como un buen hermano mayor, muchas veces la única voz que desde mi bronca o mi impotencia me permitía escuchar.-

Luego la vida nos fue llevando a transitar por caminos diferentes, quizás desde el momento en que estando de novios con quienes serían nuestras primeras esposas, estas no lograron congeniar entre ellas, obligándonos a tener que ir postergando nuestros cada vez menos frecuentes encuentros ya que, lamentablmente, no logramos encontrar la forma de mantenerlos al márgen de ellas.-

Después te radicaste en Bariloche y luego de un tiempo en Asunción del Paraguay, de la mano de una actividad maderera que aun hoy te mantiene ocupado, mientras iban llegando tus hijos y se extinguía -muy tempranamente- tu relación matrimonial, de una manera que siempre me resultó tan incomprensible como injusta, por conocer como conozco tus buenos sentimientos y tu forma de ser.-

Y así pasaron años sin vernos, a lo cual contribuyó sin duda mi traslado al Neuquén, hasta que un buen día la mesa de un casamiento familiar nos v0lvió a encontrar, con la misma alegría de siempre, ambos con nuestras heridas afectivas finalmente restañadas y felices con un reencuentro que entiendo ya será permanente, porque desde entonces nos mantenemos en contacto, en el que nos permite la distancia, sabiendo que basta un solo pensamiento para reconocer -los dos- que estamos cerca aunque no andemos juntos, como lo hacíamos entonces, allá lejos en el tiempo.-

Es que aun estando físicamente distantes, querido Horacio, en cierta forma hemos tenido como vidas en paralelo, nacidas -con toda seguridad- al calor de aquellas múltiples vivencias compartidas durante tantos años, siendo jóvenes, que sólo nosotros dos conocemos muy bien, y que nos marcaron para siempre. Por ello es que si bien es desde hoy que estás en esta galería de recuerdos de los personajes más inolvidables de mi vida, en realidad ya ocupabas -desde siempre- un lugar permanente en mi corazón.

domingo, 20 de marzo de 2011

Eduardo Sarno (Mi "primo")

Que lindo y pintoresco personaje el de este "primo" -por adopción mutua- a quien he conocido ya de grande pero que no por ello ha dejado de pertenecer a ese selecto grupo de amigos que uno va recogiendo a lo largo de la vida, aun cuando muchos años atras ya habiamos andado por los mismos lugares, sin saberlo, en un par de oportunidades.







Nacidos el mismo año, es decir en aquel cada día más lejano 1943, pero unos meses antes que yo, y tambien en la ciudad de Buenos Aires, fue educado como un verdadero "señorito inglés", primero en el Belgrano Day School y luego como pupilo del Colegio San Jorge de Quilmes, lejos de la lejana Centenario donde residía su familia de importantes chacareros valletanos, colegios de los que guarda muchos recuerdos y anécdotas, sobre todo del segundo, que narra con su reconocida jocosa verborragia, y adonde cosechara varios amigos "de fierro" de esos que se forjan en las soledades adolescentes, la de aquellos que sólo cuentan con esos escasos afectos para ayudarse a atravesar esa etapa de sentimiendos tan desconocidos como contradictorios, aislados como estaban de sus lazos familiares.







Allá, en ese lejano "college" en el que transcurrían sus días, nació esa enorme pasión que siempre ha sentido por el rugby, como deporte forjador de personalidades fuertes y generosas, que hacen de la am istad un verdadero culto, y que quienes hemos tenido la suerte de crecer en alguno de esos ambientes, podamos distinguirlos rápidamente, en cualquier lugar donde nos encontremos, y sentirnos inmediatamente "como en casa".

Con Eduardo compartimos, sin saberlo, nuestros primeros pasos universitarios, en la Facultad de Derecho de la UBA adonde ambos aprobamos el curso de ingreso del año 1962, y luego cursamos algunas materias, antes que yo me alejara de ella asustado por la violencia que ya se comenzaba a vislumbrar que sería la manera de vincular politicamente -por ambos lados- a una juventud ávida de cambios. Algún tiempo después, Eduardo también se alejaba del lugar, pero al hacerlo abandonaba definitivamente la carrera, para unirse a su padre en la gestión comercial familiar.





Pero esa no fue la única coincidencia. En el año 1964 a los dos nos correspondió hacer el servicio militar obligatorio que por entonces se hacía con los 20 años cumplidos; a los dos nos tocó hacerlo en la Fuerza Aerea; y los dos recibimos la instrucción militar inicial en el mismo lugar: Aeroparque, junto a un grupo de estudiantes universitarios a los que luego se nos destinó en diferentes oficinas que la Fuerza -por aquella época sin edificio propio- tenía desparramadas por todo Buenos Aires, pero ahi ya nos fuimos hacia dos lugares diferentes.






Sin embargo, la muy fría mañana que aquel año fue la del 20 de junio, el día de la Jura de la Bandera, nos volvió a reunir -siempre sin conocernos- en la Costanera, adonde ambos debimos desfilar, muy marciales, después de haber gritado el famoso "si juro" que nos compromedió con nuestra bandera, para siempre.

Eduardo ha sido un incansable laburante que no ha podido dejar de serlo ni aun estando jubilado -y no porque sea un adicto al trabajo- ya que las necesidades económicas nunca le han permitido "darse un descancito". Así anduvo con su mochila laboral a cuestas por muchas partes, tanto en la Patagonia más austral como incluso en España, llevado de la mano por su buen inglés y la actividad petrolera, de la cual también conserva muchas divertidas anécdotas que nos ha compartido siempre con su estilo tan expresivo como alegre y divertido.

Después vino la etapa frutera en el Valle, casi como volviendo a sus orígenes, en una actividad que tanto domina y a la que aun permanece estivalmente ligado a pesar de tantas ingratitudes que la misma le ha deparado. Así es como le encontré a fines de los 80, al comenzar mi relación con Anamá, prima hermana muy querida de Silvia -la esposa de Eduardo- y fue entonces en que comenzó a crecer nuestra amistad, a una edad que -como él decía- ya no tenía ganas de seguir consechando amigos....pero la realidad se nos impone aun a nuestras convicciones más profundas ¿no Eduardo?


Es que hay sentimientos que resultan imposibles de ser gobernados por la razón y este de la amistad, entre hombres, cuando se dá, es de una solidez capaz de superar todas las dificultades, por más difíciles que ellas sean, como lo ha demostrado este prototipo del amigo, amigo a su vez de tantos otros que mantiene desde hace muchos años, porque si algo permite caracterizar a Eduardo Sarno es este sentido tan arraigado y profundo que tiene por la amistad, siendo -claro está- el mismo un amigo formidable y entrañable.







Hemos compartido muchas jornadas en esta etapa "familiar" de nuestra amistosa relación, que inclusive ha derivado en ese trato de "primos" que mutuamente nos dispensamos, sin serlo, porque lo son nuestras respectivas esposas y "nosotros no podíamos ser menos", pero la verdad es que nuestra amistad está afirmada sobre la base de un vínculo establecido exclusivamente entre nosotros, aun mucho más allá de ese lazo familiar, y de ahi que cada vez que podemos encontrarnos, sea una fiesta.







Durante un tiempo compartimos la misma cuerda vocal en un Coro que integramos hace unos años -la del bajo...."y ancho" agregabas con sorna !!! -; disfrutamos de muchísimos asados y otros encuentros siempre regados por buen vino y otras delicias alcohólicas venidas a nuestro encuentro desde los lugares más remotos; y sufrimos a la par en madrugadas o veladas de mundiales con mucha angustia y pocos goles. También nos une el gusto por el rugby, del cual Eduardo fue -y sigue siendo- un gran conocedor, en base a una experiencia adquirida desde el juvenil jugador quilmeño al maduro referee valletano. Pero -siempre hay un pero- lamentablemente nos separan nuestros colores futboleros.....aunque entre su Racing y mi Independiente hay como una mezcla de rivalidad no ausente de cierta "silenciada admiración", cuando corresponde, más propia de los buenos vecinos que de eternos adversarios.







Ambos sabemos que estamos, querido Eduardo, aunque no tengamos un trato cotidiano, y allí estaremos cuando cualquiera de nosotros necesite del otro.....para lo que fuese. En lo que a mí respecta, es realmente un honor saberme amigo tuyo y que vos también me dispenses ese trato, que si bien se ha exteriorizado después de tantos años de andar por caminos bien distintos, finalmente hemos venido a recalar en un punto que posibilitara ese postergado encuentro al que, con seguridad, aspirábamos desde siempre, sin saberlo. Por todo ello es que, querido amigo, hoy comenzas a ocupar un lugar propio en esta galería que integran los personajes inolvidables de mi vida.














































jueves, 13 de enero de 2011

Jorge Cilley (Jorgito)

Tengo de Jorgito -como todos le decíamos- el mejor de los recuerdos, y guardo por él un cariño muy grande, ya que fue una de las personas junto a la cual compartí en algún momento de mi vida un montón de vivencias que hoy, a la distancia, hacen que se aparezca nítidamente como uno de los personajes inolvidables de mi vida; uno más de la lista de aquellos a los que quiero rescatar del silencio de mis recuerdos para dejar expuestas sus figuras ante quien quisiera verlos, como un homenaje a la amistad que ni los años, ni los vaivenes de la vida, ni la muerte lograrán que caigan en el olvido.

Con Jorgito nos conocimos siendo los dos muy chicos, como jugadores de rugby de las inferiores del Sic, y si bien él era un año menor, cada dos años coincidíamos durante todo un campeonato, jugando en el mismo equipo. Lo recuerdo como un jugador muy aguerrido, siempre agachando la cabeza y -pelota en mano- metiéndose con fuerza hacia adelante.

Su padre había sido un extraordinario jugador argentino -la "Chinche Cilley"-, de aquellos que han hecho brillar el apellido Cilley como un símbolo del rugby en San Isidro, y siguió su escuela. Me acuerdo bien que los sábados a la mañana, al terminar los partidos, la Chinche nos traía a todos -¡ los 15 !!- en su camioneta y nos dejaba junto a la estación, desde donde tomábamos el tren que nos devolvía a nuestras respectivas casas.

Yo un buen día -a raíz de tener que hacer el servicio militar- tuve que dejar de jugar -allá por mis 21- mientras Jorgito siguió jugando muchos años más, razón por la cual durante un largo tiempo dejamos de vernos. Sin embargo, cual no sería mi sorpresa cuando el día que fuí por primera vez a la casa de la familia Grehan, allí me lo encuentro a Jorgito, que era el novio de Mauren, la hija más grande, y nos dimos un gran abrazo.

Después, claro está, tuvimos una vida muy en paralelo y que se prolongó por muchos años, porque los lazos familiares por un lado y la similitud de edades por el otro hicieron que a pesar de tener actividades diferentes, fueran muchísimos los momentos en que compartíamos la vida, a la que se iban paulatínamente integrando también nuestros respectivos hijos.

Me acuerdo bien de la fiesta de su casamiento, porque sus amigos del club "se la tenían jurada" y como realmente estos muchachos eran de armas llevar, Jorgito estaba seriamente preocupado. Finalmente lo saqué de la fiesta en el baul -cerrado- de mi auto, mientras a la novia se la llevaban en otro, para reunirnos al rato en una heladería y de ahí -ya juntos- seguir en el mío hasta el hotel en Buenos Aires, procurando que no nos siguieran -porque habían advertid0 la maniobra-lo que nos obligó a andar muy rápido e inclusive en un momento chocar contra otro auto, aunque sin ninguna consecuencia personal. ¡ Que corrida !!

Tengo también presente las reuniones en las que nos juntabamos a jugar a las cartas, o a algún juego de mesa, o a la famosa "copa" que realmente una vez se nos movió, anunciándose ante nosotros el chofer de un 60 que había sido atropellado por un tren en las cuatro barreras. ¡ Qué susto ! Aun hoy día me pregunto si habrá sido verdad o algún truco a los cuales era muy afín Martín Córdoba.

Profeionalmente Jorgito era un publicitario brillante, realmente destacado y una gran promesa en su medio, sólidamente formado en lo académico y con una gran experiencia adquirida en una de las más prestigiosas agencias de aquel momento como era la de Richard Pueyrredón -Pueyrredón Propaganda-; de allí pasó a otras, también muy reconocidas, es esa especie de lucha por las "cabezas brillantes" que se dá aun hoy en día entre las agencias de publicidad.

Recuerdo alguno de los avisos que entonces tuvieron gran impacto, y que provenían de sus ideas, como aquella del auto en la playa de Peugeot -"Peugeot J´táime"-; o la del nombre que identificó por muchísimos años al noticiero de Canal 13 -"Su ojo en la noticia"- o aquel tan desenfadado y avanzado para su época del "bajame la caña, Carlos" -por la caña Carlos Gardel- y del cual aun hoy en día se suele hablar como muestra del inteligente juego de palabras que se escondía detrás de la insinuante figura de una de las mejores modelos de aquel tiempo.

Tenía así, por delante, una brillante y predeciblemente exitosa carrera en ese medio, pero prefirió vivir una vida diferente, bohemia, en el sur, en el frío, junto al barro, en ese lugar tan propicio para desarrollar ese tipo de proyectos que era el Bolsón de fines de los 70, y para allá marcharon. Los amigos del Sic intentaron retenerlo y por un año más lo lograron, al encomendarle la tarea de escribir la historia del club, pero cuando todos pensábamos que "las tentaciones" económicas, que eran muchas, lograrían hacerlo desistir, se marchó, esta vez en forma definitiva.

Y allá -metido en el medio del campo- probó de sacar adelante un proyecto muy ambicioso, pero en un lugar tan inhóspito que finalmente terminó por minar sus fuerzas y lo obligaron a bajar al pueblo, adonde se instalaron y en donde comenzó a desarrollar otro tipo de actividades, esta vez más acordes o afines con su vocación, como lo fue la edición del periódico -"El Bolsonés"- o su trabajo como conductor en la radio local.

Y así llegó -Jorgito- el 2 de abril de 1983, el día del primer aniversario de la invación a las Malvinas, feriado en todo el país y por ende un día dedicado al ocio y al deporte, actividades que nunca abandonaste y que estabas practicando -con tu querida camiseta del Sic puesta- cuando al caer la tarde pasó la muerte temprana a buscarte, y te llevó consigo.

Yo no pude llegar hasta el Bolsón para acompañarte en el momento de tu partida, ni nunca logré darte mi despedida, cara a cara y frente a frente, como me hubiese gustado, razón por la cual me quedó como algo pendiente el poder llegar a hacerlo algún día, promesa con la que pude cumplir a comienzos del año pasado en que finalmente una mañana llegue hasta el sitio de tu última morada.

Y allí me encontré contigo; con tu firma insertada en una madera junto a la cruz de piedra; y con la única tumba de todo el cementerio que está cubierta totalmente por una impresionante cantidad de plantas de lavanda que desbordaban el sitio y que provenían desde las entrañas más profundas de la tierra que te cubre, que interpreté podría ser -quizás- un mensaje tuyo tendiente a mostrarnos que realmente ese era el lugar en el mundo que elegiste para vivir, y para permanecer en él para siempre.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Marcelo R. Lanús

Marcelo Roque Lanús, mi primer socio y gran amigo de épocas lejanas, no podía estar ausente de esta galería de personajes que -en mi vida- han resultado ser inolvidables, por más que el transcurso del tiempo haga más que esporádicos nuestros encuentros actuales.

Si bien nos conocíamos a la distancia, sobre todo de veraneos en Miramar y de compartir algún que otro amigo, lo cierto es que con Marcelo comenzamos a tratarnos cotidianamente en la Facultad, allá por los 60; al año siguiente del primero, cuando fui convocado para hacer la conscripción, mi intención fue la de no perder el año de estudios, para lo cual debía dejar de trabajar en el Estudio de mi familia, que es adonde lo hacía, y pensé inmediatamente en él, con el compromiso que al regresar al año siguiente y corresponderle a Marcelo hacer la colimba, volveríamos a cambiar nuestros roles.

Pero esto no fue lo que ocurrió ya que Marcelo, debido a un viejo golpe en la columna, fue exceptuado de hacer el servicio militar y, como seguramente su tarea había dejado conformes a los abogados del Estudio, aún cuando regresé, él también se quedó, comenzando a desempeñar juntos las tareas procuratorias; así continuamos -juntos- cuando nos recibimos de abogados, y ambos -además- empezamos poco después a trabajar como Apoderados en el viejo Banco Hipotecario Nacional, del cual uno de los abogados del Estudio era Director.

Y a partir de allí nos hicimos socios en todo, porque compartíamos tareas matutinas para el Banco y por las tardes, hacíamos nuestras primeras armas como abogados, con toda la experiencia que nos daba el haber venido trabajando en eso desde hacía cinco años....junto al apoyo de los abogados mayores; así nos hicimos socios, al 50%, tanto de las tareas como de los ingresos, ya que compartíamos absolutamente todo, excepto los ingresos del Banco, pero que de todos modos eran semejantes.

Trabajamos así, asociados, primero en la atención de distintos asuntos que nos derivaban los abogados más grandes, sobre todo mi padre, mi tío Horacio y el Dr. Horacio Koch -que era el Director del Hipotecario- con los cuales pactábamos que un determinado porcentual de sus honorarios, era para nosotros; luego, poco a poco, comenzamos a tener nuestra propia clientela, y asú fuimos creciendo profesionalmente, tanto en la experiencia como en lo económico.

Pero además de ser socios, con Marcelo éramos amigos, con vidas también muy en paralelo, de matrimonio un año después del mío, hijos -varios- en forma casi inmediata, salidas frecuentes de los cuatro, asados y programas en común, una misma marca de auto -Citróen-, etc. También ambos vivíamos en Buenos Aires, y cuando nosotros logramos -al cuarto año de casados- comprar casa en San Isidro, al poco tiempo lo hicieron ellos, que compraron en Acassuso la casa en donde han vivido desde entonces, y que estaba a tres cuadras de la nuestra, que hacia allí nos habíamos mudado.

Teníamos una gran afinidad y casi, casi los mismos gustos, aun cuando yo prefería -deportivamente- el rugby y él la naútica; pero aparte de eso, prácticamente en todo lo demás coincidíamos, inclusive en los "after office" con los que terminábamos nuestras jornadas laborales, consumiendo whisky y sandwichitos antes de abordar el tren en el que -también juntos- volvíamos a nuestras casas.

Nunca tuvimos desencuentros profesionales; siempre coincidíamos en el enfoque con el que se debía atender cada asunto, así como con su atención, y aun cuando nos dividiéramos las tareas particulares, cada uno estaba totalmente al tanto de la marcha de los asuntos del otro, cuyos honorarios -desde luego- compartíamos por mitades a la hora del cobro.

Teníamos entonces una cábala, que nos divertía mucho poner en práctica, y que consistía en arrojar por el aire el o los fajos de billetes con los que nos pagaban, los que caían en lluvia y se desparramaban por todo el escritorio que, por supuesto, también compartíamos, en la pieza del fondo del Estudio. ¡ Cómo nos reíamos haciéndolo!!. Todavía, cada vez que cobro un honorario medio importante me dan ganas de repetir aquel gesto.

Con el tiempo, la llegada de nuestros numerosos hijos hizo necesario reforzar ingresos, para lo cual -ahora sí- cada uno comenzó a tomar compromisos independientes: yo, además del Estudio- en algunas gestiones públicas y Marcelo, no obstante contar con los recursos que provenían de un campo que -a medias- heredara María, su esposa, poco a poco se fue comprometiendo cada vez más con un amigo suyo que tenía una empresa comercial, al que asesoraba, y quien como contrapartida acordó abonarle sus servicios profesionales incorporándolo como socio.

Y así, sin dejar completamente de ser socios, instalados ya en otras oficinas como consecuencia de haberse desmembrado el viejo Estudio de la calle Cangallo 362, cada uno de nosotros le fue asignando una mayor dedicación a sus propias actividades, con perjuicio notorio para la sociedad, que en un momento determinado resolvimos interrumpir, repartiendo entre nosotros clientela y asuntos pendientes. Es que advertíamos -ambos- que el socio podía llevarse puesto al amigo, y esto era lo que pretendíamos preservar.

Y así concluyó nuestra sociedad profesional, aproximadamente a comienzos de los 80 tras prolongarse en el tiempo por unos 20 años. Luego nuestros caminos comenzarían a bifurcarse por lugares bien diferentes: el mío una magistratura federal en Neuquén, adonde inclusive debí radicarme y en donde permanecí cuando renuncie a esa función, y el de Marcelo, cada vez más comprometido con negocios de exportación agrícola, en épocas económicamente nefastas para hacerlo, hasta que lamentablemente, como tantos emprendimientos argentinos, terminaron en la quiebra.

Yo no pude acompañarte, viejo amigo, en esas peripecias judiciales que indudablemente, terminaron por resquebrajar tu no muy sólida salud, pero sé que nunca perdiste la esperanza de poder recuperarte, mientras te obligaban a ocultarte hasta para ejercer líbremente tu profesión, como si fueses un delincuente y no la consecuencia de una política económicamente nefasta y una actitud financieramente imperdonable de los banqueros de siempre....aquellos mismos que han seguido dejando tendales por todo el mundo, con una voracidad obsena más propia de los caranchos que de las personas.

Pero lograste levantarte, con el apoyo y la ayuda de tu esposa; con el acompañamiento profesional de tus nuevos socios; con tu silencio y tu enorme humildad, mientras -además- procurabas que tu salud no te abandonase en el camino. Y fuiste perdiendo en ese derrotero muchas cosas, hasta la voz, mientras una seguidilla de graves deterioros físicos pretendían minar tus fuerzas hasta hacerte claudicar, sin lograrlo.....hasta que un buen día retornaste, con la fuerza que dá la convicción y el orgullo de no haber abandonado nunca tus banderas, las que te han permitido ver triunfadores a tus hijos, también profiados luchadores de la vida, como lo son ustedes dos, porque sin duda María ha sido en todos estos años un baluarte adonde poder refugiarte cuando sentías que todo estaba perdido, y desde allí regresar, cada vez, con las mismas fuerzas y con las ilusiones intactas.

Yo, querido y viejo amigo, también pasé las mías, bien lo sabes, y he logrado -con el tiempo- restaurar mis heridas y restablecer mi estabilidad emocional, pero me quedé viviendo aquí, en este lugar tan distante del tuyo y que, hoy por hoy, nos permite tomar contacto solo muy de vez en cuando. Sin embargo, ello no nos impide que, al encontrarnos, nos sintamos los dos como entonces, con la misma alegría que nos daban -hace 40 años- nuestros 20; con las mismas ilusiones; con la misma confianza y entrega con las que encaramos aquel primer emprendimiento en común.....y sobre todo con una amistad capaz de superar el tiempo.