lunes, 27 de julio de 2020
Moyra Shon
jueves, 26 de marzo de 2020
Fernando Diaz Romero
El acababa de llegar detrás de una actividad petrolera tan propio de nuestra zona y yo comenzando a desarrollar mi actividad profesional luego de haber renunciado al Juzgado. El encuentro -paradójicamente- fue en una despedida. Otro gran amigo y su familia regresaban a la Capital para continuar allá con sus actividades y las de sus hijos.
viernes, 15 de abril de 2011
Modestino Pizarro Miguens
martes, 5 de abril de 2011
Horacio R. Rivarola
domingo, 20 de marzo de 2011
Eduardo Sarno (Mi "primo")
Después vino la etapa frutera en el Valle, casi como volviendo a sus orígenes, en una actividad que tanto domina y a la que aun permanece estivalmente ligado a pesar de tantas ingratitudes que la misma le ha deparado. Así es como le encontré a fines de los 80, al comenzar mi relación con Anamá, prima hermana muy querida de Silvia -la esposa de Eduardo- y fue entonces en que comenzó a crecer nuestra amistad, a una edad que -como él decía- ya no tenía ganas de seguir consechando amigos....pero la realidad se nos impone aun a nuestras convicciones más profundas ¿no Eduardo?
Es que hay sentimientos que resultan imposibles de ser gobernados por la razón y este de la amistad, entre hombres, cuando se dá, es de una solidez capaz de superar todas las dificultades, por más difíciles que ellas sean, como lo ha demostrado este prototipo del amigo, amigo a su vez de tantos otros que mantiene desde hace muchos años, porque si algo permite caracterizar a Eduardo Sarno es este sentido tan arraigado y profundo que tiene por la amistad, siendo -claro está- el mismo un amigo formidable y entrañable.
jueves, 13 de enero de 2011
Jorge Cilley (Jorgito)
Con Jorgito nos conocimos siendo los dos muy chicos, como jugadores de rugby de las inferiores del Sic, y si bien él era un año menor, cada dos años coincidíamos durante todo un campeonato, jugando en el mismo equipo. Lo recuerdo como un jugador muy aguerrido, siempre agachando la cabeza y -pelota en mano- metiéndose con fuerza hacia adelante.
Su padre había sido un extraordinario jugador argentino -la "Chinche Cilley"-, de aquellos que han hecho brillar el apellido Cilley como un símbolo del rugby en San Isidro, y siguió su escuela. Me acuerdo bien que los sábados a la mañana, al terminar los partidos, la Chinche nos traía a todos -¡ los 15 !!- en su camioneta y nos dejaba junto a la estación, desde donde tomábamos el tren que nos devolvía a nuestras respectivas casas.
Yo un buen día -a raíz de tener que hacer el servicio militar- tuve que dejar de jugar -allá por mis 21- mientras Jorgito siguió jugando muchos años más, razón por la cual durante un largo tiempo dejamos de vernos. Sin embargo, cual no sería mi sorpresa cuando el día que fuí por primera vez a la casa de la familia Grehan, allí me lo encuentro a Jorgito, que era el novio de Mauren, la hija más grande, y nos dimos un gran abrazo.
Después, claro está, tuvimos una vida muy en paralelo y que se prolongó por muchos años, porque los lazos familiares por un lado y la similitud de edades por el otro hicieron que a pesar de tener actividades diferentes, fueran muchísimos los momentos en que compartíamos la vida, a la que se iban paulatínamente integrando también nuestros respectivos hijos.
Me acuerdo bien de la fiesta de su casamiento, porque sus amigos del club "se la tenían jurada" y como realmente estos muchachos eran de armas llevar, Jorgito estaba seriamente preocupado. Finalmente lo saqué de la fiesta en el baul -cerrado- de mi auto, mientras a la novia se la llevaban en otro, para reunirnos al rato en una heladería y de ahí -ya juntos- seguir en el mío hasta el hotel en Buenos Aires, procurando que no nos siguieran -porque habían advertid0 la maniobra-lo que nos obligó a andar muy rápido e inclusive en un momento chocar contra otro auto, aunque sin ninguna consecuencia personal. ¡ Que corrida !!
Tengo también presente las reuniones en las que nos juntabamos a jugar a las cartas, o a algún juego de mesa, o a la famosa "copa" que realmente una vez se nos movió, anunciándose ante nosotros el chofer de un 60 que había sido atropellado por un tren en las cuatro barreras. ¡ Qué susto ! Aun hoy día me pregunto si habrá sido verdad o algún truco a los cuales era muy afín Martín Córdoba.
Profeionalmente Jorgito era un publicitario brillante, realmente destacado y una gran promesa en su medio, sólidamente formado en lo académico y con una gran experiencia adquirida en una de las más prestigiosas agencias de aquel momento como era la de Richard Pueyrredón -Pueyrredón Propaganda-; de allí pasó a otras, también muy reconocidas, es esa especie de lucha por las "cabezas brillantes" que se dá aun hoy en día entre las agencias de publicidad.
Recuerdo alguno de los avisos que entonces tuvieron gran impacto, y que provenían de sus ideas, como aquella del auto en la playa de Peugeot -"Peugeot J´táime"-; o la del nombre que identificó por muchísimos años al noticiero de Canal 13 -"Su ojo en la noticia"- o aquel tan desenfadado y avanzado para su época del "bajame la caña, Carlos" -por la caña Carlos Gardel- y del cual aun hoy en día se suele hablar como muestra del inteligente juego de palabras que se escondía detrás de la insinuante figura de una de las mejores modelos de aquel tiempo.
Tenía así, por delante, una brillante y predeciblemente exitosa carrera en ese medio, pero prefirió vivir una vida diferente, bohemia, en el sur, en el frío, junto al barro, en ese lugar tan propicio para desarrollar ese tipo de proyectos que era el Bolsón de fines de los 70, y para allá marcharon. Los amigos del Sic intentaron retenerlo y por un año más lo lograron, al encomendarle la tarea de escribir la historia del club, pero cuando todos pensábamos que "las tentaciones" económicas, que eran muchas, lograrían hacerlo desistir, se marchó, esta vez en forma definitiva.
Y allá -metido en el medio del campo- probó de sacar adelante un proyecto muy ambicioso, pero en un lugar tan inhóspito que finalmente terminó por minar sus fuerzas y lo obligaron a bajar al pueblo, adonde se instalaron y en donde comenzó a desarrollar otro tipo de actividades, esta vez más acordes o afines con su vocación, como lo fue la edición del periódico -"El Bolsonés"- o su trabajo como conductor en la radio local.
Y así llegó -Jorgito- el 2 de abril de 1983, el día del primer aniversario de la invación a las Malvinas, feriado en todo el país y por ende un día dedicado al ocio y al deporte, actividades que nunca abandonaste y que estabas practicando -con tu querida camiseta del Sic puesta- cuando al caer la tarde pasó la muerte temprana a buscarte, y te llevó consigo.
Yo no pude llegar hasta el Bolsón para acompañarte en el momento de tu partida, ni nunca logré darte mi despedida, cara a cara y frente a frente, como me hubiese gustado, razón por la cual me quedó como algo pendiente el poder llegar a hacerlo algún día, promesa con la que pude cumplir a comienzos del año pasado en que finalmente una mañana llegue hasta el sitio de tu última morada.
Y allí me encontré contigo; con tu firma insertada en una madera junto a la cruz de piedra; y con la única tumba de todo el cementerio que está cubierta totalmente por una impresionante cantidad de plantas de lavanda que desbordaban el sitio y que provenían desde las entrañas más profundas de la tierra que te cubre, que interpreté podría ser -quizás- un mensaje tuyo tendiente a mostrarnos que realmente ese era el lugar en el mundo que elegiste para vivir, y para permanecer en él para siempre.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Marcelo R. Lanús
Si bien nos conocíamos a la distancia, sobre todo de veraneos en Miramar y de compartir algún que otro amigo, lo cierto es que con Marcelo comenzamos a tratarnos cotidianamente en la Facultad, allá por los 60; al año siguiente del primero, cuando fui convocado para hacer la conscripción, mi intención fue la de no perder el año de estudios, para lo cual debía dejar de trabajar en el Estudio de mi familia, que es adonde lo hacía, y pensé inmediatamente en él, con el compromiso que al regresar al año siguiente y corresponderle a Marcelo hacer la colimba, volveríamos a cambiar nuestros roles.
Pero esto no fue lo que ocurrió ya que Marcelo, debido a un viejo golpe en la columna, fue exceptuado de hacer el servicio militar y, como seguramente su tarea había dejado conformes a los abogados del Estudio, aún cuando regresé, él también se quedó, comenzando a desempeñar juntos las tareas procuratorias; así continuamos -juntos- cuando nos recibimos de abogados, y ambos -además- empezamos poco después a trabajar como Apoderados en el viejo Banco Hipotecario Nacional, del cual uno de los abogados del Estudio era Director.
Y a partir de allí nos hicimos socios en todo, porque compartíamos tareas matutinas para el Banco y por las tardes, hacíamos nuestras primeras armas como abogados, con toda la experiencia que nos daba el haber venido trabajando en eso desde hacía cinco años....junto al apoyo de los abogados mayores; así nos hicimos socios, al 50%, tanto de las tareas como de los ingresos, ya que compartíamos absolutamente todo, excepto los ingresos del Banco, pero que de todos modos eran semejantes.
Trabajamos así, asociados, primero en la atención de distintos asuntos que nos derivaban los abogados más grandes, sobre todo mi padre, mi tío Horacio y el Dr. Horacio Koch -que era el Director del Hipotecario- con los cuales pactábamos que un determinado porcentual de sus honorarios, era para nosotros; luego, poco a poco, comenzamos a tener nuestra propia clientela, y asú fuimos creciendo profesionalmente, tanto en la experiencia como en lo económico.
Pero además de ser socios, con Marcelo éramos amigos, con vidas también muy en paralelo, de matrimonio un año después del mío, hijos -varios- en forma casi inmediata, salidas frecuentes de los cuatro, asados y programas en común, una misma marca de auto -Citróen-, etc. También ambos vivíamos en Buenos Aires, y cuando nosotros logramos -al cuarto año de casados- comprar casa en San Isidro, al poco tiempo lo hicieron ellos, que compraron en Acassuso la casa en donde han vivido desde entonces, y que estaba a tres cuadras de la nuestra, que hacia allí nos habíamos mudado.
Teníamos una gran afinidad y casi, casi los mismos gustos, aun cuando yo prefería -deportivamente- el rugby y él la naútica; pero aparte de eso, prácticamente en todo lo demás coincidíamos, inclusive en los "after office" con los que terminábamos nuestras jornadas laborales, consumiendo whisky y sandwichitos antes de abordar el tren en el que -también juntos- volvíamos a nuestras casas.
Nunca tuvimos desencuentros profesionales; siempre coincidíamos en el enfoque con el que se debía atender cada asunto, así como con su atención, y aun cuando nos dividiéramos las tareas particulares, cada uno estaba totalmente al tanto de la marcha de los asuntos del otro, cuyos honorarios -desde luego- compartíamos por mitades a la hora del cobro.
Teníamos entonces una cábala, que nos divertía mucho poner en práctica, y que consistía en arrojar por el aire el o los fajos de billetes con los que nos pagaban, los que caían en lluvia y se desparramaban por todo el escritorio que, por supuesto, también compartíamos, en la pieza del fondo del Estudio. ¡ Cómo nos reíamos haciéndolo!!. Todavía, cada vez que cobro un honorario medio importante me dan ganas de repetir aquel gesto.
Con el tiempo, la llegada de nuestros numerosos hijos hizo necesario reforzar ingresos, para lo cual -ahora sí- cada uno comenzó a tomar compromisos independientes: yo, además del Estudio- en algunas gestiones públicas y Marcelo, no obstante contar con los recursos que provenían de un campo que -a medias- heredara María, su esposa, poco a poco se fue comprometiendo cada vez más con un amigo suyo que tenía una empresa comercial, al que asesoraba, y quien como contrapartida acordó abonarle sus servicios profesionales incorporándolo como socio.
Y así, sin dejar completamente de ser socios, instalados ya en otras oficinas como consecuencia de haberse desmembrado el viejo Estudio de la calle Cangallo 362, cada uno de nosotros le fue asignando una mayor dedicación a sus propias actividades, con perjuicio notorio para la sociedad, que en un momento determinado resolvimos interrumpir, repartiendo entre nosotros clientela y asuntos pendientes. Es que advertíamos -ambos- que el socio podía llevarse puesto al amigo, y esto era lo que pretendíamos preservar.
Y así concluyó nuestra sociedad profesional, aproximadamente a comienzos de los 80 tras prolongarse en el tiempo por unos 20 años. Luego nuestros caminos comenzarían a bifurcarse por lugares bien diferentes: el mío una magistratura federal en Neuquén, adonde inclusive debí radicarme y en donde permanecí cuando renuncie a esa función, y el de Marcelo, cada vez más comprometido con negocios de exportación agrícola, en épocas económicamente nefastas para hacerlo, hasta que lamentablemente, como tantos emprendimientos argentinos, terminaron en la quiebra.
Yo no pude acompañarte, viejo amigo, en esas peripecias judiciales que indudablemente, terminaron por resquebrajar tu no muy sólida salud, pero sé que nunca perdiste la esperanza de poder recuperarte, mientras te obligaban a ocultarte hasta para ejercer líbremente tu profesión, como si fueses un delincuente y no la consecuencia de una política económicamente nefasta y una actitud financieramente imperdonable de los banqueros de siempre....aquellos mismos que han seguido dejando tendales por todo el mundo, con una voracidad obsena más propia de los caranchos que de las personas.
Pero lograste levantarte, con el apoyo y la ayuda de tu esposa; con el acompañamiento profesional de tus nuevos socios; con tu silencio y tu enorme humildad, mientras -además- procurabas que tu salud no te abandonase en el camino. Y fuiste perdiendo en ese derrotero muchas cosas, hasta la voz, mientras una seguidilla de graves deterioros físicos pretendían minar tus fuerzas hasta hacerte claudicar, sin lograrlo.....hasta que un buen día retornaste, con la fuerza que dá la convicción y el orgullo de no haber abandonado nunca tus banderas, las que te han permitido ver triunfadores a tus hijos, también profiados luchadores de la vida, como lo son ustedes dos, porque sin duda María ha sido en todos estos años un baluarte adonde poder refugiarte cuando sentías que todo estaba perdido, y desde allí regresar, cada vez, con las mismas fuerzas y con las ilusiones intactas.
Yo, querido y viejo amigo, también pasé las mías, bien lo sabes, y he logrado -con el tiempo- restaurar mis heridas y restablecer mi estabilidad emocional, pero me quedé viviendo aquí, en este lugar tan distante del tuyo y que, hoy por hoy, nos permite tomar contacto solo muy de vez en cuando. Sin embargo, ello no nos impide que, al encontrarnos, nos sintamos los dos como entonces, con la misma alegría que nos daban -hace 40 años- nuestros 20; con las mismas ilusiones; con la misma confianza y entrega con las que encaramos aquel primer emprendimiento en común.....y sobre todo con una amistad capaz de superar el tiempo.
