lunes, 27 de julio de 2020

Moyra Shon



            Sin ninguna duda, a la hora de escribir sobre aquellos personajes que –en algún momento- ocuparon un lugar importante en mi vida, al punto de resultar –con el paso del tiempo- inolvidables, Moyra no podía estar ausente.

Le conocí siendo ella muy jóven, con panza de embarazada de muchos meses y su eterna sonrisa, algún día en que vino al Estudio a visitar a su esposo, que por aquel entonces trabajaba con nosotros, y cuando tiempo después también ella se vino a trabajar con nosotros, me impresionaron su gran simpatía, su verborrágica palabra, su alegre desenfado, y esa aguerrida actitud como de “llevarse el mundo por delante”, que era como la característica más saliente de su personalidad.

Había tenido una infancia terrible, de esas que dejan huellas muy profundas: fue abandonada siendo muy pequeña por su padre biológico, y luego fuertemente maltratada por más de un ocasional o permanente acompañante de su madre, hasta que ésta logró, finalmente, estabilizarse emocionalmente junto a quien –además- asumió decididamente el rol paterno que allí faltaba, anudando con Moyra una relación filial lindísima y muy especial, que con el trascurso de los años ella evocaba como un oasis de lo que fue su infancia y adolescencia, al punto de haber adoptado como propio –durante muchísimos años- el apellido de este hombre a quien, con justicia, consideraba como su verdadero y único padre.

Nosotros también logramos establecer, entre ambos, un fuerte, fortísimo diría, vínculo de amistad, al haber padecido casi al mismo tiempo grandes y graves desajustes familiares que nos llevaron a la ruptura conyugal casi en simultaneo, en amistad que fue creciendo durante muchas y prolongadas charlas en las que junto al calor del vino tinto, dábamos rienda suelta a nuestros sentimientos, mientras sentíamos que sólo así, nuestras respectivas almas, una junto a la otra, lograban un poco de calma, de paz y serenidad.

¡ Que tiempos difíciles !! ¿verdad Moyra? ¡ Cuanta incomprensión!! ¡ Cuanta charla barata! ¡ Cuanta basura ! Es posible que algunas de tus no comprendidas actitudes de entonces fueran consecuencia más del asedio implacable que  recibiste de quien no se merecía ni tu cariño ni mi confianza –y que durante mucho tiempo rechazaste- que de una deliberada intención tuya de perjudicar a terceros, hasta que finalmente –uno es humano- cediste. ¿Pero quien podía sentirse con derechos a arrojar la primera piedra, de las muchas que recibiste? ¿ Alguien, acaso, se acercó a conocer de tus razones, antes de comenzar a vociferar en contra tuyo? ¿No es posible pensar que vos también fuiste una víctima más de aquel hombre, en todo ese doloroso proceso? ¿A cuantos más perjudicó burlándose de su confianza? Pero, en fin, ya todo eso por suerte hoy es historia.


Las nuestras –al cabo del tiempo- tuvieron finales felices, la mía mucho antes que la tuya, y todavía recuerdo tu enorme alegría cuando te conté que estaba comenzando a salir con Anamá, a quien –me consta- considerabas una gran mujer. Lo tuyo tuvo que esperar más tiempo, inclusive con un traslado de domicilio en busca de un trabajo que te permitiera brindarle algo mejor a tus hijos, cuyo bienestar fue invariablemente tu obsesión, pasara lo que pasare.

 Y entonces nuestras charlas se silenciaron y nuestros intercambios de noticias se fueron espaciando, hasta desaparecer, sin que esto significara que alguno de nosotros pueda considerar que ya no seguimos siendo buenos amigos, - “amigos del alma” solíamos decir- de esos que se acrisolan en tiempos de dolor y sacrificio.

Y un buen día me enteré que habías llegado a la otra orilla, y me alegré muchísimo con la noticia, porque siempre fui un convencido de que te merecías ser realmente feliz, porque sos una gran mujer, una madre incansable, una amiga de fierro, y una dedicada laburante, a la que quiero mucho y para la cual siempre soñé este final feliz del que ahora disfrutas…..aunque ya no nos veamos….ni nos escribamos…..ni sepamos nada el uno del otro…..porque nos basta con saber que los dos estamos bien.




jueves, 26 de marzo de 2020

Fernando Diaz Romero


     Le conocí de grande, a una edad en la que ambos ya casi no necesitábamos tener nuevos amigos. Es que los dos compartíamos la aventura de haber emprendido -tarde- un traslado de trabajo y afectos hacia un lugar lejano del -hasta entonces- habitual. 

     El acababa de llegar detrás de una actividad petrolera tan propio de nuestra zona y yo comenzando a desarrollar mi actividad profesional luego de haber renunciado al Juzgado. El encuentro -paradójicamente- fue en una despedida. Otro gran amigo y su familia regresaban a la Capital para continuar allá con sus actividades y las de sus hijos.

    Esa reunion de tantos amigos, a pesar de lo triste del motivo que la convocaba, fue de una gran alegría, muy ruidoso, muy charlado, muy disfrutado por todos y mucho más cuando apareció la música. No recuerdo como empezaron las canciones pero sí tengo presente que se armaron dos grupos, ambos integrados por hombres y mujeres que, automáticamente comenzamos a competir.

     Fernando estaba en el otro grupo, en el cual destacaba, ya que como pude apreciar y disfrutar después, a lo largo de los años, es un apasionado de la música que interpreta extraordinariamente, acompañado siempre de su guitarra y con una voz inconfundible, cálida y serena, a menos que esté "enchufado" con su vena más jocosa para hacernos reir.

     Fue a partir de entonces que él y Mercedes -su mujer- se fueron integrando a las distintas actividades y variados programas con los que solíamos entretenernos lo fines de semana, una de las cuales eran los divertidos asados domingueros en la quinta de los Enriquez en Vista Alegre, en donde pudimos comenzar a charlar con más tranquilidad y a conocernos, enhebrando desde ahí una serie de encuentros en los que ambos pudimos irnos enterando un poco más del otro y, consecuentemente,  dando lugar al nacimiento de una amistad que se prolongó por más de veinte años.

     No creo que por casualidad -porque no creo en ellas- pero lo cierto es que durante todos esos años fuimos coincidiendo ademas en la cercanía de nuestras respectivas casas, de modo que a aquella amistad se le fue añadiendo este condimento de la vecindad que viene a ser algo así como una amistad, pero más casera, hasta que terminamos viviendo a 50 mts uno del otro.

     A Fernando lo recuerdo partiendo todas las mañanas muy pero muy temprano, casi siempre de noche en invierno, cuando lo pasaban a buscar para llevarlo al yacimiento lejano desde el cual regresaba tarde en la tarde para poder encontrarse el tiempo de ocuparse de sus cosas, de sus gustos y, paulatinamente, de ese círculo de actividades sociales que día tras día iban dejando detrás suyo como una estela de enorme reconocimiento, que con su característica humildad no se tomaba en serio.

     Fernando además, siempre fue un protagonista en todas nuestras reuniones de amigos, ya fuese en antiguos y perdidos en el tiempo "asados culturales" (solo de varones) como en reuniones o cumpleaños multitudinarios, o simplemente cuando un domingo cualquiera se cruzaba a casa para compartir nuestra mesa familiar.  En todas esas oportunidades llegaba acompañado de su guitarra y de Mercedes, sus dos compañeras inseparables, para deleitarnos con su música con gran entrega y generosidad, y hasta nos hacía reir cuando en un momento dado se convertía en payaso y nos mataba de risa.

      Durante unos cuantos años, además, nos dedicó un tiempo semanal a un grupo de amigos para conformar un coro -que nació un domingo en casa- que dirigió con toda su maestría y enorme paciencia, trabajando en arreglos que pudieran servir para lucirnos, habiendo logrado -a pesar nuestro- resultados maravillosos y hasta alguna salida de gira, como aquella que nos llevó a Caviahue, o la Misa Criolla completa que entonamos varias veces y en lugares muy  variados, o esos casamientos a los cuales nos invitaban a cantar y hasta donde llevábamos nuestro repertorio más serio.

     Decía más arriba que su entrega a lo social fue también sin medida, ya fuese para enseñar carpintería u otros oficios en las mañanas de los sábados en Caritas Cipolletti; o para visitar a los presos de la cárcel, llevándoles no solo música sino palabras esperanzadoras, procurando que pudieran encontrar una conversión que justificase su obligado encierro.

     De más está recordar esa enorme cantidad de viajes a Salta -donde un día ya lejano se produjo su propia conversión- para visitar a su querida Virgen del Rosario, acompañando a grupos para promover esa devoción a su Madre, que sentía casi como una obligación y muestra de un fuerte agradecimiento.

     Y así fueron pasando años y años de una vida socialmente fértil, sin decuidar a su familia que, convertida en hijos y nietos, anualmente llegaban en los veranos a visitarle y a quienes les propiciaba su inmenso cariño. En tanto a lo largo se todo ese tiempo, entre nosotros quedo establecida esa muy fuerte amistad que la disparidad de pensamiento en algunas cuestiones no permitieron que se alterara en lo más mínimo.

     Pero un dia te fuiste, Fernando, detrás de esa enorme familia que no quiso o no pudo encontrar un lugar aqui cerca tuyo y te dejaban muy solo durante una parte muy larga del año. Allá estarás ahora, feliz de poder volcarte a ellos sin medida, como siempre lo has hecho con todo. Aqui se te extraña, yo te extraño querido amigo, aunque entienda que tu destino tenía que ser el que elegiste. Se -porque esto siempre pasa- que las amistades no se olvidan,  adquieren otras modalidades porque se transforman en muy lindos recuerdos que cada tanto uno evoca (¿te acordas cuando con Fer nos fuimos a ......? o ¿ como se llamaba esa canción que a Fernando le gustaba tanto?).

     Son esos recuerdos los que desde ahora ocuparan tu espacio fisico y me permitirán tenerte presente como si estuvieses aquí, con tu guitarra, con tus herramientas de buen vecino que nos sacaban de más que un apuro, con nuestros vinitos y demas tragos tantas veces compartidos, con tu actitud generosa y desprendida, con tus cuentos y relatos de tiempos idos, con tus anécdotas tan divertidas. No te has ido, Fernando, los amigos de verdad se quedan para siempre.-