¿ Cuantas veces, Germán, querido amigo, la vida nos permite barajar y dar de vuelta? Es increible ver los giros que, a algunos, nos permite dar el destino, proponiéndonos la alternativa de volver a empezar cuando ya parecía que todo estaba perdido, para así transitar por caminos o senderos que - antes - jamas nos hubiésemos imaginado que podríamos llegar a caminar.
Nos conocimos -allá, por los 80, hace como 25 años- en circunstancias muy diferentes a las que vivimos -ambos- actualmente. Germán acababa de asumir como Defensor Oficial en el recientemente creado Juzgado de Junín de los Andes, en cargo desde el cual podría -ya oficialmente- seguir prestando sus servicios profesionales como abogado, a la vasta comunidad de poblaciones mapuche a las cuales venía visitando, atendiendo y asesorando desde unos cuantos años antes, como parte de una importante tarea de servicio, totalmente desinteresada, que lo llevara, junto a un grupo de amigos, a trasladarse a ese lejano paraje de la Patagonia, para establecerse allí con su familia, bien lejos de la vorágine del promisorio mundo del negocio de los seguros, que una exitosa gestión en Londres permitía avizorar.
Y ese activo e inquieto abogado, que también fue en algún momento seleccionado como uno de los 10 Jóvenes Sobresalientes del año, se vino aquí, a la lejana Junín de los Andes, a echar a andar la Fundación Cruzada Patagónica, que condujo con reconocida eficacia durante muchísimos años, estableciendo un ejemplar instituto educacional para la población mapuche, donde se instruía a niños y jóvenes en los más avanzados conocimientos y procedimientos técnicos vinculados a las actividades rurales, con un total respeto por su propia cultura y tradiciones.
Estuve allí varias veces, admirado siempre de lo que se puede lograr con una gran convicción intelectual y una enorme claridad y firmeza en los objetivos que se han propuesto, prácticamente sin ayudas económicas oficiales e impulsados únicamente por una inmensa vocación de servicio, que a Germán, en particular, se le desbordaba. Sin embargo, a la par que crecían esos logros institucionales, la envidia propia de quienes no saben más que recelar y son incapaces de generar otra cosa que no sean fracasos e intolerancia, los famosos dueños de la verdad y del campo social, al que nada aportan, se ensañaron ponzoñosamente con él, para así poder destruir su obra.
Fue entonces cuando Germán acudió a mí como abogado, para que lo defendiera de una serie de injustas e inventadas denuncias, que dieron por tierra con una carrera judicial intachable, amenazada por un juicio político que estaba en manos de personajes temerosos del que dirán y de la prensa que con él se ensañara, y que hizo aconsejable no abordar para ir a dar la batalla en el ámbito judicial que nos merecía mayor confianza.
Y allí lo vi luchar sin bajar nunca los brazos, convencido de sus razones y de la sinrazón de los ataques que con todo desparpajo y descaro le asestaban, y que llegaron a traducirse en más de una veintena de hechos, a cual más fantansioso, pero de los que debió defenderse con el mayor de los esmeros, convencido de que solo aportando las pruebas que permitieran explicar lo sucedido, lograría ser desincriminado.
Lamentablemente el famoso principio de inocencia no estaba de su lado, pero finalmente se logró el sobreseimiento de todos los cargos que se le reprochaban, no obstante la adversa y constante prédica de una prensa ensañada con su persona y de un importante grupo de hipócritas y miserables, camuflados detrás de algunos auténticos defensores de los derechos humanos.
Terminada esa lucha y, como buena muestra de sus auténticos merecimientos, obtuvo la Beca Eisenhover que, anualmente, convoca a Filadelfia en los Es.Us. a 50 personalidades destacadas de 49 paises -uno por país, además del local- a fin de desarrollar durante todo un año un programa intensivo relacionado con el desarrollo de diferentes proyectos de interés para la comunidad global, previamente presentados por cientos de candidatos de todo el mundo, y estrictamente seleccionados por un comité de evaluaciones muy exigente.
¡ Paradojas del destino !! El vapuleado imputado de una veintena de delitos incalificables en su lugar de residencia, es convocado al país más desarrollado del mundo para integrarse a un pequeño grupo de personalidades mundiales a quienes se capacita para que luego puedan volcar sus ricas experiencias en beneficio de sus propias comunidades. Pero la eterna historia del profeta y su tierra se lo impidieron.
Esta vez no fueron sus viejos enemigos, acallados en sus injustas denuncias por decisiones judiciales indiscutibles, sino sus amigos, aquellos mismos con los que llegara hasta aquí para iniciar su aventura. Estos, que se suponía serían sus incondicionales, esta vez le dieron vuelta la cara en una muestra de ingratitud incomprensible, y juzgando con ensañamiento su conducta personal -¿quien está libre como para poder arrojar la primera piedra?- le quitaron su bien más precioso -la Fundación- y le obligaron a emigrar, como si fuera un leproso a quien es mejor no ver. ¡ No sea que nos contagie.....y nos enamoremos de la vida!!
Y así empezaste de nuevo, querido amigo, allá, en la soledad que tienen el frio, la lluvia y el barro del norte neuqino, pero donde contabas con el calor de tu querida Inés -¡y junto a ella, la vida!. Allá, adonde ninguno de tus hijos pudo seguirte, rumiando rencores que el tiempo -quizás- logre algún día quitarles, comenzaron a formar una nueva familia, con el mismo entusiasmo y alegría de la primera vez.....y por ahi andan ahora tus pequeños, los de la segunda vuelta, arrancándote esas sonrisas que la vida se había encargado de quitarte.
Después -todo tiene sus compensaciones- pudiste regresar a la carrera judicial que aquellas circunstancias te obligaran a abandonar, con un cargo que implicaba -además- trasladarte a la capital, adonde poder vivir más a gusto y educar a tus hijos con las comodidades que se merecen. Y aquí es adonde estas ahora, Germán, en el lugar donde las vueltas de la vida te han llevado y en donde puedo verte encarando tus actuales responsabilidades profesionales con la misma fortaleza y tesón de siempre; llevándote la vida por delante, con la pasión inclaudicable del buen jugador de rugby y la desbordante alegría de quien sabe que Dios no se averguenza de él.
martes, 31 de agosto de 2010
lunes, 16 de agosto de 2010
Los curas
Han sido varios los curas que, a lo largo de mi vida, han ocupado en ella algun lugar más o menos importante, que explica que se hayan terminando transformando en personajes inolvidables y a los que quiero darles un lugar en este rincón de recuerdos, pero antes de hacerlo no puedo dejar de mencionar a algunos otros que sin haber llegado a tener una verdadera influencia sobre mí o mis cosas -a partir del momento en el que pude disponer de ellas- con anterioridad pudieron tener algún protagonismo cerca mío, no buscado ni deseado por mí sino por mis padres.
Uno de ellos es el por entonces abad de los benedictinos, monseñor Andrés de Azcárate, un hombre severo , español en todo, de rostro curtido, al cual mi madre -siendo yo un niño- me llevaba a ver en la Abadía de San Benito en Belgrano para procurar lograr enmiendas de conducta con las que ella se ve que no podía; le recuerdo en un oscuro confesionario de la izquierda de la vieja y pequeña iglesia, hablándome con su voz potente y firme e instándome a ser más bueno y obediente, sobre todo con mi madre, mientras yo sentía que me afixiaba, no sé bien si por el pequeño ambiente cerrado o el miedo que me producía ese encuentro -de rodillas- frente a quien -a mis ojos- aparecía como una figura realmente imponente.
También forma parte de esos primitivos recuerdos el por entonces párroco de la iglesia de San Miguel -en el centro porteño- el padre Miguel Angel de Andrea, el padre Miguelito, amigo de mi padre y sobrino del célebre obispo de Temnos, y a quien -en este caso- era mi padre el que me llevaba a ver siendo yo ya un poco mayor pero aun antes de mi primera adolescencia, seguramente por ser más travieso de lo pretendido por mis padres. A diferencia del anterior, este cura me atendía fuera del confesionario y caminando por un amplio patio interior de su parroquia, ante el cual -con seguridad- renovaba mis buenos propósitos de enmendar mi conducta, pero sin mucha convicción.
Estos dos recuerdos me llevan a pensar que para mis padres, con toda seguridad, la palabra de los miembros de la iglesia debería tener una importancia gravitante, al punto de recurrir a ella -casi como argumento de autoridad- cuando mis trapisondas -que sinceramente ni recuerdo ni pienso que fuesen tan graves- los superaban y no encontraban ni en las palabras ni en las formas -sin castigos físicos- la manera de hacerme reaccionar, recurriendo entonces a los buenos consejos de sus sacerdotes de confianza, en el convencimiento de que estos podrían lograr lo que ellos no podían, aunque también esto, finalmente, resultaba inutil.
Pienso ahora, ya abuelo, en lo dificil que resulta el ser padre, para lo que uno viene dotado biológica pero no psicológicamente, y hay que aprender el mejor método que tampoco es universal ni sirve el mismo para todos los hijos. En mi caso -por ejemplo- no bastaba con convencerme con argumentos porque -según recuerdo- yo no los compartía y por ende no los atendía y, con esa soberbia tan propia de los adolescentes, confiaba más en mi y en mis inexperimentadas decisiones que en las que con sus mejores intenciones me propusieran mis padres.
Pero sigamos con los curas. Durante uno de mis primeros noviazgos, la propuesta de "mi novia" -de alrededor de quince años el personaje- fue que debíamos -ambos- tener un mismo director espiritual, para que nos fuera ayudando a transitar esa etapa tan novedosa, de la mejor manera posible. Es increíble ver, desde la distancia, cuanto más rápido crecen a esa edad las mujeres que los varones, y la enorme madurez de esa "casi niña" obligada a buscar con inteligencia, la mejor manera de sortear los tironeos propios de la carne.
Asi es como llegamos al padre Roberto M. Berg, el padre Berg, que atendía en la iglesia del Corazón Eucarístico sobre la calle Montevideo frente a la plaza Vicente López. Era un cura bajito, muy simpático y entrador, con el cual solíamos más que confesarnos, sentarnos a conversar, cada uno por su lado, en la mañana de los sábados, y con el cual al principio me costó bastante abrirme ya que no estaba acostumbrado a conversar de mis cosas con nadie.
También recuerdo que durante los veranos venía a visitarnos a Miramar, no solo a nosotros sino también al vasto número de jóvenes que con el se dirigían y que formaban parte del gran grupo que integrábamos, y que veraneabamos todos juntos en el mismo lugar. Allí se juntaba con nosotros en la playa, conocía a nuestrs padres, participaba de asados y fogones y seguía con "su misión" de aconsejarnos y de procurar poner nuestras vidas en sintonía con Dios.
Buen tipo el padre Berg, que luego quedó perdido en el tiempo ydel que nunca más supe nada, una vez que quedara atras esa noviazgo, interrumpido abruptamente sin mi voluntad o mejor dicho en contra de ella, como un rechazo más a todo lo qu me hiciera recordar esos tiempos.
Por aquel entonces -era la etapa de comienzos del secundario- en un retiro espiritual al que fui invitado lo conocí a Ernesto Garcia Alesanco, don Ernesto o el padre Ernesto, un curita muy joven, rosarino y periodista recien llegado de España adonde había estudiado y ordenado, que realmente me sorprendió por lo novedoso de su prédica, que con un lenguaje sencillo y a nuestro alcance nos hablaba de la manera de convertir las cosas más cotidianas en una oración permanente a Dios; desde entonces las charlas -muy tranquilas- que comenzamos en ese retiro, se prolongaron a lo largo de los años.
Yo concurría periódicamente a conversar con él en los altillos de una vieja casa de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo, y ahi desfilaban los mil y un temas que por lo general abruman a los jóvenes y que yo le planteaba, para recibir siempre un buen consejo, la palabra justa y sobre todo una forma muy libre de encarar la vida, de mucho respeto hacia lo que yo pensara o hiciera.
Luego se trasladó a una enorme casona de la calle Amenabar -en Belgrano- adonde funcionaba una residencia de estudiantes regenteada por miembros del Opus Dei -al cual pertenece- y hasta allá me llegaba durante muchas tardes para proseguir con esa charla interminable que ocupó todo mi secundario y los primeros años universitarios.
¡ Don Ernesto !! Que lindos recuerdos tengo de todo aquel período "fundacional" de mi vida, durante la cual fue mi Director Espiritual, dicho así, con mayúsculas, y cuanto han tenido que ver sus consejos con muchas de mis posteriores decisiones de priorizar en la vida la libertad y la coherencia por sobre otras alternativas quizás más seguras o de compromisos méramente formales.
Luego lo trasladaron a Mendoza y no volví a verlo, durante muchísimos años, aun cuando cada tanto me llegaba su invariable mensaje, que seguía rezando por mí cada día de su vida, durante las misas, hasta el día en que falleció mi padre y ahi estaba, igual a como le recordaba, con su misma cara de niño bueno y su sonrisa cómplice, propia de quien sabe que nos conocemos tan profundamente que no hacen falta las palabras para trasmitirnos nuestros sentimientos.....y sin embargo habían pasado tantas cosas en mi vida.
Momentos de mucha oscuridad espiritual se sucedieron entonces, provenientes -fundamentalmente- de esa hipocrecía y falsa religiosidad que advierto en tantos y tantos ministros y feligreses "devotos", quen tanto daño me hicieron que no he podido sino alejarme y buscar refugio en mi intimidad, adonde puedo mantener una buena relación directa con Dios, a quien lo imagino con los brazos abiertos para recibirme, hiciera lo que hiciere y pensara lo que pensare, a la manera de don Ernesto, a quien ninguna de mis actitudes de entonces le molestaba o le horrorizaba, como sí me ha pasado luego con otros.....a quienes es mejor no recordar......
Pasaron cerca mío otros curas, en diferentes momentos de mi vida, pero ninguno dejó una huella profunda como aquella ni pude anudar con ellos una confianza mutua tan intensa. Por ejemplo, tengo un muy grato recuerdo de don Jaime de Nevares, con quien tuve un buen trato, pero más desde lo institucional, entre el obispo y el juez federal del Neuquén, que de lo religioso. Don Jaime tuvo para conmigo un detalle gigante que no puedo olvidar, cuando me invitó a la reunión que Juan Pablo II tendría con el mundo de la cultura, en el teatro Colón de Buenos Aires, durante su último visita a la Argentina, y adonde al pasar a mi lado le pude estrechar la mano, de una calidez tal que aun hoy puedo sentirla en la mía.
Otro cura sensacional fue el padre Juan San Sebastian, secretario de don Jaime y luego párroco de Ciudad Industrial, que siempre fue su sombra silenciosa pero muy eficaz, y dueño de una enorme amplitud de mente y de un corazón inmenso. Con el cura de Alta Barda, el padre Fernando Rabufet, un sacerdote español "duro", intransigente y muy austero con él mismo, pero incansable batallador, no pude lograr una gran amistad, quizas por encontrar en sus formas las antípodas de mi forma de pensar la religión y la vida. Sin embargo le ayudé mucho y con todo desinterés cuando pidió mi ayuda para poder instalar una escuela secundaria confesional en el barrio, y allí está hoy el Pablo VI, sacando año tras año generaciones formadas no solo en lo intelectual.
Con el cura Paco, capellán de la cárcel, tambien tuvimos muchos encuentros cuando yo era el juez federal de la provincia, por compartir ambos la forma en que se debía encararse esa delicada tarea de recuperar socialmente a los presos, tarea pastoral a la que se volcara con una dedicación y entregas realmente encomiables, y casi, casi, diría que no hay más sacerdotes de los que -en mi criterio-valga la pena dejar aquí un recuerdo.
Tenemos un curita muy joven en el coro, Fernando Fernández, que reune muchas de las condiciones que a mí me gusta destacar en los curas a los que trato, y que fundamentalmente se traduce en pensar con una enorme libertad, que no limite lo religioso a lo formal o litúrgico, a lo que está mandado; que procuren más imitar a Dios -que es inmenso e inconmensurable- que a aquellos oficiales de la burocracia eclesial o religiosa que tanto han hecho sufrir -durante el transcurso de los siglos- a los que simplemente somos hijos de Dios, pero también criaturas humanas. Vamos a ver si Fernando logra finalmente un lugar destacado dentro de mi vida; por ahora creo, que había que esperarlo porque alguien así, seguramente, algún día iba a llegar.
Allá, muy lejos en el tiempo, hay dos personajes siniestros, sacerdotes que circulaban descaradamente por el colegio primario al que asistía, y de quienes será imposible que logre olvidarme nunca, pero no voy a mencionarlos; Dios ya los debe tener presente. Hoy, que están saliendo a la luz tants y tantos casos semejantes, aguardo a que quizás algún día aparezcan sus nombres y se hagan públicas sus impúdicas malicias.
Al concluir esta recorrida no puedo sino volver a aquellos años de mi infancia, al niño inmanejable al que sus padres, sin saber que hacer, llevaban para que otros le pusieran los límites que de ellos no aceptaba, y así fue como me dejaron -sin quererlo- esta reacia actitud de rebelión que siempre me ha acompañado, pero mezclada con un gran respeto por todo lo que fuese religioso. Es cierto que no he sido comprendido, muchísimas veces, pero es que yo tampoco he sabido comprender muchas cosas, pero no por ello he dado portazos ni me he alejado a otras orillas; estoy cerca, pero mirando sin arrimarme, seguramente, hasta que una buena mano venga por mí.
Uno de ellos es el por entonces abad de los benedictinos, monseñor Andrés de Azcárate, un hombre severo , español en todo, de rostro curtido, al cual mi madre -siendo yo un niño- me llevaba a ver en la Abadía de San Benito en Belgrano para procurar lograr enmiendas de conducta con las que ella se ve que no podía; le recuerdo en un oscuro confesionario de la izquierda de la vieja y pequeña iglesia, hablándome con su voz potente y firme e instándome a ser más bueno y obediente, sobre todo con mi madre, mientras yo sentía que me afixiaba, no sé bien si por el pequeño ambiente cerrado o el miedo que me producía ese encuentro -de rodillas- frente a quien -a mis ojos- aparecía como una figura realmente imponente.
También forma parte de esos primitivos recuerdos el por entonces párroco de la iglesia de San Miguel -en el centro porteño- el padre Miguel Angel de Andrea, el padre Miguelito, amigo de mi padre y sobrino del célebre obispo de Temnos, y a quien -en este caso- era mi padre el que me llevaba a ver siendo yo ya un poco mayor pero aun antes de mi primera adolescencia, seguramente por ser más travieso de lo pretendido por mis padres. A diferencia del anterior, este cura me atendía fuera del confesionario y caminando por un amplio patio interior de su parroquia, ante el cual -con seguridad- renovaba mis buenos propósitos de enmendar mi conducta, pero sin mucha convicción.
Estos dos recuerdos me llevan a pensar que para mis padres, con toda seguridad, la palabra de los miembros de la iglesia debería tener una importancia gravitante, al punto de recurrir a ella -casi como argumento de autoridad- cuando mis trapisondas -que sinceramente ni recuerdo ni pienso que fuesen tan graves- los superaban y no encontraban ni en las palabras ni en las formas -sin castigos físicos- la manera de hacerme reaccionar, recurriendo entonces a los buenos consejos de sus sacerdotes de confianza, en el convencimiento de que estos podrían lograr lo que ellos no podían, aunque también esto, finalmente, resultaba inutil.
Pienso ahora, ya abuelo, en lo dificil que resulta el ser padre, para lo que uno viene dotado biológica pero no psicológicamente, y hay que aprender el mejor método que tampoco es universal ni sirve el mismo para todos los hijos. En mi caso -por ejemplo- no bastaba con convencerme con argumentos porque -según recuerdo- yo no los compartía y por ende no los atendía y, con esa soberbia tan propia de los adolescentes, confiaba más en mi y en mis inexperimentadas decisiones que en las que con sus mejores intenciones me propusieran mis padres.
Pero sigamos con los curas. Durante uno de mis primeros noviazgos, la propuesta de "mi novia" -de alrededor de quince años el personaje- fue que debíamos -ambos- tener un mismo director espiritual, para que nos fuera ayudando a transitar esa etapa tan novedosa, de la mejor manera posible. Es increíble ver, desde la distancia, cuanto más rápido crecen a esa edad las mujeres que los varones, y la enorme madurez de esa "casi niña" obligada a buscar con inteligencia, la mejor manera de sortear los tironeos propios de la carne.
Asi es como llegamos al padre Roberto M. Berg, el padre Berg, que atendía en la iglesia del Corazón Eucarístico sobre la calle Montevideo frente a la plaza Vicente López. Era un cura bajito, muy simpático y entrador, con el cual solíamos más que confesarnos, sentarnos a conversar, cada uno por su lado, en la mañana de los sábados, y con el cual al principio me costó bastante abrirme ya que no estaba acostumbrado a conversar de mis cosas con nadie.
También recuerdo que durante los veranos venía a visitarnos a Miramar, no solo a nosotros sino también al vasto número de jóvenes que con el se dirigían y que formaban parte del gran grupo que integrábamos, y que veraneabamos todos juntos en el mismo lugar. Allí se juntaba con nosotros en la playa, conocía a nuestrs padres, participaba de asados y fogones y seguía con "su misión" de aconsejarnos y de procurar poner nuestras vidas en sintonía con Dios.
Buen tipo el padre Berg, que luego quedó perdido en el tiempo ydel que nunca más supe nada, una vez que quedara atras esa noviazgo, interrumpido abruptamente sin mi voluntad o mejor dicho en contra de ella, como un rechazo más a todo lo qu me hiciera recordar esos tiempos.
Por aquel entonces -era la etapa de comienzos del secundario- en un retiro espiritual al que fui invitado lo conocí a Ernesto Garcia Alesanco, don Ernesto o el padre Ernesto, un curita muy joven, rosarino y periodista recien llegado de España adonde había estudiado y ordenado, que realmente me sorprendió por lo novedoso de su prédica, que con un lenguaje sencillo y a nuestro alcance nos hablaba de la manera de convertir las cosas más cotidianas en una oración permanente a Dios; desde entonces las charlas -muy tranquilas- que comenzamos en ese retiro, se prolongaron a lo largo de los años.
Yo concurría periódicamente a conversar con él en los altillos de una vieja casa de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo, y ahi desfilaban los mil y un temas que por lo general abruman a los jóvenes y que yo le planteaba, para recibir siempre un buen consejo, la palabra justa y sobre todo una forma muy libre de encarar la vida, de mucho respeto hacia lo que yo pensara o hiciera.
Luego se trasladó a una enorme casona de la calle Amenabar -en Belgrano- adonde funcionaba una residencia de estudiantes regenteada por miembros del Opus Dei -al cual pertenece- y hasta allá me llegaba durante muchas tardes para proseguir con esa charla interminable que ocupó todo mi secundario y los primeros años universitarios.
¡ Don Ernesto !! Que lindos recuerdos tengo de todo aquel período "fundacional" de mi vida, durante la cual fue mi Director Espiritual, dicho así, con mayúsculas, y cuanto han tenido que ver sus consejos con muchas de mis posteriores decisiones de priorizar en la vida la libertad y la coherencia por sobre otras alternativas quizás más seguras o de compromisos méramente formales.
Luego lo trasladaron a Mendoza y no volví a verlo, durante muchísimos años, aun cuando cada tanto me llegaba su invariable mensaje, que seguía rezando por mí cada día de su vida, durante las misas, hasta el día en que falleció mi padre y ahi estaba, igual a como le recordaba, con su misma cara de niño bueno y su sonrisa cómplice, propia de quien sabe que nos conocemos tan profundamente que no hacen falta las palabras para trasmitirnos nuestros sentimientos.....y sin embargo habían pasado tantas cosas en mi vida.
Momentos de mucha oscuridad espiritual se sucedieron entonces, provenientes -fundamentalmente- de esa hipocrecía y falsa religiosidad que advierto en tantos y tantos ministros y feligreses "devotos", quen tanto daño me hicieron que no he podido sino alejarme y buscar refugio en mi intimidad, adonde puedo mantener una buena relación directa con Dios, a quien lo imagino con los brazos abiertos para recibirme, hiciera lo que hiciere y pensara lo que pensare, a la manera de don Ernesto, a quien ninguna de mis actitudes de entonces le molestaba o le horrorizaba, como sí me ha pasado luego con otros.....a quienes es mejor no recordar......
Pasaron cerca mío otros curas, en diferentes momentos de mi vida, pero ninguno dejó una huella profunda como aquella ni pude anudar con ellos una confianza mutua tan intensa. Por ejemplo, tengo un muy grato recuerdo de don Jaime de Nevares, con quien tuve un buen trato, pero más desde lo institucional, entre el obispo y el juez federal del Neuquén, que de lo religioso. Don Jaime tuvo para conmigo un detalle gigante que no puedo olvidar, cuando me invitó a la reunión que Juan Pablo II tendría con el mundo de la cultura, en el teatro Colón de Buenos Aires, durante su último visita a la Argentina, y adonde al pasar a mi lado le pude estrechar la mano, de una calidez tal que aun hoy puedo sentirla en la mía.
Otro cura sensacional fue el padre Juan San Sebastian, secretario de don Jaime y luego párroco de Ciudad Industrial, que siempre fue su sombra silenciosa pero muy eficaz, y dueño de una enorme amplitud de mente y de un corazón inmenso. Con el cura de Alta Barda, el padre Fernando Rabufet, un sacerdote español "duro", intransigente y muy austero con él mismo, pero incansable batallador, no pude lograr una gran amistad, quizas por encontrar en sus formas las antípodas de mi forma de pensar la religión y la vida. Sin embargo le ayudé mucho y con todo desinterés cuando pidió mi ayuda para poder instalar una escuela secundaria confesional en el barrio, y allí está hoy el Pablo VI, sacando año tras año generaciones formadas no solo en lo intelectual.
Con el cura Paco, capellán de la cárcel, tambien tuvimos muchos encuentros cuando yo era el juez federal de la provincia, por compartir ambos la forma en que se debía encararse esa delicada tarea de recuperar socialmente a los presos, tarea pastoral a la que se volcara con una dedicación y entregas realmente encomiables, y casi, casi, diría que no hay más sacerdotes de los que -en mi criterio-valga la pena dejar aquí un recuerdo.
Tenemos un curita muy joven en el coro, Fernando Fernández, que reune muchas de las condiciones que a mí me gusta destacar en los curas a los que trato, y que fundamentalmente se traduce en pensar con una enorme libertad, que no limite lo religioso a lo formal o litúrgico, a lo que está mandado; que procuren más imitar a Dios -que es inmenso e inconmensurable- que a aquellos oficiales de la burocracia eclesial o religiosa que tanto han hecho sufrir -durante el transcurso de los siglos- a los que simplemente somos hijos de Dios, pero también criaturas humanas. Vamos a ver si Fernando logra finalmente un lugar destacado dentro de mi vida; por ahora creo, que había que esperarlo porque alguien así, seguramente, algún día iba a llegar.
Allá, muy lejos en el tiempo, hay dos personajes siniestros, sacerdotes que circulaban descaradamente por el colegio primario al que asistía, y de quienes será imposible que logre olvidarme nunca, pero no voy a mencionarlos; Dios ya los debe tener presente. Hoy, que están saliendo a la luz tants y tantos casos semejantes, aguardo a que quizás algún día aparezcan sus nombres y se hagan públicas sus impúdicas malicias.
Al concluir esta recorrida no puedo sino volver a aquellos años de mi infancia, al niño inmanejable al que sus padres, sin saber que hacer, llevaban para que otros le pusieran los límites que de ellos no aceptaba, y así fue como me dejaron -sin quererlo- esta reacia actitud de rebelión que siempre me ha acompañado, pero mezclada con un gran respeto por todo lo que fuese religioso. Es cierto que no he sido comprendido, muchísimas veces, pero es que yo tampoco he sabido comprender muchas cosas, pero no por ello he dado portazos ni me he alejado a otras orillas; estoy cerca, pero mirando sin arrimarme, seguramente, hasta que una buena mano venga por mí.
viernes, 13 de agosto de 2010
Rodolfo E. Rivarola (Gringo), mi padre
Desde luego que entre los personajes inolvidables de mi vida no podía estar ausente mi padre, sin embargo, al comenzar a escribir en esta galería de recuerdos personales había pensado no incluir a aquellos con quienes tuviese un lazo muy cercano de parentesco. Pero hoy hacen 10 años que se fue mi padre y siento que esta puede ser una forma de estar algo más cerca suyo.
Había nacido en el año 1916, vale decir que cuando nos conocimos él andaba por los 27 años, amplio período del que no puedo tener más recuerdos que los provenientes de sus propios relatos. Cuarto hijo del matrimonio de mis abuelos, quizás por ello siempre tuvo una cierta inclinación por brindarle protección a las personas más débiles, seguramente a consecuencia de haberse sentido así él mismo por ser el más chico de la familia. No obstante ese sentimiento, a lo largo de toda mi vida lo que pude ver es que tanto su hermano varón -que era el mayor- como sus dos hermanas mujeres, siempre tuvieron un cariño muy especial para con él.
Se por sus propios relatos, que inclusive han quedado escritos, que sufrió mucho antes de conocer a mi madre, ya que estando muy avanzado en un noviazgo y ya con conversaciones sobre un próximo matrimonio, quiso la fatalidad que un accidente con un caballo truncara la vida de su novia, de vacaciones lejanas en Córdoba, y que pocos días después recibiera alegres y cariñosas noticias suyas, enviadas en una carta que despachara momentos antes del accidente fatal, en razones que lo llevaron a padecer de una nostalgia que lo acompañó a lo largo de toda su vida.
Uno de los últimos versos que escribiera antes de morir, más o menos unos 60 años después de aquel triste suceso, que encontramos garabateado en un papel y con los retoques propios de un trabajo incloncluso, estaban destinados a aquella novia lejana, perdida en el tiempo pero no en su memoria, y a la cual seguía sin duda añorando, como si no hubiera podido aceptar nunca la realidad que repentínamente le hiciera torcer el rumbo de su vida.
Otra carga pesada que debió sobrellevar fue la de su profesión de abogado, que realmente no le gustaba pero que desempeñó correcta y eficazmente durante 60 años. Decía que envidiaba el verme hacer con gusto las mismas tareas que a él le resultaban tan cuesta arriba, y siempre dijo que le hubiese gustado ser ingeniero naval y construir barcos, sobre todo veleros, pero nunca me dijo porqué no lo hizo y se enfrascó en la profesión de su padre -abogado y sobre todo docente universitario de renombre- y de su abuelo -también abogado y brillante e ilustrado politicólogo- que también era la de su hermano mayor.
Quizas sintiera que en esa familia no se podía desentonar, y muy a pesar de su apariencia de cisne, pretendió pasar como un patito más....pero repito que no lo sé ya que nunca lo llegamos a hablar. Eso sí, a la hora de tener que elegir alguna especialidad o preferencia dentro de la profesión se inclinó por el derecho laboral, el de los más débiles, como una muestra de su propia visión del derecho y de la vida, y su tesis trató sobre la participación de los obreros en las ganancias de las empresas....¡ todo un símbolo !!
Le encantaba el deporte, que de joven practicara y de grande seguía con gran interés. Jugó al rugby, al tenis y al golf; también navegó a vela y remaba muy bien. Sabía mucho de box y de carreras de caballos, lo mismo que de polo, que le fascinaba ver en Palermo al llegar el fin de cada invierno, pero no era un hincha muy fanático del futbol, aunque siempre nos chumbábamos un poco -burlonamente- cuando mi Independiente se cruzaba con su River. Eso sí, como buen "millonario" nunca se tragó a los de Boca.
Cuando yo era chico -del primario- intentó fundar un nuevo club de rugby -el Pacheco Rugby Club- al que invitó a sumarse a un importante número de chicos a los que comenzó a darnos los primeros rudimentos del juego, en los jardines de Palermo, en prácticas que ocupaban las mañanas de los sábados. Allí nos hizo conocer los códigos de conducta del rugby, tan importantes en este deporte de choque; las formas de juego de los diferentes puestos -aspirando para mí el que a él le parecía que era el más lucido, el de medio scrum-; nos enseñó a taclear, arma fundamental para poder jugar bien; a pasar la pelota hacia atras; a correr -los de la linea- manteniendo sus propios lugares, sin encimarse los unos con los otros; a formar los scrums; en fín, todo lo básico y necesario para que después uno pudiera destacarse, conforme a sus propias aptitudes.
Tenía diseñada hasta la camiseta, blanca con el cuello y los puños verdes y un escudo con las insignias del club a la izquierda, con medias verdes y pantalón blanco, pero todo se esfumó. Me parece que intentó registrarnos en la Unión como para poder competir en algunas divisiones inferiores, pero la burocracia se lo impidió.....No eran tiempos simplemente de juntarse y jugar, como los de su juventud....y allí no más quedó el intento....que hace un tiempo comentábamos con cariño con mis primo Horacio, también invitado a participar de la iniciativa.
De sus epocas de niño perdido en una casa inmensa recordaba su invento de un juego de futbol con bolitas que era muy divertido, y que él jugaba en la alfombra, pero que de grande perfeccionó para que pudiéramos jugarlo arriba de una mesa con una frazada en reemplazo de la alfombra, y una madera que mandara hacer del tamaño completo de los bordes de la mesa, y que impedía que las bolitas cayeran al piso, en reemplazo de los libros que tomaba de la biblioteca de su padre y que hacían de límites en su cancha casera.
Alló se formaban dos equipos, de cuatro jugadores cada uno, los que eran impulsados con una pequeña regla de madera o un cuchillo de postre hacia una bolita más chica que hacía las veces de pelota, mediante pases de jugador en jugador y utilizando como estrategia de desplazamiento las bandas de madera de los bordes. Así, mientras un equipo avanzaba en pos del gol, el otro -claro está- lo que procuraba era impedirlo, hasta que el tiempo marcaba el fin del partido y consolidaba un resultado.
Como no teníamos tele jugabamos mucho a este futbol con bolitas, sobre todo los domingos de invierno por la tarde, haciendo campeonatos largos, verdaderos mundiales donde participaban equipos de los diferentes paises, que se iban eliminando unos con otros, mientras por una extraña razón, el de nuestros amores lograba ir sorteando todos los obstáculos, y así nos pasábamos las horas en mi cuarto, con mi padre y muchas veces también con mi tío Horacio o alguno de mis primos.
Crecí viéndolo trabajar mañana y tarde, pero interrumpiendo su jornada al medio para venir a almorzar en casa, en una costumbre que -mientras pude hacerlo- he logrado mantener; también para él era muy importante poder cortar con el trabajo en el verano para llevarnos de vacaciones, para lo cual alguna vez me contó que a dos de sus clientes no les reclamaba el pago de sus abonos mensuales hasta casi concluir el año, para poder destinarlo a las vacaciones, que invariablemente eran en el mar, que le cautivaba, en otra de sus muchas preferencias que me transmitió.
Recuerdo bien mis primeros encuentros con esas olas gigantes, que tanto me asustaban, pero las que enfrentaba tomado de su mano para meternos luego -algunas veces- bien abajo, mientras sentíamos que el agua pasaba por encima nuestro con toda su fuerza, o saltándolas -otras veces. elévándolas a su paso, con gran alegría. Disfrutaba mucho del agua, tanto en el mar como en una pileta, y nadaba muy bien, y si cierro los ojos puedo verlo volver del mar, empapado, caminando por la arena mojada de la playa, arreglándose el pelo y con una enorme sonrisa en la cara.
Como verás, viejo, estoy escribiendo de vos como en presente, porque a pesar de los 10 años que han pasado desde tu partida aun te siento cercano y los recuerdos que me surgen espontáneos son los de una persona vital y completa; tranquila, paciente y pausada; terca y porfiada en algunas cosas con las que no transigías, pero siempre cerca mío, seguramente porque vos no pudiste disfrutar de tu padre como hubieses querido.
Me diste -además- una enorme libertad, aun desde muy chico, y confiabas en mí plénamente, lo cual -por supuesto- me hizo trastabillar algunas veces, sobre todo siendo joven, porque no siempre respondí responsablemente a esa gran muestra de confianza; pero eso no te hizo cambiar de rumbo sino seguir firme en el mismo sentido, redoblando siempre tu confianza en mí, la que sentí hasta el último de tus días cuando mirándome a los ojos me pediste que fuera "tu futuro", seguro de que así lo haría. Y así lo hice desde entonces, procurando llevarte conmigo a esos mil lugares del mundo que tanto "conocías" y a los que nunca te animaste a llegar, por no querer volar.
Hoy, 10 años después de tu primer vuelo, seguramente ya habras perdido el miedo, ese miedo que se instaló dentro tuyo siendo un niño y yo no te abandonó nunca más, y ded, y desde las alturas nos estarás mirando, a tus hijos, a tus nietos, a tus bisnietos, a los que seguimos sosteniendo tu recuerdo porque aun te sentimos a nuestro lado, hasta que volvamos a encontrarnos junto a una pelota de rugby o corriendo una carrera de bicicletas o eligiendo bolitas para empezar un partido.
Había nacido en el año 1916, vale decir que cuando nos conocimos él andaba por los 27 años, amplio período del que no puedo tener más recuerdos que los provenientes de sus propios relatos. Cuarto hijo del matrimonio de mis abuelos, quizás por ello siempre tuvo una cierta inclinación por brindarle protección a las personas más débiles, seguramente a consecuencia de haberse sentido así él mismo por ser el más chico de la familia. No obstante ese sentimiento, a lo largo de toda mi vida lo que pude ver es que tanto su hermano varón -que era el mayor- como sus dos hermanas mujeres, siempre tuvieron un cariño muy especial para con él.
Se por sus propios relatos, que inclusive han quedado escritos, que sufrió mucho antes de conocer a mi madre, ya que estando muy avanzado en un noviazgo y ya con conversaciones sobre un próximo matrimonio, quiso la fatalidad que un accidente con un caballo truncara la vida de su novia, de vacaciones lejanas en Córdoba, y que pocos días después recibiera alegres y cariñosas noticias suyas, enviadas en una carta que despachara momentos antes del accidente fatal, en razones que lo llevaron a padecer de una nostalgia que lo acompañó a lo largo de toda su vida.
Uno de los últimos versos que escribiera antes de morir, más o menos unos 60 años después de aquel triste suceso, que encontramos garabateado en un papel y con los retoques propios de un trabajo incloncluso, estaban destinados a aquella novia lejana, perdida en el tiempo pero no en su memoria, y a la cual seguía sin duda añorando, como si no hubiera podido aceptar nunca la realidad que repentínamente le hiciera torcer el rumbo de su vida.
Otra carga pesada que debió sobrellevar fue la de su profesión de abogado, que realmente no le gustaba pero que desempeñó correcta y eficazmente durante 60 años. Decía que envidiaba el verme hacer con gusto las mismas tareas que a él le resultaban tan cuesta arriba, y siempre dijo que le hubiese gustado ser ingeniero naval y construir barcos, sobre todo veleros, pero nunca me dijo porqué no lo hizo y se enfrascó en la profesión de su padre -abogado y sobre todo docente universitario de renombre- y de su abuelo -también abogado y brillante e ilustrado politicólogo- que también era la de su hermano mayor.
Quizas sintiera que en esa familia no se podía desentonar, y muy a pesar de su apariencia de cisne, pretendió pasar como un patito más....pero repito que no lo sé ya que nunca lo llegamos a hablar. Eso sí, a la hora de tener que elegir alguna especialidad o preferencia dentro de la profesión se inclinó por el derecho laboral, el de los más débiles, como una muestra de su propia visión del derecho y de la vida, y su tesis trató sobre la participación de los obreros en las ganancias de las empresas....¡ todo un símbolo !!
Le encantaba el deporte, que de joven practicara y de grande seguía con gran interés. Jugó al rugby, al tenis y al golf; también navegó a vela y remaba muy bien. Sabía mucho de box y de carreras de caballos, lo mismo que de polo, que le fascinaba ver en Palermo al llegar el fin de cada invierno, pero no era un hincha muy fanático del futbol, aunque siempre nos chumbábamos un poco -burlonamente- cuando mi Independiente se cruzaba con su River. Eso sí, como buen "millonario" nunca se tragó a los de Boca.
Cuando yo era chico -del primario- intentó fundar un nuevo club de rugby -el Pacheco Rugby Club- al que invitó a sumarse a un importante número de chicos a los que comenzó a darnos los primeros rudimentos del juego, en los jardines de Palermo, en prácticas que ocupaban las mañanas de los sábados. Allí nos hizo conocer los códigos de conducta del rugby, tan importantes en este deporte de choque; las formas de juego de los diferentes puestos -aspirando para mí el que a él le parecía que era el más lucido, el de medio scrum-; nos enseñó a taclear, arma fundamental para poder jugar bien; a pasar la pelota hacia atras; a correr -los de la linea- manteniendo sus propios lugares, sin encimarse los unos con los otros; a formar los scrums; en fín, todo lo básico y necesario para que después uno pudiera destacarse, conforme a sus propias aptitudes.
Tenía diseñada hasta la camiseta, blanca con el cuello y los puños verdes y un escudo con las insignias del club a la izquierda, con medias verdes y pantalón blanco, pero todo se esfumó. Me parece que intentó registrarnos en la Unión como para poder competir en algunas divisiones inferiores, pero la burocracia se lo impidió.....No eran tiempos simplemente de juntarse y jugar, como los de su juventud....y allí no más quedó el intento....que hace un tiempo comentábamos con cariño con mis primo Horacio, también invitado a participar de la iniciativa.
De sus epocas de niño perdido en una casa inmensa recordaba su invento de un juego de futbol con bolitas que era muy divertido, y que él jugaba en la alfombra, pero que de grande perfeccionó para que pudiéramos jugarlo arriba de una mesa con una frazada en reemplazo de la alfombra, y una madera que mandara hacer del tamaño completo de los bordes de la mesa, y que impedía que las bolitas cayeran al piso, en reemplazo de los libros que tomaba de la biblioteca de su padre y que hacían de límites en su cancha casera.
Alló se formaban dos equipos, de cuatro jugadores cada uno, los que eran impulsados con una pequeña regla de madera o un cuchillo de postre hacia una bolita más chica que hacía las veces de pelota, mediante pases de jugador en jugador y utilizando como estrategia de desplazamiento las bandas de madera de los bordes. Así, mientras un equipo avanzaba en pos del gol, el otro -claro está- lo que procuraba era impedirlo, hasta que el tiempo marcaba el fin del partido y consolidaba un resultado.
Como no teníamos tele jugabamos mucho a este futbol con bolitas, sobre todo los domingos de invierno por la tarde, haciendo campeonatos largos, verdaderos mundiales donde participaban equipos de los diferentes paises, que se iban eliminando unos con otros, mientras por una extraña razón, el de nuestros amores lograba ir sorteando todos los obstáculos, y así nos pasábamos las horas en mi cuarto, con mi padre y muchas veces también con mi tío Horacio o alguno de mis primos.
Crecí viéndolo trabajar mañana y tarde, pero interrumpiendo su jornada al medio para venir a almorzar en casa, en una costumbre que -mientras pude hacerlo- he logrado mantener; también para él era muy importante poder cortar con el trabajo en el verano para llevarnos de vacaciones, para lo cual alguna vez me contó que a dos de sus clientes no les reclamaba el pago de sus abonos mensuales hasta casi concluir el año, para poder destinarlo a las vacaciones, que invariablemente eran en el mar, que le cautivaba, en otra de sus muchas preferencias que me transmitió.
Recuerdo bien mis primeros encuentros con esas olas gigantes, que tanto me asustaban, pero las que enfrentaba tomado de su mano para meternos luego -algunas veces- bien abajo, mientras sentíamos que el agua pasaba por encima nuestro con toda su fuerza, o saltándolas -otras veces. elévándolas a su paso, con gran alegría. Disfrutaba mucho del agua, tanto en el mar como en una pileta, y nadaba muy bien, y si cierro los ojos puedo verlo volver del mar, empapado, caminando por la arena mojada de la playa, arreglándose el pelo y con una enorme sonrisa en la cara.
Como verás, viejo, estoy escribiendo de vos como en presente, porque a pesar de los 10 años que han pasado desde tu partida aun te siento cercano y los recuerdos que me surgen espontáneos son los de una persona vital y completa; tranquila, paciente y pausada; terca y porfiada en algunas cosas con las que no transigías, pero siempre cerca mío, seguramente porque vos no pudiste disfrutar de tu padre como hubieses querido.
Me diste -además- una enorme libertad, aun desde muy chico, y confiabas en mí plénamente, lo cual -por supuesto- me hizo trastabillar algunas veces, sobre todo siendo joven, porque no siempre respondí responsablemente a esa gran muestra de confianza; pero eso no te hizo cambiar de rumbo sino seguir firme en el mismo sentido, redoblando siempre tu confianza en mí, la que sentí hasta el último de tus días cuando mirándome a los ojos me pediste que fuera "tu futuro", seguro de que así lo haría. Y así lo hice desde entonces, procurando llevarte conmigo a esos mil lugares del mundo que tanto "conocías" y a los que nunca te animaste a llegar, por no querer volar.
Hoy, 10 años después de tu primer vuelo, seguramente ya habras perdido el miedo, ese miedo que se instaló dentro tuyo siendo un niño y yo no te abandonó nunca más, y ded, y desde las alturas nos estarás mirando, a tus hijos, a tus nietos, a tus bisnietos, a los que seguimos sosteniendo tu recuerdo porque aun te sentimos a nuestro lado, hasta que volvamos a encontrarnos junto a una pelota de rugby o corriendo una carrera de bicicletas o eligiendo bolitas para empezar un partido.
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