sábado, 19 de junio de 2010

Rafael Sierra Azpiazu (Rafa)

Esta galería de personajes no está limitada únicamente a los que habiendo pasado por mi lado, hoy ya no están aquí, en la tierra, ya que son varios aquellos que además de ser parte de mis personajes inolvidables, me permiten seguir disfrutando -cada tanto- de su compañía, como es el caso de esta amigo tan entrañable que reside en Madrid.

Español por nacimiento, cuna y formación, es de esos típicos españoles autenticamente convencidos de su ser y su destino como tales, en el caso de Rafa con ideas políticas de derecha, bien definidas y defendidas sin pelos en la lengua, pero a la vez totalmente anti-monárquico rabioso, de aquellos que no comprenden ni justifican la existencia de una monarquía en España, en posición que en su momento me sorprendió ya que para mí el ser de derechas implicaba ser monárquico, cuando no es así, y si bien todos los monárquicos son de derecha -en términos generales, se entiende- no todos los de ideas de derecha son a su vez monárquicos. Lo bueno del caso en que todos los españoles defienden sus ideas, o te las transmiten, con una vehemencia propia de una discusión entre jóvenes idealistas.

Con Rafa nos conocimos una mañana en Zapala, en que nos juntamos a almorzar; él estaba allí acompañando a un hijo suyo -por entonces medio sabandija- que había venido con un amigo a esquiar a San Martín de los Andes, pero en plan más de diversión que deportivo, y que por una alcahuetería de alguno que se la tenía jurada, junto a un amigo suyo español con el que viniera, fueron a parar a la carcel con un cargo bastante grave como es el de transporte de drogas, y luego derivados a Zapala a disposicion del juez federal de esa ciudad.

Y hacía allá partió Rafa, a tomar la posta y asumir intensamente -como todo lo que emprende- la responsabilidad de la dificil tarea de lograr la libertad de su hijo y de su amigo, cuyas defensas se me habían confiado previamente y respecto de la cual era preciso conversar para acordar algunas precisiones, siendo ese el motivo que generó nuestro primer encuentro.

Me impresionó como un hombre grande, y no me refiero a su edad que es la misma que la mía y que quince años atras rondaría los 50; y tampoco de tamaño, aun cuando sus dimensiones físicas son importantes; la grandeza a la que me refiero es la del espíritu, dueño de un corazón de aquellos que vienen "sin restricciones", inmenso corazón que -se advertía- padecía un gran sufrimiento por la suerte que pudiera correr su hijo, a quien dispuso que se lo acompañara en forma permanente -"el tiempo que fuese"- por alguno de los integrantes de su familia quienes, efectivamente, a lo largo del año que transcurriera hasta que finalmente se logró ponerlos en libertad, nunca les faltó la compañía familiar, ya fuera por parte de él o de alguno de sus otros hijos varones con quienes se turnó, únicamente para poder estar junto a ellos durante esas dos horas diarias de visita que la Gendarmería permitía.

Todavía recuerdo la enorme tristeza del relato que me hiciera Rafa del día en que debió regresar a su Madrid luego de la primera visita a Ismael, su hijo, al mirar por la ventanilla del avión ese suelo desértico y lejano en el que se retenía al objeto de sus amores y preocupaciones, porque Rafa, siendo padre, también tenía -y tiene- entrañas de madre, protectora y atenta.

Mientras debió permanecer allá, en Madrid, me llamaba por teléfono casi diariamente en torno de las 6 o las 7 de la tarde, cuando allá se había terminado la jornada laboral y el regresaba a su casa, llamadas en las cuales me preguntaba sobre las novedades que se pudieran haber producido desde nuestra conversación anterior, respecto de cada una de las estrategias que en conjunto habíamos previamente planeado en pos de ese objetivo común.

Rafael me demostró, a lo largo de ese año que para él fue casi interminable, que era un padre con todos los atributos propios del varón serio y responsable que conduce a su familia, sin que por ello apareciera en algún momento alguna muestra de ira o simplemente de descontento hacia su hijo a quien, con toda seguridad, habrá regañado pero privadamente, sin que nadie tuviese porqué enterarse.

Viajó dos veces a lo largo de ese año, con permanencias bastante prolongadas en Zapala, pero sin poder asistir a las audiencias del proceso oral que finalmente se les siguiera a los chicos aqui, en Neuquén, debido -entiendo- a razones económicas que, a la par de lo que aquí le sucedía, le fueron minando su actividad y sus recursos allá en España, al punto que cuando por fin logró recuperar a su hijo y tenerlo consigo, lo que perdió fue su emprendimiento empresario a manos de un socio indigno que se aprovechó de la situación por la que atravesaba Rafa, para actuar en su propio beneficio, generándose así una nueva coincidencia conmigo a quien también por ese entonces, un socio me produjo un gran perjuicio económico.

Y así terminamos ambos aquel año, con la alegría de ver que el fruto de todo ese enorme esfuerzo había sido alcanzado al lograrse la libertad de Ismael y José Luís, su amigo, pero a costa de tener que comenzar con una reconstrucción desde lo económico, que gracias a Dios, en los dos casos tuvo a la larga resultados satisfactorios. Y volvimos a encontrarnos, al cabo de los años, allá en el Madrid de sus amores, y el abrazo que entonces nos dimos contenía esos mil recuerdos escondidos en ambos corazones, porque a lo largo del tiempo y de la frecuencia de trato cibernético, nos fuimos haciendo buenos amigos, de esos que a los 50 años no es muy fácil de encontrar, y mucho menos cuando media nada menos que un océano de separación entre ambos.

Y nos recibió; y nos atendió; y nos paseó; y nos agasajó de una forma como sólo los amigos más entrañables suelen hacer; y volvimos a recordar -ahora con alegría- aquellas jornadas de su estancia zapalina, en actitudes muy generosas que se han repetido en otros viajes que tuvimos la oportunidad de hacer a España, en los que se puso enteramente a nuetra disposición y, siguiendo con su misma actitud de entonces, cuando él no pudo hacerlo personalmente, su presencia se manifestaba por intermedio de alguno de sus hijos, contagiados del mismo agradecimiento que sentía su padre.

Yo te quiero agradecer, amigo Rafa, esa amistad tan sincera que me dispensas, y mi forma de hacerlo es asentando tu nombre en este sitio en donde procuro volcar los recuerdos más queridos de todo lo que me ha sucedido a lo largo de mi vida; aquello que me resulta "inolvidable", sabiendo que esa amistad que nos brindamos y que ya se transmite hacia quienes vienen detrás nuestro, nos mantendrá unidos a pesar de las distancias, porque nacida en tiempos difíciles -para ambos- ha logrado una fuerza y una calidez que rara vez se encuentra, aun con aquellos a quienes podemos tratar cotidianamente.

jueves, 3 de junio de 2010

Sara Rodriguez de Aberastain Oro (mi tía Sara)

Creo que ya era hora que una mujer se integrara a este grupo tan heterogéneo de personajes que, a lo largo de mi vida, han logrado obtener un lugar jerarquizado entre mis mejores recuerdos, al punto de poder ser considerados "inolvidabes". Nada mejor, entonces, que encabezar ese listado de mujeres con mi tía Sara, tía abuela -en realidad- porque era una de las hermanas de mi abuela materna a quien nunca conocí.



Mi tía Sara vivía junto a otra hermana suya, Celina R. de Noble, nuestra " Maina ", en la casa quinta que esta última tenía en el Tigre y adonde habíamos terminado conviviendo un grupo grande de personas relacionadas todas ellas de alguna forma con la familia Rodriguez, y que se trasladaran a vivir allá al venderse la casa grande de la calle Juncal que hasta entonces los albergara, al fallecer mi bisabuelo -el Gral. Victoriano Rodriguez-



Sara tenía un carácter muy especial; era de esas personas muy terminantes, que pueden querer en forma incondicional a quienes están junto a ella, o bien no tenerlas para nada en cuenta, sin muchas explicaciones que pudieran justificar una u otra forma de conducirse, lo cual -sin dudas-la convertía en alguien tremendamente arbitrario a la hora de escoger a sus preferidos, entre los cuales -de chico- yo no estaba, sin poder encontrarle una explicación a esas claras diferencias que establecía -por ejemplo- con mi hermana, y sin haber podido comprender mucho el porqué.



No obstante, una vez que se vendió aquella vieja quinta del Tigre, yo seguí visitando a mis tías -Maina y Sara- en el departamento que tenían en la calle Arenales y Carlos Pellegrini, aunque deba reconocer que lo hacía, fundamentalmente, por la primera, a quien realmente quería muchísimo, a quienes solía acompañar una vez a la semana a la hora de cenar, durante mis años de estudiante, tanto secundario como universitario.



Sara era asmática, una asmática crónica que solía tener ataques que la ponían muy mal porque se ahogaba y no podía respirar, lo que a mí realmente me aterraba porque no sabía que debía hacer. No recuerdo bien en que año habrá sido pero sí que en una oportunidad estuvo muy enferma y abatida, lo cual a mí me causó mucha impresión porque siempre la había visto elegantemente vestida a la última moda, con su pelo de un color muy firme y muy jovial en el trato, en contraste con esa persona debil y agotada que yacía en una cama, con los ojos cerrados, el pelo completamente blanco y una tremenda dificultad para respirar.



Seguramente su estado era muy grave y entendí que se estaba muriendo, de modo que me puse a su lado y tomándole una mano comencé a acariciarla suavemente, como procurando transmitirle un consuelo o tranquilidad que le quitara en parte esa angustia que se advertía en su rostro cansado; así habremos permanecido un largo rato, hasta que advertí que se había quedado profundamente dormida, y entonces me fui, sin saber muy bien si volvería a verla con vida.



Pero Sara vivió, se restableció, volvió a ser la misma mujer vital de siempre por muchos años más, con la única diferencia que a partir de entonces cambió ostensiblemente la manera de demostrarme su cariño, que se volvió llamativamente preferencial y por demás protector, sobre todo en materia económica, en cuidados que -a mi no me caben dudas- aun hoy en día me sigue prodigando desde el lugar en el que se encuentre, cuando alguna dificultad monetaria grave se me presenta y yo se lo pido, simplemente, con una mirada a la fotografía de ella que tengo aquí, en mi escritorio, con mi hijo Francisco recién nacido en sus brazos.



Vivió muchos años y, si bien no supimos nunca muy bien cuantos -ya que era muy coqueta como para decirlo- sé que pasaron los 90, siempre pensando que el desenlace final se produciría en el extranjero, como una gitana mentirosa se lo vaticinara siendo muy joven, en predicción que -por las dudas- nunca quiso tentar, razón por la cual, pudiendo hacerlo muchas veces, jamás salió del país.



Yo ya vivía en Neuquén cuando se marchó -un 1ro. de mayo- sin haber sido al final muy consecuente con mis visitas, que se fueron espaciando al compás -seguramente- de ciertos distanciamientos que se fueron dando con mi madre, provocados -según entiendo- al haber agravado los muchos años que iba acumulando, aquellas notorias diferencias que Sara les dispensaba a muchas de las personas que estaban cerca suya, y que mi madre, sin ninguna duda, padeció sin comprender nunca el porqué.



No quisiera -sin embargo- que esos pequeños altercados finales opacasen el gran cariño que existió entre nosotros, y que me hacen ahora recordarte a la distancia, querida Sara, con aquella enorme alegría con la que seguías el crecimiento de mis hijos, tus bisnietos postizos, que unos tras otros fueron desfilando por tus brazos, esos mismos brazos que nunca pudieron acunar con ternura a un hijo propio y que quizás por eso no te permitiste dar rienda suelta a tu gran corazón de madre que así quedó detenido en el tiempo, a la espera de quien -por alguna extraña razón- lograba conmoverlo.

miércoles, 2 de junio de 2010

Osvaldo F. Bessone (Quico)

Uno va llegando a una edad en la que resulta dificil seguir encontrando o conociendo a personas que tengan esa característica tan particular de poder convertirse en "personajes" que por una u otra razón, logran finalmente encontrar un lugar importante en nuestros corazones, ya maduros. Sin embargo eso puede llegar a ocurrir -lo que siempre es una alegría- tal como me ocurrió con Quico, mi suegro.



Era un contador muy reconocido y prestigioso en la zona del Alto Valle del Río Negro adonde se encontraba radicado desde hacía más de 50 años, con título de doctor en Ciencias Económicas, en doctorado universitario alcanzado para poder distinguirse de los simples "experimentados" tenedores de libros que, por aquel entonces, competían con todo desparpajo en el asesoramiento contable, habiéndo quedado registrado con la matrícula No. 1 de la provincia.



Rosarino de nacimiento -hincha fanático de Newell´s- y cipoleño por adopción, vino a parar a estas tierras allá por los mediados de los 40, en busca de algún sitio en el que poder desarrollar su profesión y en el que pronto estableció a su familia recién constituída, cuando en Cipolletti aún estaba todo por hacer, acompañando desde entonces su crecimiento y desarrollo -que se producía a la par que el suyo- no solamente desde la simple observación, sino volcando en beneficio de la ciudad su gran vocación de servicio.



Yo le conocí grande, casi tocando los 80, pero aún así seguía trabajando en su profesión -como perito judicial- con la misma seriedad, responsabilidad y compromiso con los que siempre asumió los diferentes emprendimientos que encaró, y en los que no faltaron ni grandes frustraciones ni sorprendentes desencantos, los que -sin embargo- no permitió jamás que pasaran de largo, recurriendo siempre -con serena confianza- a los tribunales en demanda de la justicia que se le retaceaba y que finalmente se le reconocía.



Y así sucedió hasta el final de sus días, en que luego de reclamarle una vez más a la justicia, pudo recuperar el fruto de toda una vida de trabajo honesto, confiscados por una mala administración económica nacional que -como todos recordamos- pretendió hacerle pagar los platos rotos de sus graves desmanejos, a toda una generación de pequeños ahorristas a quienes se propuso acorralar.



Tuvo suerte y una rápida sentencia judicial le permitió recuperar esos ahorros, pero el daño ya estaba infringido y la angustia y desesperación de ver evaporarse lo que con tanta previsión había acumulado, le quitaron no solo la paz, sino también toda esa lucidez mental que fue su característica, transformándolo en un ser diferente, que poco a poco se fue apagando, como sucede con los leños encendidos, que luego de haber dado mucho calor durante el día, al llegar la noche van mutando lentamente hasta terminar siendo pequeñas chispitas que las cenizas van cubriendo.



Nosotros con Anamá quisimos rescatarte -mi querido Quico- y traerte a nuestra casa para darte aquí un lugar cálido donde pudieses sentirte a tus anchas, como entendíamos que se merecía el maratonista agotado después de su gran esfuerzo, pero no lo permitiste y con mucha generosidad priorizaste la tranquilidad de tu hija aceptando la frialdad de un hogar de ancianos en el que no podías estar cómodo, conciente -de eso estoy seguro- que no sería por mucho tiempo, como efectivamente ocurrió.



Estábamos en Jujuy, paseando, cuando nos dieron la triste noticia de tu internación, provocada por una neumonía que tenía atrapados tus débiles pulmones de viejo fumador empedernido, y comenzamos nuestra vuelta de inmediato, que nos llevó dos días de camino interrumpidos únicamente por una noche para poder descansar, ya que no podíamos dejarte partir sin despedirnos, logrando llegar a tiempo.



No estabas bien, nada bien para ser más preciso, pero tuviste algún momento de conciencia que me permitió mirarte a los ojos, a esos ojos celestes casi transparentes que tenías, para leer en ellos que, junto a tu cariñosa despedida, me trasmitías un ruego: que cuidara mucho de tu hija más pequeña, aquella que siguió tus pasos. Puedes tener la certeza, Quico -en donde sea que te encuentres- de que así será.-