Creo que ya era hora que una mujer se integrara a este grupo tan heterogéneo de personajes que, a lo largo de mi vida, han logrado obtener un lugar jerarquizado entre mis mejores recuerdos, al punto de poder ser considerados "inolvidabes". Nada mejor, entonces, que encabezar ese listado de mujeres con mi tía Sara, tía abuela -en realidad- porque era una de las hermanas de mi abuela materna a quien nunca conocí.
Mi tía Sara vivía junto a otra hermana suya, Celina R. de Noble, nuestra " Maina ", en la casa quinta que esta última tenía en el Tigre y adonde habíamos terminado conviviendo un grupo grande de personas relacionadas todas ellas de alguna forma con la familia Rodriguez, y que se trasladaran a vivir allá al venderse la casa grande de la calle Juncal que hasta entonces los albergara, al fallecer mi bisabuelo -el Gral. Victoriano Rodriguez-
Sara tenía un carácter muy especial; era de esas personas muy terminantes, que pueden querer en forma incondicional a quienes están junto a ella, o bien no tenerlas para nada en cuenta, sin muchas explicaciones que pudieran justificar una u otra forma de conducirse, lo cual -sin dudas-la convertía en alguien tremendamente arbitrario a la hora de escoger a sus preferidos, entre los cuales -de chico- yo no estaba, sin poder encontrarle una explicación a esas claras diferencias que establecía -por ejemplo- con mi hermana, y sin haber podido comprender mucho el porqué.
No obstante, una vez que se vendió aquella vieja quinta del Tigre, yo seguí visitando a mis tías -Maina y Sara- en el departamento que tenían en la calle Arenales y Carlos Pellegrini, aunque deba reconocer que lo hacía, fundamentalmente, por la primera, a quien realmente quería muchísimo, a quienes solía acompañar una vez a la semana a la hora de cenar, durante mis años de estudiante, tanto secundario como universitario.
Sara era asmática, una asmática crónica que solía tener ataques que la ponían muy mal porque se ahogaba y no podía respirar, lo que a mí realmente me aterraba porque no sabía que debía hacer. No recuerdo bien en que año habrá sido pero sí que en una oportunidad estuvo muy enferma y abatida, lo cual a mí me causó mucha impresión porque siempre la había visto elegantemente vestida a la última moda, con su pelo de un color muy firme y muy jovial en el trato, en contraste con esa persona debil y agotada que yacía en una cama, con los ojos cerrados, el pelo completamente blanco y una tremenda dificultad para respirar.
Seguramente su estado era muy grave y entendí que se estaba muriendo, de modo que me puse a su lado y tomándole una mano comencé a acariciarla suavemente, como procurando transmitirle un consuelo o tranquilidad que le quitara en parte esa angustia que se advertía en su rostro cansado; así habremos permanecido un largo rato, hasta que advertí que se había quedado profundamente dormida, y entonces me fui, sin saber muy bien si volvería a verla con vida.
Pero Sara vivió, se restableció, volvió a ser la misma mujer vital de siempre por muchos años más, con la única diferencia que a partir de entonces cambió ostensiblemente la manera de demostrarme su cariño, que se volvió llamativamente preferencial y por demás protector, sobre todo en materia económica, en cuidados que -a mi no me caben dudas- aun hoy en día me sigue prodigando desde el lugar en el que se encuentre, cuando alguna dificultad monetaria grave se me presenta y yo se lo pido, simplemente, con una mirada a la fotografía de ella que tengo aquí, en mi escritorio, con mi hijo Francisco recién nacido en sus brazos.
Vivió muchos años y, si bien no supimos nunca muy bien cuantos -ya que era muy coqueta como para decirlo- sé que pasaron los 90, siempre pensando que el desenlace final se produciría en el extranjero, como una gitana mentirosa se lo vaticinara siendo muy joven, en predicción que -por las dudas- nunca quiso tentar, razón por la cual, pudiendo hacerlo muchas veces, jamás salió del país.
Yo ya vivía en Neuquén cuando se marchó -un 1ro. de mayo- sin haber sido al final muy consecuente con mis visitas, que se fueron espaciando al compás -seguramente- de ciertos distanciamientos que se fueron dando con mi madre, provocados -según entiendo- al haber agravado los muchos años que iba acumulando, aquellas notorias diferencias que Sara les dispensaba a muchas de las personas que estaban cerca suya, y que mi madre, sin ninguna duda, padeció sin comprender nunca el porqué.
No quisiera -sin embargo- que esos pequeños altercados finales opacasen el gran cariño que existió entre nosotros, y que me hacen ahora recordarte a la distancia, querida Sara, con aquella enorme alegría con la que seguías el crecimiento de mis hijos, tus bisnietos postizos, que unos tras otros fueron desfilando por tus brazos, esos mismos brazos que nunca pudieron acunar con ternura a un hijo propio y que quizás por eso no te permitiste dar rienda suelta a tu gran corazón de madre que así quedó detenido en el tiempo, a la espera de quien -por alguna extraña razón- lograba conmoverlo.
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Pa, yo sería de las predilectas??? No es que me regalo el caballito de juguete?
ResponderEliminarSi Toti....sin ninguna duda que vos fuiste una de sus grandes preferidas....y se pasaba las horas a tu lado. Lo del caballito -que no me acordaba- es una muestra....lo tenía en su casa para que Uds. no se aburrieran cuando la visitábamos....y un buen día te lo regaló.
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