Uno va llegando a una edad en la que resulta dificil seguir encontrando o conociendo a personas que tengan esa característica tan particular de poder convertirse en "personajes" que por una u otra razón, logran finalmente encontrar un lugar importante en nuestros corazones, ya maduros. Sin embargo eso puede llegar a ocurrir -lo que siempre es una alegría- tal como me ocurrió con Quico, mi suegro.
Era un contador muy reconocido y prestigioso en la zona del Alto Valle del Río Negro adonde se encontraba radicado desde hacía más de 50 años, con título de doctor en Ciencias Económicas, en doctorado universitario alcanzado para poder distinguirse de los simples "experimentados" tenedores de libros que, por aquel entonces, competían con todo desparpajo en el asesoramiento contable, habiéndo quedado registrado con la matrícula No. 1 de la provincia.
Rosarino de nacimiento -hincha fanático de Newell´s- y cipoleño por adopción, vino a parar a estas tierras allá por los mediados de los 40, en busca de algún sitio en el que poder desarrollar su profesión y en el que pronto estableció a su familia recién constituída, cuando en Cipolletti aún estaba todo por hacer, acompañando desde entonces su crecimiento y desarrollo -que se producía a la par que el suyo- no solamente desde la simple observación, sino volcando en beneficio de la ciudad su gran vocación de servicio.
Yo le conocí grande, casi tocando los 80, pero aún así seguía trabajando en su profesión -como perito judicial- con la misma seriedad, responsabilidad y compromiso con los que siempre asumió los diferentes emprendimientos que encaró, y en los que no faltaron ni grandes frustraciones ni sorprendentes desencantos, los que -sin embargo- no permitió jamás que pasaran de largo, recurriendo siempre -con serena confianza- a los tribunales en demanda de la justicia que se le retaceaba y que finalmente se le reconocía.
Y así sucedió hasta el final de sus días, en que luego de reclamarle una vez más a la justicia, pudo recuperar el fruto de toda una vida de trabajo honesto, confiscados por una mala administración económica nacional que -como todos recordamos- pretendió hacerle pagar los platos rotos de sus graves desmanejos, a toda una generación de pequeños ahorristas a quienes se propuso acorralar.
Tuvo suerte y una rápida sentencia judicial le permitió recuperar esos ahorros, pero el daño ya estaba infringido y la angustia y desesperación de ver evaporarse lo que con tanta previsión había acumulado, le quitaron no solo la paz, sino también toda esa lucidez mental que fue su característica, transformándolo en un ser diferente, que poco a poco se fue apagando, como sucede con los leños encendidos, que luego de haber dado mucho calor durante el día, al llegar la noche van mutando lentamente hasta terminar siendo pequeñas chispitas que las cenizas van cubriendo.
Nosotros con Anamá quisimos rescatarte -mi querido Quico- y traerte a nuestra casa para darte aquí un lugar cálido donde pudieses sentirte a tus anchas, como entendíamos que se merecía el maratonista agotado después de su gran esfuerzo, pero no lo permitiste y con mucha generosidad priorizaste la tranquilidad de tu hija aceptando la frialdad de un hogar de ancianos en el que no podías estar cómodo, conciente -de eso estoy seguro- que no sería por mucho tiempo, como efectivamente ocurrió.
Estábamos en Jujuy, paseando, cuando nos dieron la triste noticia de tu internación, provocada por una neumonía que tenía atrapados tus débiles pulmones de viejo fumador empedernido, y comenzamos nuestra vuelta de inmediato, que nos llevó dos días de camino interrumpidos únicamente por una noche para poder descansar, ya que no podíamos dejarte partir sin despedirnos, logrando llegar a tiempo.
No estabas bien, nada bien para ser más preciso, pero tuviste algún momento de conciencia que me permitió mirarte a los ojos, a esos ojos celestes casi transparentes que tenías, para leer en ellos que, junto a tu cariñosa despedida, me trasmitías un ruego: que cuidara mucho de tu hija más pequeña, aquella que siguió tus pasos. Puedes tener la certeza, Quico -en donde sea que te encuentres- de que así será.-
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