lunes, 31 de mayo de 2010

Don Elias Sapag

Pienso que pocas veces en la vida uno tiene la posibilidad de conocer a ciertos personajes, de esos que no pasan desapercibidos en ninguna parte; hombres y mujeres ricos en experiencias vividas y, al mismo tiempo, nada egoistas a la hora de tenerlas que transmitir, como es el caso de este gran político argentino a quien tuve el honor no solo de conocer, sino de trabajar a su lado durante un año.



Don Elías -como le decíamos- era enorme, no solamente de tamaño físico sino también de corazón, y estaba siempre dispuesto a volcarse en ayuda de los demás. Sabía que tenía "poder" por derecho propio, pero no lo utilizaba para sí sino para llevar adelante sus ideas políticas y para el bienestar de quienes así se lo requerían.



Lo conocí a finales del año 1983, cuando la salida democrática llevó a Alfonsín a la Presidencia y a don Elias -una vez más- al Senado, representando a su querida provincia del Neuquén, y convirtiéndose en el hombre clave del sistema parlamentario que mantenía a los dos bloques mayoritarios -el radicalismo y el peronismo- sin contar ninguno de ellos con las mayorías necesarias para imponerse al otro, teniendo que recurrir a los votos de los senadores de partidos provinciales, pero de los cuales los únicos verdaderamente independientes del poder radical o más bien del "poder central" eran los senadores neuquinos, de pasado -lejano- peronista pero de presente realista.



Y precisamente por ese lugar tan importante que por efecto del azar político le cupo, es que quiso rodearse de un grupo de personas que lo asesorasen desde lo técnico, para así estar en mejores condiciones para poder aplicar su caudal de experiencia política. Y así es como fui a trabajar en su bloque, llevado de la mano por otro personaje inolvidable de mi galería personal como lo fue Miguel "el Negro" Iglesias que allí se desempeñaba como Secretario Administrativo, a fin de conformar y dirigir a ese grupo de asesores técnicos que, con todo entusiasmo, nos pusimos a trabajar para que aquel pudiese desempeñar de la mejor manera su importante función.



Nosotros trabajábamos todos los proyectos y teníamos nuestra propia opinión "técnica", pero en algunos casos muy puntuales debíamos estar dispuestos a ensamblarlos con sus propios criterios políticos, que nos lo transmitía en unas muy jugosas y también amenas charlas en las que se podía apreciar no solo su gran experiencia polìtica sino su innato don de gentes.



Allí, durante esas conversaciones mano a mano, es donde se lo podía apreciar más genuinamente; en donde volcaba sus razones; en donde narraba sus experiencias y en donde finalmente nos brindaba consejos de una gran sabiduría, de esos que ennoblecen al hombre polìtico y que, equivocado o no, en definitiva permiten apreciar que lo que buscan es el mayor bienestar para su pueblo.



Era una gran orador; sin embargo ello no significaba que les permitiera a sus palabras correr libradas a su propia suerte, razón por la cual preparamos juntos cada una de sus intervenciones de ese año parlamentario de 1984, alguna de las cuales realmente hicieron historia. Recuerdo con cuanta atención escuchaba mis reflexiones acerca de la mejor manera de introducir modificaciones en el Código de Justicia Militar, para garantizar una idonea judicialización de las causas contra los militares, objetivo primario del gobierno radical, sin que por ello se abrogasen las garantías constitucionales, habiendo alcanzado -finalmente- un texto que conformara las expectativasde los dos bloques mayoritarios, inicialmente distanciados al respecto.



Después llegó el debate por la reforma sindical, pero aquí las actitudes fueron menos flexibles, no obstante que en algún momento, las conversaciones que llevábamos con unos y con otros nos permitieron saber que el acuerdo se había alcanzado, fundamentalmente por el peso que representaba la opinión de don Elías. Sólo la necedad ulterior del Ministro de Trabajo hizo que todo ese trabajo se viniese abajo y juntos trabajamos en el discurso en el que fundamentó su voto negativo -junto al del bloque peronista-, en la que sería la primera gran derrota de Alfonsín en el Parlamento, a pesar de toda la presión que se ejerció sobre su persona, desde todos los estamentos posibles, que hasta incluyeron a la Gobernación de la provincia, en manos de su hermano Felipe.



Tenía una sólida formación, incluso universitaria, creo que en Diplomacia y en carrera seguida en la Sorbone de París, costeada por su abuelo paterno una vez que ambos regresaron de su inicial incursión por tierras neuquinas, de manera que hablaba el fracés de corrido. Sé -por su relato- que cuando el Gral. De Gaulle visitó la Argentina y concurrió al Congreso, fue a Don Elías a quien le encomendaron darle la bienvenida, lo que hizo ante el Parlamento reunido en Asamblea, improvisando y totalmente en frances.



Tenía un don de gentes muy particular y una simpatía desbordante, aunque su carácter -cuando se enojaba- hiciera temblar las piedras y entonces se escuchaba su gran vozarrón despotricar con toda soltura. Pero lo que tenía de grandioso -bajo esa apariencia de solemnidad- era su inmensa experiencia en vivencias cotidianas y en su contacto con todo lo que fuera popular, adonde se desenvolvía a sus anchas.



Como hijo mayor de una familia libanesa, se sabía el responsable de todos y actuaba en consecuencia, incluso con ayudas económicas a quienes la necesitaran, pero fundamentalmente mediante sabios consejos que los demás le pedían y que desde luego escuchaban y seguían. Yo le tomé un gran aprecio durante ese año de compartir su labor parlamentaria en el día a día, pero la política tiene sus tiempos y sus prioridades que no siempre un ansioso hombre de derecho puede comprender, y esa linda y fructífera experiencia mía clamaba -de mi parte- por un cambio que no solo supo entender sino que me facilitó al proponerme para ocupar el cargo vacante de Juez Federal de su provincia; así fue como llegue a la querida Neuquén a comenzar con un nuevo desafío, que él siguió con mucho interés, como lo pude apreciar en aquellas oportunidades -cada vez más distantes- en que tuvimos oportunidad de encontrarnos.



Siempre fue extremadamente generoso para conmigo y mi larga familia, permitiéndome disfrutar varias veces de ese paraíso sureño que es El Messidor (cuya compra por parte de la provincia fue otra ingeniosa idea suya, dicho sea esto de paso), o no permitiendo que me hiciera cargo de las reparaciones de mi camioneta particular que quedó casi totalmente destruída luego de un vuelco que tuve camino de Zapala, en cumplimiento de funciones oficiales, y que se reparó en el taller de la concesionaria de la cual era titular.



Recuero bien la última vez en que lo ví, allá en San Martín de los Andes en donde tenía su amplia morada, camino yo a hacer una diligencia judicial ingrata relacionada con una importante causa que se tramitaba en mi Juzgado. Aterrizamos con un helicóptero en un baldío que entonces se encontraba haciendo cruz con su casa, y allá salió a la vereda, a curiosear, cubierto con un poncho. Dude en ir a darle un abrazo, pero debido a las premuras de siempre, sólo me permití enviarle un saludo con mi brazo desde la distancia, que desde luego respondío rápidamente, y emprendimos vuelo nuevamente, mientras él permanecía allá abajo, sorprendido con la fujaz visita aerea que ya se alejaba.



Poco tiempo después fallecía y, como correspondía, no solamente lo lloró su querida ciudad -donde hoy descansa- sino la provincia toda, recibiendo merecidos homenajes de parte de todos los poderes de la República a la cual con tanta vocación y devoción sirvió durante tantos años. Sé muy bien -don Elías- que este no es, ni por mucho, el mejor homenaje que se le puede haber dispensado, pero usted no podía dejar de estar en un lugar preferencial, en este sitio en que quiero recordar a mis personajes más entrañables, que es mi forma -íntima- de homenajearlos. Gracias por todo.

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