Así le decíamos - Pablito - cariñosamente en el Banco Hipotecario adonde comencé a trabajar como abogado en el año 1969, poco después de recibirme. Ingresé como Procurador y a cargo de una cartera de juicios que supervisaba un abogado mayor, compartiendo trabajos y espacios físicos con un numeroso y bullicioso grupo de aproximadamente una veintena de abogados entre los cuales estaba este hombre, grande en edad -calculo que por entonces tendría algo más de 50 años- pero que se había recibido también poco tiempo antes, con un gran esfuerzo, y que tenía esa sabiduría que sólo enseña la calle.
Alto, flaco, canoso, muy fumador, Pablito integraba otro equipo distinto del mío, equipos que se componían de un abogado y dos procuradores, pero como compartíamos entre todos los procuradores una sala común dentro del horario previsto para volcar nuestros informes tribunalicios -de 10 a 12:30, cada mañana- no pudo dejar de recordarlo al momento de hacer un recuento sobre mis personajes inolvidables, sobre todo por lo jocosas que eran sus reflexiones, con ironía pesimista, de cuanto acontecía a nuestro alrededor, en el Banco, en el país y hasta diría que en el mundo, siempre con una cuota de sarcasmo no exenta de cierto realismo, que te hacía sonreir.
A mí me gustaba mucho mi profesión y sobre todo seguir estudiando, de modo que estaba al tanto de cuanto se escribía y se resolvía por parte de los distintos tribunales, lo cual me permitía intervenir cuando se suscitaba alguna discusión o alguien consultaba sobre determinada cuestión, lo cual hizo que, muchas veces, Pablito viniese a pedirme consejo -¡a mí, que era un chico recién recibido de 25 años!!- y yo -¡caradura!- se los daba y él lo apreciaba.
Así llegamos a consolidar -me parece- una buena relación profesional, bastante franca a pesar de lo desparejo de nuestras edades, pero él siempre me escuchaba con atención, quizás la misma que yo ponía cuando él se ponía a hablar de sus experiencias de vida y del mundo del arrabal en el que ella había transcurrido.
Muy meritorio lo de Pablito, mi viejo amigo y compinche de tareas; lo del admirado Dr. Pablo León, que vaya uno a saber que ha sido de su vida, si todavía el cigarrillo le ha permitido seguir por aquí. Pero sea como fuere, siempre seguirás con vida propia, en mi memoria.
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