viernes, 28 de mayo de 2010

Francisco (el jardinero del Tigre)

Así, sin apodos ni sobrenombres, ni Pancho, ni Paco, sólo Francisco, el jardinero.



Era italiano de nacimiento y nunca supe su apellido, pero tengo bien presente su rostro de hombre bueno y silencioso, sin familia (que nosotros supiéramos), que andaba por el jardín del Tigre haciendo su tarea, y que vivía en una casita de dos habitaciones que había en el fondo, adonde llegábamos con mi hermana Lía a la hora de su almuerzo para disfrutar -antes que llegara el nuestro- de alguna delicia concinada por sus manos, como aquellos morrones rellenos con arroz tan ricos, cuyo aroma siempre he renido asociado a esa cocina, o una buena tallarinada, acompañada sólo de salsa de tomate.



Siempre vestía con su jardinero azul; no sé, supongo ahora que tendría más de uno; una guadaña o un rastrillo en la mano y una pipa, encendida o apagada, en la boca. Hablaba bien nuestro idioma, pero con ese dejo de italiano que nunca se olvida y que les lleva a pronunciar "las parolas de la nostra lingua" de una manera muy especial. Nunca lo vimos enojado ni parecía que le pudiera molestar nuestra presencia -la mía y de mi hermana más chica- que quizas, le permitía extrañar menos a quienes, nunca lo supimos, podrían haber sido su familia, de la cual desconocíamos -y aun hoy en día desconozco- absolutamente todo.



A veces saliía, en sus francos domingueros, por la mañana, y entonces lo veíamos arreglarse un poco, y se marchaba quien pudiera saber donde, para regresar el mismo día, tarde por la tarde, para así poderm tomar su puesto de trabajo a primera hora del lunes. Francisco me enseñó las tareas de la huerta sembrando semillas de rabanitos que cubrimos con tierra y regábamos a diario, hasta que salieron algunas plantitas verdes y, tirando de ellas, los rabanitos colgando, como bulbos blancos con algunas pindeladas coloradas.



Un día desapareció por un tiempo, y cuando regresó le habían operado la cara, que ahora tenía ladeada hacia la izquierda, por efectos de un tumor que, según me dijeron, se había agarrado por fumar en pipa toda la vida. Igual siguió trabajando, de sol a sol, consiguiendo de su jardín y de sus trabajados canteros, las flores más lindas que recuerdo, hasta que un día nos fuimos, nos fuimos todos cuando se remató la casa, se dividió su enorme jardín en muchos lotes, mis tías se fueron a vivir a Bs.As. y no lo vimos más.



¿Qué habra sido de vos querido Francisco? ¿Donde habrás terminado tus días? ¿Junto a quienes?. Quiero decirte -y donde estés me estarás escuchando- que fuiste un personaje casi único y a quien -quizás sin habertelo demostrado- quería entrañablemente. Fuiste para mí como ese abuelo bueno que se entretiene charlando con sus nietos, y tu recuerdo estará siempre grabado en mi memoria, entre los más felices de mi infancia, y seguramente por todo eso es que tengo un hijo a quien le puse tu nombre.

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