lunes, 31 de mayo de 2010

Don Elias Sapag

Pienso que pocas veces en la vida uno tiene la posibilidad de conocer a ciertos personajes, de esos que no pasan desapercibidos en ninguna parte; hombres y mujeres ricos en experiencias vividas y, al mismo tiempo, nada egoistas a la hora de tenerlas que transmitir, como es el caso de este gran político argentino a quien tuve el honor no solo de conocer, sino de trabajar a su lado durante un año.



Don Elías -como le decíamos- era enorme, no solamente de tamaño físico sino también de corazón, y estaba siempre dispuesto a volcarse en ayuda de los demás. Sabía que tenía "poder" por derecho propio, pero no lo utilizaba para sí sino para llevar adelante sus ideas políticas y para el bienestar de quienes así se lo requerían.



Lo conocí a finales del año 1983, cuando la salida democrática llevó a Alfonsín a la Presidencia y a don Elias -una vez más- al Senado, representando a su querida provincia del Neuquén, y convirtiéndose en el hombre clave del sistema parlamentario que mantenía a los dos bloques mayoritarios -el radicalismo y el peronismo- sin contar ninguno de ellos con las mayorías necesarias para imponerse al otro, teniendo que recurrir a los votos de los senadores de partidos provinciales, pero de los cuales los únicos verdaderamente independientes del poder radical o más bien del "poder central" eran los senadores neuquinos, de pasado -lejano- peronista pero de presente realista.



Y precisamente por ese lugar tan importante que por efecto del azar político le cupo, es que quiso rodearse de un grupo de personas que lo asesorasen desde lo técnico, para así estar en mejores condiciones para poder aplicar su caudal de experiencia política. Y así es como fui a trabajar en su bloque, llevado de la mano por otro personaje inolvidable de mi galería personal como lo fue Miguel "el Negro" Iglesias que allí se desempeñaba como Secretario Administrativo, a fin de conformar y dirigir a ese grupo de asesores técnicos que, con todo entusiasmo, nos pusimos a trabajar para que aquel pudiese desempeñar de la mejor manera su importante función.



Nosotros trabajábamos todos los proyectos y teníamos nuestra propia opinión "técnica", pero en algunos casos muy puntuales debíamos estar dispuestos a ensamblarlos con sus propios criterios políticos, que nos lo transmitía en unas muy jugosas y también amenas charlas en las que se podía apreciar no solo su gran experiencia polìtica sino su innato don de gentes.



Allí, durante esas conversaciones mano a mano, es donde se lo podía apreciar más genuinamente; en donde volcaba sus razones; en donde narraba sus experiencias y en donde finalmente nos brindaba consejos de una gran sabiduría, de esos que ennoblecen al hombre polìtico y que, equivocado o no, en definitiva permiten apreciar que lo que buscan es el mayor bienestar para su pueblo.



Era una gran orador; sin embargo ello no significaba que les permitiera a sus palabras correr libradas a su propia suerte, razón por la cual preparamos juntos cada una de sus intervenciones de ese año parlamentario de 1984, alguna de las cuales realmente hicieron historia. Recuerdo con cuanta atención escuchaba mis reflexiones acerca de la mejor manera de introducir modificaciones en el Código de Justicia Militar, para garantizar una idonea judicialización de las causas contra los militares, objetivo primario del gobierno radical, sin que por ello se abrogasen las garantías constitucionales, habiendo alcanzado -finalmente- un texto que conformara las expectativasde los dos bloques mayoritarios, inicialmente distanciados al respecto.



Después llegó el debate por la reforma sindical, pero aquí las actitudes fueron menos flexibles, no obstante que en algún momento, las conversaciones que llevábamos con unos y con otros nos permitieron saber que el acuerdo se había alcanzado, fundamentalmente por el peso que representaba la opinión de don Elías. Sólo la necedad ulterior del Ministro de Trabajo hizo que todo ese trabajo se viniese abajo y juntos trabajamos en el discurso en el que fundamentó su voto negativo -junto al del bloque peronista-, en la que sería la primera gran derrota de Alfonsín en el Parlamento, a pesar de toda la presión que se ejerció sobre su persona, desde todos los estamentos posibles, que hasta incluyeron a la Gobernación de la provincia, en manos de su hermano Felipe.



Tenía una sólida formación, incluso universitaria, creo que en Diplomacia y en carrera seguida en la Sorbone de París, costeada por su abuelo paterno una vez que ambos regresaron de su inicial incursión por tierras neuquinas, de manera que hablaba el fracés de corrido. Sé -por su relato- que cuando el Gral. De Gaulle visitó la Argentina y concurrió al Congreso, fue a Don Elías a quien le encomendaron darle la bienvenida, lo que hizo ante el Parlamento reunido en Asamblea, improvisando y totalmente en frances.



Tenía un don de gentes muy particular y una simpatía desbordante, aunque su carácter -cuando se enojaba- hiciera temblar las piedras y entonces se escuchaba su gran vozarrón despotricar con toda soltura. Pero lo que tenía de grandioso -bajo esa apariencia de solemnidad- era su inmensa experiencia en vivencias cotidianas y en su contacto con todo lo que fuera popular, adonde se desenvolvía a sus anchas.



Como hijo mayor de una familia libanesa, se sabía el responsable de todos y actuaba en consecuencia, incluso con ayudas económicas a quienes la necesitaran, pero fundamentalmente mediante sabios consejos que los demás le pedían y que desde luego escuchaban y seguían. Yo le tomé un gran aprecio durante ese año de compartir su labor parlamentaria en el día a día, pero la política tiene sus tiempos y sus prioridades que no siempre un ansioso hombre de derecho puede comprender, y esa linda y fructífera experiencia mía clamaba -de mi parte- por un cambio que no solo supo entender sino que me facilitó al proponerme para ocupar el cargo vacante de Juez Federal de su provincia; así fue como llegue a la querida Neuquén a comenzar con un nuevo desafío, que él siguió con mucho interés, como lo pude apreciar en aquellas oportunidades -cada vez más distantes- en que tuvimos oportunidad de encontrarnos.



Siempre fue extremadamente generoso para conmigo y mi larga familia, permitiéndome disfrutar varias veces de ese paraíso sureño que es El Messidor (cuya compra por parte de la provincia fue otra ingeniosa idea suya, dicho sea esto de paso), o no permitiendo que me hiciera cargo de las reparaciones de mi camioneta particular que quedó casi totalmente destruída luego de un vuelco que tuve camino de Zapala, en cumplimiento de funciones oficiales, y que se reparó en el taller de la concesionaria de la cual era titular.



Recuero bien la última vez en que lo ví, allá en San Martín de los Andes en donde tenía su amplia morada, camino yo a hacer una diligencia judicial ingrata relacionada con una importante causa que se tramitaba en mi Juzgado. Aterrizamos con un helicóptero en un baldío que entonces se encontraba haciendo cruz con su casa, y allá salió a la vereda, a curiosear, cubierto con un poncho. Dude en ir a darle un abrazo, pero debido a las premuras de siempre, sólo me permití enviarle un saludo con mi brazo desde la distancia, que desde luego respondío rápidamente, y emprendimos vuelo nuevamente, mientras él permanecía allá abajo, sorprendido con la fujaz visita aerea que ya se alejaba.



Poco tiempo después fallecía y, como correspondía, no solamente lo lloró su querida ciudad -donde hoy descansa- sino la provincia toda, recibiendo merecidos homenajes de parte de todos los poderes de la República a la cual con tanta vocación y devoción sirvió durante tantos años. Sé muy bien -don Elías- que este no es, ni por mucho, el mejor homenaje que se le puede haber dispensado, pero usted no podía dejar de estar en un lugar preferencial, en este sitio en que quiero recordar a mis personajes más entrañables, que es mi forma -íntima- de homenajearlos. Gracias por todo.

domingo, 30 de mayo de 2010

Justo José Sáenz Valiente.-


El marido de Gloria, mi tía, casi hermana de mi madre con la cual eran primas, y con quien vivimos y compartimos mucho tiempo en el Tigre, antes que se casara. Pero Justo venía a visitarla y allí le conocí. Era altísimo, ya que media poco más de dos metros, y bastante flaco, pero aún cuando no sé que edad tendría por entonces, le tenía mucho cariño y él seguramente también a mí porque de no ser así, los chicos lo detectan enseguida.


Pero además, debido a esa fascinación que a veces sienten los chicos por alguno de los grandes que les prestan un poco de atención que, de otros no perciben, me hide hincha -como él- del cuadro de mis amores -el "rojo" de Avellaneda- un poco porque era el suyo y otro poco para marcar alguna diferencia que me permitiera distinguirme de mi padre, que siempre fue de River.


Justo y su familia tenían un campo en el sur de Entre Ríos, como buenos descendientes legítimos que eran de don Justo José de Urquiza, al cual fuimos muchísimas veces de visita, sobre todo en el verano. Se llamaba "El Palmar" y estaba ubicado en la estación Médanos del Ferrocarril Gral. Urquiza, y cerca del cruce de Ceibas por la ruta que lleva desde Zárate a Gualeguaychú.


A mí me encantaba la vida en el campo, y a Justo -que entonces no tenía hijos y que luego no pudo tener varones- le gustaba tener a alguien a quien poderle enseñar las cosas del campo. Yo no quería perderme nada, y pedía que me despertaran al alba para matear en la cocina y luego salir a recorrer el campo a caballo, con él y a veces, también con su hermano Raul, llegando hasta los distintos puestos donde, según la hora, nos convidaban con mate o alguna cosita para picar.


Durante esas recorridas a caballo yo me sentía transportado a otro mundo; tenía hasta un mismo caballo que usaba diariamente; utilizaba un recado blanco y allá salía con mis bitas y bombachas. También me encantaba mezclarme en los arreos; salir a buscar algún ternero rebelde que se abría del grupo y pecharlo con el caballo hasta que regresaba; o pasarme el día en los corrales cuando la tarea se trasladaba a ese lugar, ya fuese para marcar, vacunar o embarcar hacienda.


Después, cada tanto, solíamos ir hasta el pueblo, siempre a caballo, por ejemplo al correo a buscar correspondencia o a la estación para averiguar por horarios de trenes o comprar boletos anticipados, en paseos que siempre terminaban en el almacén de ramos generales desde donde nos llevábamos muchas cosas y donde -según recuerdo- nunca ví que se pagara nada, ya que seguramente mantenían una cuenta corriente que cada tanto cancelaban.


Otro recuerdo lindo que tengo de Justo, unido a esa época, era cuando nos sentábamos afuera, en la galería, en las noches de verano. El sonido del croar de cientos de sapos que provenía de la oscuridad, mientras alguno se atrevía a llegar hasta donde estábamos para hacernos compañía y de paso deglutirse toda clase de insectos con una velocidad asombrosa.


También salíamos con el rifle a cazar loros, que eran considerados plaga, ya que por cada par de patas te daban algunos pesos -o eso es lo que nos decían para alentarlos-; o esos juegos nocturnos, cuando había que desafiar la noche caminando junto a una doble hilera de altos eucaliptus hasta llegar a la tranquera, para luego volver corriendo al imaginar que alguien pudiera tomarnos por detrás.


Me gustaba acercarme al escritorio, ese misterioso cuarto de enfrente en el que solían reunirse Justo y Raul con el capataz, manteniendo reuniones que a mí me parecía que eran muy serias, mientras yo miraba absorto el plano del campo, con sus divisiones internas en distintos cuadros, cada una con sus puestos, enmarcado y colgado de la pared, junto a esas fotos viejas de figuras desteñidas por el tiempo, entre las que sobresalía una de Urquiza y otro del abuelo de Justo, aquel protagonista de la célebre y trágica historia de Felicitas Guerrero.


Finalmente no puedo dejar de recordar que, fiel a su costumbre de darme todos los gustos, un día me puso al volante de un jeep para empezar a manejar, y luego de explicarme los secretos de la aceleración controlada por el embrague para el arranque, me indicó que avanzara por un caminito rodeado de árboles por ambos lados y fui tan tosco en el arranque acelerado y sin control que fuimos a parar contra uno de esos árboles, golpeando la cabeza de Justo su cabeza contra el vidrio, que lo lastimó, en medio de los gritos alarmados de quienes contemplaban desde el costado "mi debut".


¡ Que bueno fuiste siempre conmigo, Justo !! No sólo entonces sino luego, a lo largo de la vida, en cada oportunidad que teníamos de encontrarnos, y que se fueron espaciando cada vez más, como esos trenes lejanos que cruzaban el campo y que nosotros veíamos pasar a la distancia sin poder distinguir a su pasaje.


Tuve la enorme alegría de visitarte un año antes de tu partida, después de muchísimos años de no habernos podido encontrar, por esas cosas que tienen las distancias; y estabas muy flaco, mucho más de lo habitual, pero con la misma cordialidad y simpatía de siempre. Ya hacía muchos años que debido a las constantes crecidas de los rios cercanos, afluentes del Paraná, habían tenido que vender el campo, que estuvo en una oportunidad más de dos años debajo del agua; tenías una jubilación escasa -de esas que yo llamo "simples ayudas sociales" porque no son jubilaciones dignas- y te seguía interesando la política y, como buen hombre de campo, no comprendías los desaguisados del gobierno de turno para con él; pero seguías escuchando con genuina alegría las pequeñas cosas que yo pudiera contarte y que te seguían interesando, igual que las que te contaba de chico o de adolescente reciente y curioso.


Fuiste un personaje muy importante de aquella etapa de mi vida, a la cual tengo asociados uno de los momentos más felices. Por eso y por ser tan buena persona siempre, te quiero poner en un lugar importante de mi galería de personas cuya personalidad me hubiera impactado, y que en alguna forma han hecho de mí, lo que soy hoy en día.

viernes, 28 de mayo de 2010

Francisco (el jardinero del Tigre)

Así, sin apodos ni sobrenombres, ni Pancho, ni Paco, sólo Francisco, el jardinero.



Era italiano de nacimiento y nunca supe su apellido, pero tengo bien presente su rostro de hombre bueno y silencioso, sin familia (que nosotros supiéramos), que andaba por el jardín del Tigre haciendo su tarea, y que vivía en una casita de dos habitaciones que había en el fondo, adonde llegábamos con mi hermana Lía a la hora de su almuerzo para disfrutar -antes que llegara el nuestro- de alguna delicia concinada por sus manos, como aquellos morrones rellenos con arroz tan ricos, cuyo aroma siempre he renido asociado a esa cocina, o una buena tallarinada, acompañada sólo de salsa de tomate.



Siempre vestía con su jardinero azul; no sé, supongo ahora que tendría más de uno; una guadaña o un rastrillo en la mano y una pipa, encendida o apagada, en la boca. Hablaba bien nuestro idioma, pero con ese dejo de italiano que nunca se olvida y que les lleva a pronunciar "las parolas de la nostra lingua" de una manera muy especial. Nunca lo vimos enojado ni parecía que le pudiera molestar nuestra presencia -la mía y de mi hermana más chica- que quizas, le permitía extrañar menos a quienes, nunca lo supimos, podrían haber sido su familia, de la cual desconocíamos -y aun hoy en día desconozco- absolutamente todo.



A veces saliía, en sus francos domingueros, por la mañana, y entonces lo veíamos arreglarse un poco, y se marchaba quien pudiera saber donde, para regresar el mismo día, tarde por la tarde, para así poderm tomar su puesto de trabajo a primera hora del lunes. Francisco me enseñó las tareas de la huerta sembrando semillas de rabanitos que cubrimos con tierra y regábamos a diario, hasta que salieron algunas plantitas verdes y, tirando de ellas, los rabanitos colgando, como bulbos blancos con algunas pindeladas coloradas.



Un día desapareció por un tiempo, y cuando regresó le habían operado la cara, que ahora tenía ladeada hacia la izquierda, por efectos de un tumor que, según me dijeron, se había agarrado por fumar en pipa toda la vida. Igual siguió trabajando, de sol a sol, consiguiendo de su jardín y de sus trabajados canteros, las flores más lindas que recuerdo, hasta que un día nos fuimos, nos fuimos todos cuando se remató la casa, se dividió su enorme jardín en muchos lotes, mis tías se fueron a vivir a Bs.As. y no lo vimos más.



¿Qué habra sido de vos querido Francisco? ¿Donde habrás terminado tus días? ¿Junto a quienes?. Quiero decirte -y donde estés me estarás escuchando- que fuiste un personaje casi único y a quien -quizás sin habertelo demostrado- quería entrañablemente. Fuiste para mí como ese abuelo bueno que se entretiene charlando con sus nietos, y tu recuerdo estará siempre grabado en mi memoria, entre los más felices de mi infancia, y seguramente por todo eso es que tengo un hijo a quien le puse tu nombre.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Pedro Rueda ( "el Corto" )

Nos conocimos en Miramar, en algún verano de mi adolescencia temprana, y ya nunca más nos separamos, prácticamente hasta mi casamiento, para el cual fue mi único testigo del civil. "El Corto", como su apodo lo indica, era bajito, rubión, de cara grande y sonriente, a quien nunca lo ví de mal humor -y lo digo en serio- a lo largo de esos 10 ó 12 años de convivencia casi diaria, pero tenía un grave inconveniente: era enfermo del corazón.



En realidad "el Corto" estaba muy enfermo, aunque nosotros -sus amigos- no fuéramos concientes ni lo cuidarámos en nada, ya que siempre fue uno más, para todo. Por supuesto que él era cuidadoso, por ejemplo, con los fríos baños de mar y desde luego que no hacía deportes fuertes, como el rugby, pero aparte de esas pequeñas cosas, en todo lo demás era uno más de los nuestros.



Tenía cuatro nombres -igual que yo- Pedro Horacio Benito Timoteo; su padre -que ya había fallecido cuando le conocimos- era de apellido Rueda, y el de su madre Zavalía, hermana de la madre de los García Mansilla de quienes resultaba ser primo hermano, y por intermedio del "Corto" fue que nuestro grupo de Miramar se terminó cruzando en Bs.As. con las García Mansilla y su largo entorno.



Nunca supe a qué colegio concurría -si lo hacía, supongo que sí- y ahora pienso que sería a algún Colegio Nacional, pero no se como jamas se me ocurrió averiguarlo. Sin embargo nos veíamos a diario, sobre todo a partir de los 20, en que venía muchísimas noches a comer a casa. También formaba parte del grupo de los que nos juntábamos en El Cervatillo de Rio Bamba y Arenales a tomar copas en la barra; y lo caracterizaba su pasión por los autos, de los que sabía absolutamente todo.



Además, trabajó durante un tiempo en una agencia o concesionaria de autos -la de Miguel Jantus, que era un corredor que mi padre conocía- y como mi tío Horacio era el Presidente de la Comisión Deportiva Automovilística, organismo rector, por entonces, de todo lo relacionado con las carreras de autos, no nos perdíamos ninguna, ni ningún parque cerrado previo, y ahí estábamos, al lado mismo de cada auto que entraba para hacer la revisación técnica.



Siempre estábamos juntos: Horacio, mi primo; Martín Kennedy; "el Corto" y yo. Podría haber otros amigos que se iban rotando, pero nosotros cuatro era como un nucleo indestructible, al menos hasta que llegaron "las novias". Los tres nos pusimos de novios más o menos para la misma época, menos "el Corto" y como -ahora lo advierto- entre aquellas no había la misma química que existía entre nosotros, ni hicieron mucho para hacerse amigas entre sí porque pertenecían a otros grupos, el nuestro finalmente se fue desintegrando, y "el Corto" entonces comenzó a rondar a los que nos seguían en edad, Rodrigo en el caso de Horacio y Ricardo en el de Martín.



Nunca estuvo de novio; sé que algunas chicas llegaron a gustarle, como por ejemplo mi prima Patricia, pero -no se si por timidez o por temor al rebote- nunca se animó a declararse a ninguna; venía a las fiestas pero no bailaba mucho, quizas por las mismas razones, pero eso sí, me acompañaba en el auto al final cuando yo llevaba a las chicas en el auto hasta sus casas.



¡ Cuanto habremos charlado, "Corto" amigo !! Y ¡ que corto fue el tiempo que estuviste entre nosotros! Un día supe que te habían operado, pero nadie me aviso donde ir a verte o como ofrecerte mi sangre para compensar la debilidad de la tuya; se que fue una operación importante, pero no tengo precisiones. Si se que te llegaste a recuperar, por poco tiempo, y que una tarde te nos fuiste, en Miramar, donde nos conocimos, en el campo de los Kennedy y en brazos de mi primo Rodrigo.



Fuiste un gran amigo, Pedro; un señor amigo a quien le estoy profundamente agradecido de tu amistad; creo que no supe mantenerla al final, cuando finalmente comencé con una intensa vida profesional y -además- casado, porque no recuerdo haberte visto por mis nuevas casas. Te abandoné o simplemente me descuidé pensando que estarías con nosotros para siempre, pero vos no podías estar ausente de esta pequeña galería de mis personajes inolvidables, porque ocupas aquí un lugar preferencial.



¡ Ya volveremos a encontrarnos y me recibirás haciendo sonar con tu boca, esa fuerte sirena de auto de policía con la que aturdías a los autos que de inmediato se abrían, y ahi pasábamos nosotros en el Citroen de mi padre, yo manejandoy vos trepado sobre el asiento y asomada tu cabeza por el techo

martes, 25 de mayo de 2010

El doctor Pablo León (Pablito)

Así le decíamos - Pablito - cariñosamente en el Banco Hipotecario adonde comencé a trabajar como abogado en el año 1969, poco después de recibirme. Ingresé como Procurador y a cargo de una cartera de juicios que supervisaba un abogado mayor, compartiendo trabajos y espacios físicos con un numeroso y bullicioso grupo de aproximadamente una veintena de abogados entre los cuales estaba este hombre, grande en edad -calculo que por entonces tendría algo más de 50 años- pero que se había recibido también poco tiempo antes, con un gran esfuerzo, y que tenía esa sabiduría que sólo enseña la calle.

Alto, flaco, canoso, muy fumador, Pablito integraba otro equipo distinto del mío, equipos que se componían de un abogado y dos procuradores, pero como compartíamos entre todos los procuradores una sala común dentro del horario previsto para volcar nuestros informes tribunalicios -de 10 a 12:30, cada mañana- no pudo dejar de recordarlo al momento de hacer un recuento sobre mis personajes inolvidables, sobre todo por lo jocosas que eran sus reflexiones, con ironía pesimista, de cuanto acontecía a nuestro alrededor, en el Banco, en el país y hasta diría que en el mundo, siempre con una cuota de sarcasmo no exenta de cierto realismo, que te hacía sonreir.

A mí me gustaba mucho mi profesión y sobre todo seguir estudiando, de modo que estaba al tanto de cuanto se escribía y se resolvía por parte de los distintos tribunales, lo cual me permitía intervenir cuando se suscitaba alguna discusión o alguien consultaba sobre determinada cuestión, lo cual hizo que, muchas veces, Pablito viniese a pedirme consejo -¡a mí, que era un chico recién recibido de 25 años!!- y yo -¡caradura!- se los daba y él lo apreciaba.

Así llegamos a consolidar -me parece- una buena relación profesional, bastante franca a pesar de lo desparejo de nuestras edades, pero él siempre me escuchaba con atención, quizás la misma que yo ponía cuando él se ponía a hablar de sus experiencias de vida y del mundo del arrabal en el que ella había transcurrido.

Muy meritorio lo de Pablito, mi viejo amigo y compinche de tareas; lo del admirado Dr. Pablo León, que vaya uno a saber que ha sido de su vida, si todavía el cigarrillo le ha permitido seguir por aquí. Pero sea como fuere, siempre seguirás con vida propia, en mi memoria.

domingo, 23 de mayo de 2010

Mi abuelo Horacio

Uno de los personajes más influyentes en mi vida -al menos en mi vida profesional-ha sido sin duda alguna mi abuelo, Horacio C. Rivarola, como acostumbraba firmar, pero para nosotros, sus nietos, simplemente "abuelito", el padre de mi padre. Abuelito vivía -cuando yo era chico-en un petit hotel en Palermo, en la calle Juncal 3100, justo en la esquina con Coronel Diaz y enfrente de lo que entonces era la Peninteciaria de la calle Las Heras, un ángulo de la cual se podía ver con claridad desde las ventanas de la casa, y adonde inclusive estuvo alojado, como preso político, al momento en que las huestes peronistas ocuparon la Universidad de Buenos Aires de la cual era Rector, allá por los comienzos del peronismo.

En esa vieja casona había nacido y crecido mi padre hasta que se casó, para luego regresar los nietos, poblando sus rincones con los mismos pasos y gritos de aquellos otros niños; allí jugábamos con abuelito, quien a su vez jugaba con nosotros, ignorantes de estar tratando con el reconocido profesional del derecho, con el gran profesor universitario o el conferencista de nota.

Para nosotrows era "abuelito", ese "besuqueiro" que nos hacía cosquillas con los bigotes; quien nos sacaba a pasear los domingos por la mañana a todos los primos, en su amplio Ford negro modelo 1943, anterior a la guerra, con palanca al piso y volante a la derecha, y nos llevaba al puerto a ver barcos y ayudarnos a soñar con los paises lejanos desde donde aquellos llegaban con sus cargas.

Pero fundamentalmente, fue un importante personaje de mi vida proque fue él quien -ya retirado practicamente de su profesión- me fue enseñando un montón de cosas y transmitiendo su enorme experiencia que luego, a lo largo de mi propia vida profesional he seguido utilizando y aconsejando a su vez a otros que vinieron detrás mío. Hoy, que yo también ya soy abuelo, me imagino el placer que debió sentir al poder contarme sus propias experiencias, al único nieto que siguió sus pasos profesionales.

Mi abuelo Horacio siempre fue madrugador, de sentarse a escribir junto a un par de termos con agua para el mate con el que se acompañaba, y cuando yo comencé a trabajar en el Estudio -que fundara su padre y que entonces era de sus hijos, mi tío Horacio y mi padre- primero como estudiante y luego como abogado, llegaba hasta su casa dos o tres veces por semana, a esa hora previa al amanecer, y mientras compartíamos mates solíamos conversar de algunos asuntos profesionales, pero también de la propia profesión.

Me enseñó -por ejemplo- la enorme importancia que tiene para un abogado el contar con un archivo bien armado, que permita con rapidez localizar lo que uno necesita; me explicó que todos los asuntos requieren de la misma dedicación y cuidados, sin descartar ninguno -"un asunto chico bien llevado, trae al grade"-; no descartaba que, muchas veces, la indignación y la rabia podían llegar a ser nuestras repuestas frente a una actitud malisiosa o prvocadora, de la otra parte o de los mismos tribuanales, y me explicaba como debía reaccionar en esos casos, escribiendo todo lo que nos permitiera desahogarnos, para luego dejar lo escrito a un costado del escritorio hasta dos o tres días más tarde, en que con toda seguridad todo lo escrito iría a parar al cesto de los papeles, y entonces uno ya podía escribir una respuesta más objetiva.

Me dijo -a propósito de eso de tirar los papeles- que nunca debía romper las hojas de las que me quisiera deshacer, sino tan sólo hacerlas un bollo porque era muy probable que luego quisiera irlas a buscar al cesto, por haberme arrepentido o por haber arrojado las equivocadas.....¡ y cuantas veces eso fue lo que me pasó!! Cuantas más cosas me enseñó: como redactar un escrito, con sencillez y claridad para explicar lo que se quería transmitir; como dirigirme a un tribunal; como tratar al personal -tan importante- que colabora con uno; como ateder a los clientes, dándoles a cada uno de ellos el tiempo que necesitaren, aunque nos hicieran perder el nuestro, para que les quedara claro que en ese momento, ellos y sus problemas eran para nosotros lo más importante.

No sé, son muchas cosas que hoy ya se han hecho carne en mí y de las cuales me he apropiado para transformarlas en conductas propias. No he tenido la alegría de tener un hijo o hija abogados con quie poderlas compartir, y lo más probable es que si alguno de mis nietos o nietas siguiera estas huellas, la distancia haría casi imposible una convivencia profesional próxima, pero eso no implica que aquellos consejos se irán conmigo cuando me vaya, porque yo los he ido desparramando a lo largo de mi vida entre quienes han compartido mis días laborales, siempre con la referencia clara que se trataba de consejos provenientes de mi abuelo.....y se que por ahi están y se siguen aplicando.

De más está decir que siempre me he sentido muy orgulloso de ser nieto de mi abuelo Horacio; y que tengo guardados junto a mí muchos de los que fueron los libros de su enorme biblioteca -para albergar a los cuales alquilaba otra casa, en la calle Junín y muy cerca de la suya, cuando aquella de Palermo y se mudaron a un departamento en la Avda. Santa Fé al 1050, piso 5o., libros que guardo sabiendo que eran uno de sus bienes más preciados.-

sábado, 22 de mayo de 2010

Mis personajes inolvidables

Quiero comenzar a escribir en un blog, sólo algunos rasgos descriptivos, no toda una biografía, por supuesto, de aquellas personas que a lo largo de mi vida, me han impactado al punto de convertirse en auténticos y verdaderos "personajes inolvidables", lo que no significa ni que lo fueran realmente ni que lo fuesen para la mayoría de quienes también les han conocido. Sin embargo, por alguna razón que no puedo explicar muy bien, se han grabado en mis recuerdos con una fuerza especial, como algo imborrable, que me hace pensar en ellos con una sonrisa.

Claro está que aquí no estarán ni mis padres, ni mis hijos, ni quienes han sido mis esposas, ni tampoco mi hermana, respecto de quienes guardo un sentimiento totalmente diferente, producto más del cariño que del trato. En esta galería, sin embargo, pueden aparecer algunos parientes, pero no tanto en función de ese parentesco sino por cualidades
o calidades propias que los han hecho " diferentes ", al menos a mis ojos. Junto a ellos desfilarán quienes no lo son, como pueden ser amigos, compañeros de trabajo, trabajadores domésticos, o figuras con las cuales he podido tomar contacto, de todas las cuales o he aprendido algo o me hubiese gustado hacerlo porque -claro- si guardo de ellos un recuerdo imborrable tal, es porque sin duda en alguna forma los he admirado y querido, en tanto que con toda humildad, de esta forma procuro homenajearlos.

Vamos tras ellos.