lunes, 20 de diciembre de 2010

Marcelo R. Lanús

Marcelo Roque Lanús, mi primer socio y gran amigo de épocas lejanas, no podía estar ausente de esta galería de personajes que -en mi vida- han resultado ser inolvidables, por más que el transcurso del tiempo haga más que esporádicos nuestros encuentros actuales.

Si bien nos conocíamos a la distancia, sobre todo de veraneos en Miramar y de compartir algún que otro amigo, lo cierto es que con Marcelo comenzamos a tratarnos cotidianamente en la Facultad, allá por los 60; al año siguiente del primero, cuando fui convocado para hacer la conscripción, mi intención fue la de no perder el año de estudios, para lo cual debía dejar de trabajar en el Estudio de mi familia, que es adonde lo hacía, y pensé inmediatamente en él, con el compromiso que al regresar al año siguiente y corresponderle a Marcelo hacer la colimba, volveríamos a cambiar nuestros roles.

Pero esto no fue lo que ocurrió ya que Marcelo, debido a un viejo golpe en la columna, fue exceptuado de hacer el servicio militar y, como seguramente su tarea había dejado conformes a los abogados del Estudio, aún cuando regresé, él también se quedó, comenzando a desempeñar juntos las tareas procuratorias; así continuamos -juntos- cuando nos recibimos de abogados, y ambos -además- empezamos poco después a trabajar como Apoderados en el viejo Banco Hipotecario Nacional, del cual uno de los abogados del Estudio era Director.

Y a partir de allí nos hicimos socios en todo, porque compartíamos tareas matutinas para el Banco y por las tardes, hacíamos nuestras primeras armas como abogados, con toda la experiencia que nos daba el haber venido trabajando en eso desde hacía cinco años....junto al apoyo de los abogados mayores; así nos hicimos socios, al 50%, tanto de las tareas como de los ingresos, ya que compartíamos absolutamente todo, excepto los ingresos del Banco, pero que de todos modos eran semejantes.

Trabajamos así, asociados, primero en la atención de distintos asuntos que nos derivaban los abogados más grandes, sobre todo mi padre, mi tío Horacio y el Dr. Horacio Koch -que era el Director del Hipotecario- con los cuales pactábamos que un determinado porcentual de sus honorarios, era para nosotros; luego, poco a poco, comenzamos a tener nuestra propia clientela, y asú fuimos creciendo profesionalmente, tanto en la experiencia como en lo económico.

Pero además de ser socios, con Marcelo éramos amigos, con vidas también muy en paralelo, de matrimonio un año después del mío, hijos -varios- en forma casi inmediata, salidas frecuentes de los cuatro, asados y programas en común, una misma marca de auto -Citróen-, etc. También ambos vivíamos en Buenos Aires, y cuando nosotros logramos -al cuarto año de casados- comprar casa en San Isidro, al poco tiempo lo hicieron ellos, que compraron en Acassuso la casa en donde han vivido desde entonces, y que estaba a tres cuadras de la nuestra, que hacia allí nos habíamos mudado.

Teníamos una gran afinidad y casi, casi los mismos gustos, aun cuando yo prefería -deportivamente- el rugby y él la naútica; pero aparte de eso, prácticamente en todo lo demás coincidíamos, inclusive en los "after office" con los que terminábamos nuestras jornadas laborales, consumiendo whisky y sandwichitos antes de abordar el tren en el que -también juntos- volvíamos a nuestras casas.

Nunca tuvimos desencuentros profesionales; siempre coincidíamos en el enfoque con el que se debía atender cada asunto, así como con su atención, y aun cuando nos dividiéramos las tareas particulares, cada uno estaba totalmente al tanto de la marcha de los asuntos del otro, cuyos honorarios -desde luego- compartíamos por mitades a la hora del cobro.

Teníamos entonces una cábala, que nos divertía mucho poner en práctica, y que consistía en arrojar por el aire el o los fajos de billetes con los que nos pagaban, los que caían en lluvia y se desparramaban por todo el escritorio que, por supuesto, también compartíamos, en la pieza del fondo del Estudio. ¡ Cómo nos reíamos haciéndolo!!. Todavía, cada vez que cobro un honorario medio importante me dan ganas de repetir aquel gesto.

Con el tiempo, la llegada de nuestros numerosos hijos hizo necesario reforzar ingresos, para lo cual -ahora sí- cada uno comenzó a tomar compromisos independientes: yo, además del Estudio- en algunas gestiones públicas y Marcelo, no obstante contar con los recursos que provenían de un campo que -a medias- heredara María, su esposa, poco a poco se fue comprometiendo cada vez más con un amigo suyo que tenía una empresa comercial, al que asesoraba, y quien como contrapartida acordó abonarle sus servicios profesionales incorporándolo como socio.

Y así, sin dejar completamente de ser socios, instalados ya en otras oficinas como consecuencia de haberse desmembrado el viejo Estudio de la calle Cangallo 362, cada uno de nosotros le fue asignando una mayor dedicación a sus propias actividades, con perjuicio notorio para la sociedad, que en un momento determinado resolvimos interrumpir, repartiendo entre nosotros clientela y asuntos pendientes. Es que advertíamos -ambos- que el socio podía llevarse puesto al amigo, y esto era lo que pretendíamos preservar.

Y así concluyó nuestra sociedad profesional, aproximadamente a comienzos de los 80 tras prolongarse en el tiempo por unos 20 años. Luego nuestros caminos comenzarían a bifurcarse por lugares bien diferentes: el mío una magistratura federal en Neuquén, adonde inclusive debí radicarme y en donde permanecí cuando renuncie a esa función, y el de Marcelo, cada vez más comprometido con negocios de exportación agrícola, en épocas económicamente nefastas para hacerlo, hasta que lamentablemente, como tantos emprendimientos argentinos, terminaron en la quiebra.

Yo no pude acompañarte, viejo amigo, en esas peripecias judiciales que indudablemente, terminaron por resquebrajar tu no muy sólida salud, pero sé que nunca perdiste la esperanza de poder recuperarte, mientras te obligaban a ocultarte hasta para ejercer líbremente tu profesión, como si fueses un delincuente y no la consecuencia de una política económicamente nefasta y una actitud financieramente imperdonable de los banqueros de siempre....aquellos mismos que han seguido dejando tendales por todo el mundo, con una voracidad obsena más propia de los caranchos que de las personas.

Pero lograste levantarte, con el apoyo y la ayuda de tu esposa; con el acompañamiento profesional de tus nuevos socios; con tu silencio y tu enorme humildad, mientras -además- procurabas que tu salud no te abandonase en el camino. Y fuiste perdiendo en ese derrotero muchas cosas, hasta la voz, mientras una seguidilla de graves deterioros físicos pretendían minar tus fuerzas hasta hacerte claudicar, sin lograrlo.....hasta que un buen día retornaste, con la fuerza que dá la convicción y el orgullo de no haber abandonado nunca tus banderas, las que te han permitido ver triunfadores a tus hijos, también profiados luchadores de la vida, como lo son ustedes dos, porque sin duda María ha sido en todos estos años un baluarte adonde poder refugiarte cuando sentías que todo estaba perdido, y desde allí regresar, cada vez, con las mismas fuerzas y con las ilusiones intactas.

Yo, querido y viejo amigo, también pasé las mías, bien lo sabes, y he logrado -con el tiempo- restaurar mis heridas y restablecer mi estabilidad emocional, pero me quedé viviendo aquí, en este lugar tan distante del tuyo y que, hoy por hoy, nos permite tomar contacto solo muy de vez en cuando. Sin embargo, ello no nos impide que, al encontrarnos, nos sintamos los dos como entonces, con la misma alegría que nos daban -hace 40 años- nuestros 20; con las mismas ilusiones; con la misma confianza y entrega con las que encaramos aquel primer emprendimiento en común.....y sobre todo con una amistad capaz de superar el tiempo.