Marcelo Roque Lanús, mi primer socio y gran amigo de épocas lejanas, no podía estar ausente de esta galería de personajes que -en mi vida- han resultado ser inolvidables, por más que el transcurso del tiempo haga más que esporádicos nuestros encuentros actuales.
Si bien nos conocíamos a la distancia, sobre todo de veraneos en Miramar y de compartir algún que otro amigo, lo cierto es que con Marcelo comenzamos a tratarnos cotidianamente en la Facultad, allá por los 60; al año siguiente del primero, cuando fui convocado para hacer la conscripción, mi intención fue la de no perder el año de estudios, para lo cual debía dejar de trabajar en el Estudio de mi familia, que es adonde lo hacía, y pensé inmediatamente en él, con el compromiso que al regresar al año siguiente y corresponderle a Marcelo hacer la colimba, volveríamos a cambiar nuestros roles.
Pero esto no fue lo que ocurrió ya que Marcelo, debido a un viejo golpe en la columna, fue exceptuado de hacer el servicio militar y, como seguramente su tarea había dejado conformes a los abogados del Estudio, aún cuando regresé, él también se quedó, comenzando a desempeñar juntos las tareas procuratorias; así continuamos -juntos- cuando nos recibimos de abogados, y ambos -además- empezamos poco después a trabajar como Apoderados en el viejo Banco Hipotecario Nacional, del cual uno de los abogados del Estudio era Director.
Y a partir de allí nos hicimos socios en todo, porque compartíamos tareas matutinas para el Banco y por las tardes, hacíamos nuestras primeras armas como abogados, con toda la experiencia que nos daba el haber venido trabajando en eso desde hacía cinco años....junto al apoyo de los abogados mayores; así nos hicimos socios, al 50%, tanto de las tareas como de los ingresos, ya que compartíamos absolutamente todo, excepto los ingresos del Banco, pero que de todos modos eran semejantes.
Trabajamos así, asociados, primero en la atención de distintos asuntos que nos derivaban los abogados más grandes, sobre todo mi padre, mi tío Horacio y el Dr. Horacio Koch -que era el Director del Hipotecario- con los cuales pactábamos que un determinado porcentual de sus honorarios, era para nosotros; luego, poco a poco, comenzamos a tener nuestra propia clientela, y asú fuimos creciendo profesionalmente, tanto en la experiencia como en lo económico.
Pero además de ser socios, con Marcelo éramos amigos, con vidas también muy en paralelo, de matrimonio un año después del mío, hijos -varios- en forma casi inmediata, salidas frecuentes de los cuatro, asados y programas en común, una misma marca de auto -Citróen-, etc. También ambos vivíamos en Buenos Aires, y cuando nosotros logramos -al cuarto año de casados- comprar casa en San Isidro, al poco tiempo lo hicieron ellos, que compraron en Acassuso la casa en donde han vivido desde entonces, y que estaba a tres cuadras de la nuestra, que hacia allí nos habíamos mudado.
Teníamos una gran afinidad y casi, casi los mismos gustos, aun cuando yo prefería -deportivamente- el rugby y él la naútica; pero aparte de eso, prácticamente en todo lo demás coincidíamos, inclusive en los "after office" con los que terminábamos nuestras jornadas laborales, consumiendo whisky y sandwichitos antes de abordar el tren en el que -también juntos- volvíamos a nuestras casas.
Nunca tuvimos desencuentros profesionales; siempre coincidíamos en el enfoque con el que se debía atender cada asunto, así como con su atención, y aun cuando nos dividiéramos las tareas particulares, cada uno estaba totalmente al tanto de la marcha de los asuntos del otro, cuyos honorarios -desde luego- compartíamos por mitades a la hora del cobro.
Teníamos entonces una cábala, que nos divertía mucho poner en práctica, y que consistía en arrojar por el aire el o los fajos de billetes con los que nos pagaban, los que caían en lluvia y se desparramaban por todo el escritorio que, por supuesto, también compartíamos, en la pieza del fondo del Estudio. ¡ Cómo nos reíamos haciéndolo!!. Todavía, cada vez que cobro un honorario medio importante me dan ganas de repetir aquel gesto.
Con el tiempo, la llegada de nuestros numerosos hijos hizo necesario reforzar ingresos, para lo cual -ahora sí- cada uno comenzó a tomar compromisos independientes: yo, además del Estudio- en algunas gestiones públicas y Marcelo, no obstante contar con los recursos que provenían de un campo que -a medias- heredara María, su esposa, poco a poco se fue comprometiendo cada vez más con un amigo suyo que tenía una empresa comercial, al que asesoraba, y quien como contrapartida acordó abonarle sus servicios profesionales incorporándolo como socio.
Y así, sin dejar completamente de ser socios, instalados ya en otras oficinas como consecuencia de haberse desmembrado el viejo Estudio de la calle Cangallo 362, cada uno de nosotros le fue asignando una mayor dedicación a sus propias actividades, con perjuicio notorio para la sociedad, que en un momento determinado resolvimos interrumpir, repartiendo entre nosotros clientela y asuntos pendientes. Es que advertíamos -ambos- que el socio podía llevarse puesto al amigo, y esto era lo que pretendíamos preservar.
Y así concluyó nuestra sociedad profesional, aproximadamente a comienzos de los 80 tras prolongarse en el tiempo por unos 20 años. Luego nuestros caminos comenzarían a bifurcarse por lugares bien diferentes: el mío una magistratura federal en Neuquén, adonde inclusive debí radicarme y en donde permanecí cuando renuncie a esa función, y el de Marcelo, cada vez más comprometido con negocios de exportación agrícola, en épocas económicamente nefastas para hacerlo, hasta que lamentablemente, como tantos emprendimientos argentinos, terminaron en la quiebra.
Yo no pude acompañarte, viejo amigo, en esas peripecias judiciales que indudablemente, terminaron por resquebrajar tu no muy sólida salud, pero sé que nunca perdiste la esperanza de poder recuperarte, mientras te obligaban a ocultarte hasta para ejercer líbremente tu profesión, como si fueses un delincuente y no la consecuencia de una política económicamente nefasta y una actitud financieramente imperdonable de los banqueros de siempre....aquellos mismos que han seguido dejando tendales por todo el mundo, con una voracidad obsena más propia de los caranchos que de las personas.
Pero lograste levantarte, con el apoyo y la ayuda de tu esposa; con el acompañamiento profesional de tus nuevos socios; con tu silencio y tu enorme humildad, mientras -además- procurabas que tu salud no te abandonase en el camino. Y fuiste perdiendo en ese derrotero muchas cosas, hasta la voz, mientras una seguidilla de graves deterioros físicos pretendían minar tus fuerzas hasta hacerte claudicar, sin lograrlo.....hasta que un buen día retornaste, con la fuerza que dá la convicción y el orgullo de no haber abandonado nunca tus banderas, las que te han permitido ver triunfadores a tus hijos, también profiados luchadores de la vida, como lo son ustedes dos, porque sin duda María ha sido en todos estos años un baluarte adonde poder refugiarte cuando sentías que todo estaba perdido, y desde allí regresar, cada vez, con las mismas fuerzas y con las ilusiones intactas.
Yo, querido y viejo amigo, también pasé las mías, bien lo sabes, y he logrado -con el tiempo- restaurar mis heridas y restablecer mi estabilidad emocional, pero me quedé viviendo aquí, en este lugar tan distante del tuyo y que, hoy por hoy, nos permite tomar contacto solo muy de vez en cuando. Sin embargo, ello no nos impide que, al encontrarnos, nos sintamos los dos como entonces, con la misma alegría que nos daban -hace 40 años- nuestros 20; con las mismas ilusiones; con la misma confianza y entrega con las que encaramos aquel primer emprendimiento en común.....y sobre todo con una amistad capaz de superar el tiempo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
martes, 31 de agosto de 2010
Germán Pollitzer
¿ Cuantas veces, Germán, querido amigo, la vida nos permite barajar y dar de vuelta? Es increible ver los giros que, a algunos, nos permite dar el destino, proponiéndonos la alternativa de volver a empezar cuando ya parecía que todo estaba perdido, para así transitar por caminos o senderos que - antes - jamas nos hubiésemos imaginado que podríamos llegar a caminar.
Nos conocimos -allá, por los 80, hace como 25 años- en circunstancias muy diferentes a las que vivimos -ambos- actualmente. Germán acababa de asumir como Defensor Oficial en el recientemente creado Juzgado de Junín de los Andes, en cargo desde el cual podría -ya oficialmente- seguir prestando sus servicios profesionales como abogado, a la vasta comunidad de poblaciones mapuche a las cuales venía visitando, atendiendo y asesorando desde unos cuantos años antes, como parte de una importante tarea de servicio, totalmente desinteresada, que lo llevara, junto a un grupo de amigos, a trasladarse a ese lejano paraje de la Patagonia, para establecerse allí con su familia, bien lejos de la vorágine del promisorio mundo del negocio de los seguros, que una exitosa gestión en Londres permitía avizorar.
Y ese activo e inquieto abogado, que también fue en algún momento seleccionado como uno de los 10 Jóvenes Sobresalientes del año, se vino aquí, a la lejana Junín de los Andes, a echar a andar la Fundación Cruzada Patagónica, que condujo con reconocida eficacia durante muchísimos años, estableciendo un ejemplar instituto educacional para la población mapuche, donde se instruía a niños y jóvenes en los más avanzados conocimientos y procedimientos técnicos vinculados a las actividades rurales, con un total respeto por su propia cultura y tradiciones.
Estuve allí varias veces, admirado siempre de lo que se puede lograr con una gran convicción intelectual y una enorme claridad y firmeza en los objetivos que se han propuesto, prácticamente sin ayudas económicas oficiales e impulsados únicamente por una inmensa vocación de servicio, que a Germán, en particular, se le desbordaba. Sin embargo, a la par que crecían esos logros institucionales, la envidia propia de quienes no saben más que recelar y son incapaces de generar otra cosa que no sean fracasos e intolerancia, los famosos dueños de la verdad y del campo social, al que nada aportan, se ensañaron ponzoñosamente con él, para así poder destruir su obra.
Fue entonces cuando Germán acudió a mí como abogado, para que lo defendiera de una serie de injustas e inventadas denuncias, que dieron por tierra con una carrera judicial intachable, amenazada por un juicio político que estaba en manos de personajes temerosos del que dirán y de la prensa que con él se ensañara, y que hizo aconsejable no abordar para ir a dar la batalla en el ámbito judicial que nos merecía mayor confianza.
Y allí lo vi luchar sin bajar nunca los brazos, convencido de sus razones y de la sinrazón de los ataques que con todo desparpajo y descaro le asestaban, y que llegaron a traducirse en más de una veintena de hechos, a cual más fantansioso, pero de los que debió defenderse con el mayor de los esmeros, convencido de que solo aportando las pruebas que permitieran explicar lo sucedido, lograría ser desincriminado.
Lamentablemente el famoso principio de inocencia no estaba de su lado, pero finalmente se logró el sobreseimiento de todos los cargos que se le reprochaban, no obstante la adversa y constante prédica de una prensa ensañada con su persona y de un importante grupo de hipócritas y miserables, camuflados detrás de algunos auténticos defensores de los derechos humanos.
Terminada esa lucha y, como buena muestra de sus auténticos merecimientos, obtuvo la Beca Eisenhover que, anualmente, convoca a Filadelfia en los Es.Us. a 50 personalidades destacadas de 49 paises -uno por país, además del local- a fin de desarrollar durante todo un año un programa intensivo relacionado con el desarrollo de diferentes proyectos de interés para la comunidad global, previamente presentados por cientos de candidatos de todo el mundo, y estrictamente seleccionados por un comité de evaluaciones muy exigente.
¡ Paradojas del destino !! El vapuleado imputado de una veintena de delitos incalificables en su lugar de residencia, es convocado al país más desarrollado del mundo para integrarse a un pequeño grupo de personalidades mundiales a quienes se capacita para que luego puedan volcar sus ricas experiencias en beneficio de sus propias comunidades. Pero la eterna historia del profeta y su tierra se lo impidieron.
Esta vez no fueron sus viejos enemigos, acallados en sus injustas denuncias por decisiones judiciales indiscutibles, sino sus amigos, aquellos mismos con los que llegara hasta aquí para iniciar su aventura. Estos, que se suponía serían sus incondicionales, esta vez le dieron vuelta la cara en una muestra de ingratitud incomprensible, y juzgando con ensañamiento su conducta personal -¿quien está libre como para poder arrojar la primera piedra?- le quitaron su bien más precioso -la Fundación- y le obligaron a emigrar, como si fuera un leproso a quien es mejor no ver. ¡ No sea que nos contagie.....y nos enamoremos de la vida!!
Y así empezaste de nuevo, querido amigo, allá, en la soledad que tienen el frio, la lluvia y el barro del norte neuqino, pero donde contabas con el calor de tu querida Inés -¡y junto a ella, la vida!. Allá, adonde ninguno de tus hijos pudo seguirte, rumiando rencores que el tiempo -quizás- logre algún día quitarles, comenzaron a formar una nueva familia, con el mismo entusiasmo y alegría de la primera vez.....y por ahi andan ahora tus pequeños, los de la segunda vuelta, arrancándote esas sonrisas que la vida se había encargado de quitarte.
Después -todo tiene sus compensaciones- pudiste regresar a la carrera judicial que aquellas circunstancias te obligaran a abandonar, con un cargo que implicaba -además- trasladarte a la capital, adonde poder vivir más a gusto y educar a tus hijos con las comodidades que se merecen. Y aquí es adonde estas ahora, Germán, en el lugar donde las vueltas de la vida te han llevado y en donde puedo verte encarando tus actuales responsabilidades profesionales con la misma fortaleza y tesón de siempre; llevándote la vida por delante, con la pasión inclaudicable del buen jugador de rugby y la desbordante alegría de quien sabe que Dios no se averguenza de él.
Nos conocimos -allá, por los 80, hace como 25 años- en circunstancias muy diferentes a las que vivimos -ambos- actualmente. Germán acababa de asumir como Defensor Oficial en el recientemente creado Juzgado de Junín de los Andes, en cargo desde el cual podría -ya oficialmente- seguir prestando sus servicios profesionales como abogado, a la vasta comunidad de poblaciones mapuche a las cuales venía visitando, atendiendo y asesorando desde unos cuantos años antes, como parte de una importante tarea de servicio, totalmente desinteresada, que lo llevara, junto a un grupo de amigos, a trasladarse a ese lejano paraje de la Patagonia, para establecerse allí con su familia, bien lejos de la vorágine del promisorio mundo del negocio de los seguros, que una exitosa gestión en Londres permitía avizorar.
Y ese activo e inquieto abogado, que también fue en algún momento seleccionado como uno de los 10 Jóvenes Sobresalientes del año, se vino aquí, a la lejana Junín de los Andes, a echar a andar la Fundación Cruzada Patagónica, que condujo con reconocida eficacia durante muchísimos años, estableciendo un ejemplar instituto educacional para la población mapuche, donde se instruía a niños y jóvenes en los más avanzados conocimientos y procedimientos técnicos vinculados a las actividades rurales, con un total respeto por su propia cultura y tradiciones.
Estuve allí varias veces, admirado siempre de lo que se puede lograr con una gran convicción intelectual y una enorme claridad y firmeza en los objetivos que se han propuesto, prácticamente sin ayudas económicas oficiales e impulsados únicamente por una inmensa vocación de servicio, que a Germán, en particular, se le desbordaba. Sin embargo, a la par que crecían esos logros institucionales, la envidia propia de quienes no saben más que recelar y son incapaces de generar otra cosa que no sean fracasos e intolerancia, los famosos dueños de la verdad y del campo social, al que nada aportan, se ensañaron ponzoñosamente con él, para así poder destruir su obra.
Fue entonces cuando Germán acudió a mí como abogado, para que lo defendiera de una serie de injustas e inventadas denuncias, que dieron por tierra con una carrera judicial intachable, amenazada por un juicio político que estaba en manos de personajes temerosos del que dirán y de la prensa que con él se ensañara, y que hizo aconsejable no abordar para ir a dar la batalla en el ámbito judicial que nos merecía mayor confianza.
Y allí lo vi luchar sin bajar nunca los brazos, convencido de sus razones y de la sinrazón de los ataques que con todo desparpajo y descaro le asestaban, y que llegaron a traducirse en más de una veintena de hechos, a cual más fantansioso, pero de los que debió defenderse con el mayor de los esmeros, convencido de que solo aportando las pruebas que permitieran explicar lo sucedido, lograría ser desincriminado.
Lamentablemente el famoso principio de inocencia no estaba de su lado, pero finalmente se logró el sobreseimiento de todos los cargos que se le reprochaban, no obstante la adversa y constante prédica de una prensa ensañada con su persona y de un importante grupo de hipócritas y miserables, camuflados detrás de algunos auténticos defensores de los derechos humanos.
Terminada esa lucha y, como buena muestra de sus auténticos merecimientos, obtuvo la Beca Eisenhover que, anualmente, convoca a Filadelfia en los Es.Us. a 50 personalidades destacadas de 49 paises -uno por país, además del local- a fin de desarrollar durante todo un año un programa intensivo relacionado con el desarrollo de diferentes proyectos de interés para la comunidad global, previamente presentados por cientos de candidatos de todo el mundo, y estrictamente seleccionados por un comité de evaluaciones muy exigente.
¡ Paradojas del destino !! El vapuleado imputado de una veintena de delitos incalificables en su lugar de residencia, es convocado al país más desarrollado del mundo para integrarse a un pequeño grupo de personalidades mundiales a quienes se capacita para que luego puedan volcar sus ricas experiencias en beneficio de sus propias comunidades. Pero la eterna historia del profeta y su tierra se lo impidieron.
Esta vez no fueron sus viejos enemigos, acallados en sus injustas denuncias por decisiones judiciales indiscutibles, sino sus amigos, aquellos mismos con los que llegara hasta aquí para iniciar su aventura. Estos, que se suponía serían sus incondicionales, esta vez le dieron vuelta la cara en una muestra de ingratitud incomprensible, y juzgando con ensañamiento su conducta personal -¿quien está libre como para poder arrojar la primera piedra?- le quitaron su bien más precioso -la Fundación- y le obligaron a emigrar, como si fuera un leproso a quien es mejor no ver. ¡ No sea que nos contagie.....y nos enamoremos de la vida!!
Y así empezaste de nuevo, querido amigo, allá, en la soledad que tienen el frio, la lluvia y el barro del norte neuqino, pero donde contabas con el calor de tu querida Inés -¡y junto a ella, la vida!. Allá, adonde ninguno de tus hijos pudo seguirte, rumiando rencores que el tiempo -quizás- logre algún día quitarles, comenzaron a formar una nueva familia, con el mismo entusiasmo y alegría de la primera vez.....y por ahi andan ahora tus pequeños, los de la segunda vuelta, arrancándote esas sonrisas que la vida se había encargado de quitarte.
Después -todo tiene sus compensaciones- pudiste regresar a la carrera judicial que aquellas circunstancias te obligaran a abandonar, con un cargo que implicaba -además- trasladarte a la capital, adonde poder vivir más a gusto y educar a tus hijos con las comodidades que se merecen. Y aquí es adonde estas ahora, Germán, en el lugar donde las vueltas de la vida te han llevado y en donde puedo verte encarando tus actuales responsabilidades profesionales con la misma fortaleza y tesón de siempre; llevándote la vida por delante, con la pasión inclaudicable del buen jugador de rugby y la desbordante alegría de quien sabe que Dios no se averguenza de él.
lunes, 16 de agosto de 2010
Los curas
Han sido varios los curas que, a lo largo de mi vida, han ocupado en ella algun lugar más o menos importante, que explica que se hayan terminando transformando en personajes inolvidables y a los que quiero darles un lugar en este rincón de recuerdos, pero antes de hacerlo no puedo dejar de mencionar a algunos otros que sin haber llegado a tener una verdadera influencia sobre mí o mis cosas -a partir del momento en el que pude disponer de ellas- con anterioridad pudieron tener algún protagonismo cerca mío, no buscado ni deseado por mí sino por mis padres.
Uno de ellos es el por entonces abad de los benedictinos, monseñor Andrés de Azcárate, un hombre severo , español en todo, de rostro curtido, al cual mi madre -siendo yo un niño- me llevaba a ver en la Abadía de San Benito en Belgrano para procurar lograr enmiendas de conducta con las que ella se ve que no podía; le recuerdo en un oscuro confesionario de la izquierda de la vieja y pequeña iglesia, hablándome con su voz potente y firme e instándome a ser más bueno y obediente, sobre todo con mi madre, mientras yo sentía que me afixiaba, no sé bien si por el pequeño ambiente cerrado o el miedo que me producía ese encuentro -de rodillas- frente a quien -a mis ojos- aparecía como una figura realmente imponente.
También forma parte de esos primitivos recuerdos el por entonces párroco de la iglesia de San Miguel -en el centro porteño- el padre Miguel Angel de Andrea, el padre Miguelito, amigo de mi padre y sobrino del célebre obispo de Temnos, y a quien -en este caso- era mi padre el que me llevaba a ver siendo yo ya un poco mayor pero aun antes de mi primera adolescencia, seguramente por ser más travieso de lo pretendido por mis padres. A diferencia del anterior, este cura me atendía fuera del confesionario y caminando por un amplio patio interior de su parroquia, ante el cual -con seguridad- renovaba mis buenos propósitos de enmendar mi conducta, pero sin mucha convicción.
Estos dos recuerdos me llevan a pensar que para mis padres, con toda seguridad, la palabra de los miembros de la iglesia debería tener una importancia gravitante, al punto de recurrir a ella -casi como argumento de autoridad- cuando mis trapisondas -que sinceramente ni recuerdo ni pienso que fuesen tan graves- los superaban y no encontraban ni en las palabras ni en las formas -sin castigos físicos- la manera de hacerme reaccionar, recurriendo entonces a los buenos consejos de sus sacerdotes de confianza, en el convencimiento de que estos podrían lograr lo que ellos no podían, aunque también esto, finalmente, resultaba inutil.
Pienso ahora, ya abuelo, en lo dificil que resulta el ser padre, para lo que uno viene dotado biológica pero no psicológicamente, y hay que aprender el mejor método que tampoco es universal ni sirve el mismo para todos los hijos. En mi caso -por ejemplo- no bastaba con convencerme con argumentos porque -según recuerdo- yo no los compartía y por ende no los atendía y, con esa soberbia tan propia de los adolescentes, confiaba más en mi y en mis inexperimentadas decisiones que en las que con sus mejores intenciones me propusieran mis padres.
Pero sigamos con los curas. Durante uno de mis primeros noviazgos, la propuesta de "mi novia" -de alrededor de quince años el personaje- fue que debíamos -ambos- tener un mismo director espiritual, para que nos fuera ayudando a transitar esa etapa tan novedosa, de la mejor manera posible. Es increíble ver, desde la distancia, cuanto más rápido crecen a esa edad las mujeres que los varones, y la enorme madurez de esa "casi niña" obligada a buscar con inteligencia, la mejor manera de sortear los tironeos propios de la carne.
Asi es como llegamos al padre Roberto M. Berg, el padre Berg, que atendía en la iglesia del Corazón Eucarístico sobre la calle Montevideo frente a la plaza Vicente López. Era un cura bajito, muy simpático y entrador, con el cual solíamos más que confesarnos, sentarnos a conversar, cada uno por su lado, en la mañana de los sábados, y con el cual al principio me costó bastante abrirme ya que no estaba acostumbrado a conversar de mis cosas con nadie.
También recuerdo que durante los veranos venía a visitarnos a Miramar, no solo a nosotros sino también al vasto número de jóvenes que con el se dirigían y que formaban parte del gran grupo que integrábamos, y que veraneabamos todos juntos en el mismo lugar. Allí se juntaba con nosotros en la playa, conocía a nuestrs padres, participaba de asados y fogones y seguía con "su misión" de aconsejarnos y de procurar poner nuestras vidas en sintonía con Dios.
Buen tipo el padre Berg, que luego quedó perdido en el tiempo ydel que nunca más supe nada, una vez que quedara atras esa noviazgo, interrumpido abruptamente sin mi voluntad o mejor dicho en contra de ella, como un rechazo más a todo lo qu me hiciera recordar esos tiempos.
Por aquel entonces -era la etapa de comienzos del secundario- en un retiro espiritual al que fui invitado lo conocí a Ernesto Garcia Alesanco, don Ernesto o el padre Ernesto, un curita muy joven, rosarino y periodista recien llegado de España adonde había estudiado y ordenado, que realmente me sorprendió por lo novedoso de su prédica, que con un lenguaje sencillo y a nuestro alcance nos hablaba de la manera de convertir las cosas más cotidianas en una oración permanente a Dios; desde entonces las charlas -muy tranquilas- que comenzamos en ese retiro, se prolongaron a lo largo de los años.
Yo concurría periódicamente a conversar con él en los altillos de una vieja casa de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo, y ahi desfilaban los mil y un temas que por lo general abruman a los jóvenes y que yo le planteaba, para recibir siempre un buen consejo, la palabra justa y sobre todo una forma muy libre de encarar la vida, de mucho respeto hacia lo que yo pensara o hiciera.
Luego se trasladó a una enorme casona de la calle Amenabar -en Belgrano- adonde funcionaba una residencia de estudiantes regenteada por miembros del Opus Dei -al cual pertenece- y hasta allá me llegaba durante muchas tardes para proseguir con esa charla interminable que ocupó todo mi secundario y los primeros años universitarios.
¡ Don Ernesto !! Que lindos recuerdos tengo de todo aquel período "fundacional" de mi vida, durante la cual fue mi Director Espiritual, dicho así, con mayúsculas, y cuanto han tenido que ver sus consejos con muchas de mis posteriores decisiones de priorizar en la vida la libertad y la coherencia por sobre otras alternativas quizás más seguras o de compromisos méramente formales.
Luego lo trasladaron a Mendoza y no volví a verlo, durante muchísimos años, aun cuando cada tanto me llegaba su invariable mensaje, que seguía rezando por mí cada día de su vida, durante las misas, hasta el día en que falleció mi padre y ahi estaba, igual a como le recordaba, con su misma cara de niño bueno y su sonrisa cómplice, propia de quien sabe que nos conocemos tan profundamente que no hacen falta las palabras para trasmitirnos nuestros sentimientos.....y sin embargo habían pasado tantas cosas en mi vida.
Momentos de mucha oscuridad espiritual se sucedieron entonces, provenientes -fundamentalmente- de esa hipocrecía y falsa religiosidad que advierto en tantos y tantos ministros y feligreses "devotos", quen tanto daño me hicieron que no he podido sino alejarme y buscar refugio en mi intimidad, adonde puedo mantener una buena relación directa con Dios, a quien lo imagino con los brazos abiertos para recibirme, hiciera lo que hiciere y pensara lo que pensare, a la manera de don Ernesto, a quien ninguna de mis actitudes de entonces le molestaba o le horrorizaba, como sí me ha pasado luego con otros.....a quienes es mejor no recordar......
Pasaron cerca mío otros curas, en diferentes momentos de mi vida, pero ninguno dejó una huella profunda como aquella ni pude anudar con ellos una confianza mutua tan intensa. Por ejemplo, tengo un muy grato recuerdo de don Jaime de Nevares, con quien tuve un buen trato, pero más desde lo institucional, entre el obispo y el juez federal del Neuquén, que de lo religioso. Don Jaime tuvo para conmigo un detalle gigante que no puedo olvidar, cuando me invitó a la reunión que Juan Pablo II tendría con el mundo de la cultura, en el teatro Colón de Buenos Aires, durante su último visita a la Argentina, y adonde al pasar a mi lado le pude estrechar la mano, de una calidez tal que aun hoy puedo sentirla en la mía.
Otro cura sensacional fue el padre Juan San Sebastian, secretario de don Jaime y luego párroco de Ciudad Industrial, que siempre fue su sombra silenciosa pero muy eficaz, y dueño de una enorme amplitud de mente y de un corazón inmenso. Con el cura de Alta Barda, el padre Fernando Rabufet, un sacerdote español "duro", intransigente y muy austero con él mismo, pero incansable batallador, no pude lograr una gran amistad, quizas por encontrar en sus formas las antípodas de mi forma de pensar la religión y la vida. Sin embargo le ayudé mucho y con todo desinterés cuando pidió mi ayuda para poder instalar una escuela secundaria confesional en el barrio, y allí está hoy el Pablo VI, sacando año tras año generaciones formadas no solo en lo intelectual.
Con el cura Paco, capellán de la cárcel, tambien tuvimos muchos encuentros cuando yo era el juez federal de la provincia, por compartir ambos la forma en que se debía encararse esa delicada tarea de recuperar socialmente a los presos, tarea pastoral a la que se volcara con una dedicación y entregas realmente encomiables, y casi, casi, diría que no hay más sacerdotes de los que -en mi criterio-valga la pena dejar aquí un recuerdo.
Tenemos un curita muy joven en el coro, Fernando Fernández, que reune muchas de las condiciones que a mí me gusta destacar en los curas a los que trato, y que fundamentalmente se traduce en pensar con una enorme libertad, que no limite lo religioso a lo formal o litúrgico, a lo que está mandado; que procuren más imitar a Dios -que es inmenso e inconmensurable- que a aquellos oficiales de la burocracia eclesial o religiosa que tanto han hecho sufrir -durante el transcurso de los siglos- a los que simplemente somos hijos de Dios, pero también criaturas humanas. Vamos a ver si Fernando logra finalmente un lugar destacado dentro de mi vida; por ahora creo, que había que esperarlo porque alguien así, seguramente, algún día iba a llegar.
Allá, muy lejos en el tiempo, hay dos personajes siniestros, sacerdotes que circulaban descaradamente por el colegio primario al que asistía, y de quienes será imposible que logre olvidarme nunca, pero no voy a mencionarlos; Dios ya los debe tener presente. Hoy, que están saliendo a la luz tants y tantos casos semejantes, aguardo a que quizás algún día aparezcan sus nombres y se hagan públicas sus impúdicas malicias.
Al concluir esta recorrida no puedo sino volver a aquellos años de mi infancia, al niño inmanejable al que sus padres, sin saber que hacer, llevaban para que otros le pusieran los límites que de ellos no aceptaba, y así fue como me dejaron -sin quererlo- esta reacia actitud de rebelión que siempre me ha acompañado, pero mezclada con un gran respeto por todo lo que fuese religioso. Es cierto que no he sido comprendido, muchísimas veces, pero es que yo tampoco he sabido comprender muchas cosas, pero no por ello he dado portazos ni me he alejado a otras orillas; estoy cerca, pero mirando sin arrimarme, seguramente, hasta que una buena mano venga por mí.
Uno de ellos es el por entonces abad de los benedictinos, monseñor Andrés de Azcárate, un hombre severo , español en todo, de rostro curtido, al cual mi madre -siendo yo un niño- me llevaba a ver en la Abadía de San Benito en Belgrano para procurar lograr enmiendas de conducta con las que ella se ve que no podía; le recuerdo en un oscuro confesionario de la izquierda de la vieja y pequeña iglesia, hablándome con su voz potente y firme e instándome a ser más bueno y obediente, sobre todo con mi madre, mientras yo sentía que me afixiaba, no sé bien si por el pequeño ambiente cerrado o el miedo que me producía ese encuentro -de rodillas- frente a quien -a mis ojos- aparecía como una figura realmente imponente.
También forma parte de esos primitivos recuerdos el por entonces párroco de la iglesia de San Miguel -en el centro porteño- el padre Miguel Angel de Andrea, el padre Miguelito, amigo de mi padre y sobrino del célebre obispo de Temnos, y a quien -en este caso- era mi padre el que me llevaba a ver siendo yo ya un poco mayor pero aun antes de mi primera adolescencia, seguramente por ser más travieso de lo pretendido por mis padres. A diferencia del anterior, este cura me atendía fuera del confesionario y caminando por un amplio patio interior de su parroquia, ante el cual -con seguridad- renovaba mis buenos propósitos de enmendar mi conducta, pero sin mucha convicción.
Estos dos recuerdos me llevan a pensar que para mis padres, con toda seguridad, la palabra de los miembros de la iglesia debería tener una importancia gravitante, al punto de recurrir a ella -casi como argumento de autoridad- cuando mis trapisondas -que sinceramente ni recuerdo ni pienso que fuesen tan graves- los superaban y no encontraban ni en las palabras ni en las formas -sin castigos físicos- la manera de hacerme reaccionar, recurriendo entonces a los buenos consejos de sus sacerdotes de confianza, en el convencimiento de que estos podrían lograr lo que ellos no podían, aunque también esto, finalmente, resultaba inutil.
Pienso ahora, ya abuelo, en lo dificil que resulta el ser padre, para lo que uno viene dotado biológica pero no psicológicamente, y hay que aprender el mejor método que tampoco es universal ni sirve el mismo para todos los hijos. En mi caso -por ejemplo- no bastaba con convencerme con argumentos porque -según recuerdo- yo no los compartía y por ende no los atendía y, con esa soberbia tan propia de los adolescentes, confiaba más en mi y en mis inexperimentadas decisiones que en las que con sus mejores intenciones me propusieran mis padres.
Pero sigamos con los curas. Durante uno de mis primeros noviazgos, la propuesta de "mi novia" -de alrededor de quince años el personaje- fue que debíamos -ambos- tener un mismo director espiritual, para que nos fuera ayudando a transitar esa etapa tan novedosa, de la mejor manera posible. Es increíble ver, desde la distancia, cuanto más rápido crecen a esa edad las mujeres que los varones, y la enorme madurez de esa "casi niña" obligada a buscar con inteligencia, la mejor manera de sortear los tironeos propios de la carne.
Asi es como llegamos al padre Roberto M. Berg, el padre Berg, que atendía en la iglesia del Corazón Eucarístico sobre la calle Montevideo frente a la plaza Vicente López. Era un cura bajito, muy simpático y entrador, con el cual solíamos más que confesarnos, sentarnos a conversar, cada uno por su lado, en la mañana de los sábados, y con el cual al principio me costó bastante abrirme ya que no estaba acostumbrado a conversar de mis cosas con nadie.
También recuerdo que durante los veranos venía a visitarnos a Miramar, no solo a nosotros sino también al vasto número de jóvenes que con el se dirigían y que formaban parte del gran grupo que integrábamos, y que veraneabamos todos juntos en el mismo lugar. Allí se juntaba con nosotros en la playa, conocía a nuestrs padres, participaba de asados y fogones y seguía con "su misión" de aconsejarnos y de procurar poner nuestras vidas en sintonía con Dios.
Buen tipo el padre Berg, que luego quedó perdido en el tiempo ydel que nunca más supe nada, una vez que quedara atras esa noviazgo, interrumpido abruptamente sin mi voluntad o mejor dicho en contra de ella, como un rechazo más a todo lo qu me hiciera recordar esos tiempos.
Por aquel entonces -era la etapa de comienzos del secundario- en un retiro espiritual al que fui invitado lo conocí a Ernesto Garcia Alesanco, don Ernesto o el padre Ernesto, un curita muy joven, rosarino y periodista recien llegado de España adonde había estudiado y ordenado, que realmente me sorprendió por lo novedoso de su prédica, que con un lenguaje sencillo y a nuestro alcance nos hablaba de la manera de convertir las cosas más cotidianas en una oración permanente a Dios; desde entonces las charlas -muy tranquilas- que comenzamos en ese retiro, se prolongaron a lo largo de los años.
Yo concurría periódicamente a conversar con él en los altillos de una vieja casa de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo, y ahi desfilaban los mil y un temas que por lo general abruman a los jóvenes y que yo le planteaba, para recibir siempre un buen consejo, la palabra justa y sobre todo una forma muy libre de encarar la vida, de mucho respeto hacia lo que yo pensara o hiciera.
Luego se trasladó a una enorme casona de la calle Amenabar -en Belgrano- adonde funcionaba una residencia de estudiantes regenteada por miembros del Opus Dei -al cual pertenece- y hasta allá me llegaba durante muchas tardes para proseguir con esa charla interminable que ocupó todo mi secundario y los primeros años universitarios.
¡ Don Ernesto !! Que lindos recuerdos tengo de todo aquel período "fundacional" de mi vida, durante la cual fue mi Director Espiritual, dicho así, con mayúsculas, y cuanto han tenido que ver sus consejos con muchas de mis posteriores decisiones de priorizar en la vida la libertad y la coherencia por sobre otras alternativas quizás más seguras o de compromisos méramente formales.
Luego lo trasladaron a Mendoza y no volví a verlo, durante muchísimos años, aun cuando cada tanto me llegaba su invariable mensaje, que seguía rezando por mí cada día de su vida, durante las misas, hasta el día en que falleció mi padre y ahi estaba, igual a como le recordaba, con su misma cara de niño bueno y su sonrisa cómplice, propia de quien sabe que nos conocemos tan profundamente que no hacen falta las palabras para trasmitirnos nuestros sentimientos.....y sin embargo habían pasado tantas cosas en mi vida.
Momentos de mucha oscuridad espiritual se sucedieron entonces, provenientes -fundamentalmente- de esa hipocrecía y falsa religiosidad que advierto en tantos y tantos ministros y feligreses "devotos", quen tanto daño me hicieron que no he podido sino alejarme y buscar refugio en mi intimidad, adonde puedo mantener una buena relación directa con Dios, a quien lo imagino con los brazos abiertos para recibirme, hiciera lo que hiciere y pensara lo que pensare, a la manera de don Ernesto, a quien ninguna de mis actitudes de entonces le molestaba o le horrorizaba, como sí me ha pasado luego con otros.....a quienes es mejor no recordar......
Pasaron cerca mío otros curas, en diferentes momentos de mi vida, pero ninguno dejó una huella profunda como aquella ni pude anudar con ellos una confianza mutua tan intensa. Por ejemplo, tengo un muy grato recuerdo de don Jaime de Nevares, con quien tuve un buen trato, pero más desde lo institucional, entre el obispo y el juez federal del Neuquén, que de lo religioso. Don Jaime tuvo para conmigo un detalle gigante que no puedo olvidar, cuando me invitó a la reunión que Juan Pablo II tendría con el mundo de la cultura, en el teatro Colón de Buenos Aires, durante su último visita a la Argentina, y adonde al pasar a mi lado le pude estrechar la mano, de una calidez tal que aun hoy puedo sentirla en la mía.
Otro cura sensacional fue el padre Juan San Sebastian, secretario de don Jaime y luego párroco de Ciudad Industrial, que siempre fue su sombra silenciosa pero muy eficaz, y dueño de una enorme amplitud de mente y de un corazón inmenso. Con el cura de Alta Barda, el padre Fernando Rabufet, un sacerdote español "duro", intransigente y muy austero con él mismo, pero incansable batallador, no pude lograr una gran amistad, quizas por encontrar en sus formas las antípodas de mi forma de pensar la religión y la vida. Sin embargo le ayudé mucho y con todo desinterés cuando pidió mi ayuda para poder instalar una escuela secundaria confesional en el barrio, y allí está hoy el Pablo VI, sacando año tras año generaciones formadas no solo en lo intelectual.
Con el cura Paco, capellán de la cárcel, tambien tuvimos muchos encuentros cuando yo era el juez federal de la provincia, por compartir ambos la forma en que se debía encararse esa delicada tarea de recuperar socialmente a los presos, tarea pastoral a la que se volcara con una dedicación y entregas realmente encomiables, y casi, casi, diría que no hay más sacerdotes de los que -en mi criterio-valga la pena dejar aquí un recuerdo.
Tenemos un curita muy joven en el coro, Fernando Fernández, que reune muchas de las condiciones que a mí me gusta destacar en los curas a los que trato, y que fundamentalmente se traduce en pensar con una enorme libertad, que no limite lo religioso a lo formal o litúrgico, a lo que está mandado; que procuren más imitar a Dios -que es inmenso e inconmensurable- que a aquellos oficiales de la burocracia eclesial o religiosa que tanto han hecho sufrir -durante el transcurso de los siglos- a los que simplemente somos hijos de Dios, pero también criaturas humanas. Vamos a ver si Fernando logra finalmente un lugar destacado dentro de mi vida; por ahora creo, que había que esperarlo porque alguien así, seguramente, algún día iba a llegar.
Allá, muy lejos en el tiempo, hay dos personajes siniestros, sacerdotes que circulaban descaradamente por el colegio primario al que asistía, y de quienes será imposible que logre olvidarme nunca, pero no voy a mencionarlos; Dios ya los debe tener presente. Hoy, que están saliendo a la luz tants y tantos casos semejantes, aguardo a que quizás algún día aparezcan sus nombres y se hagan públicas sus impúdicas malicias.
Al concluir esta recorrida no puedo sino volver a aquellos años de mi infancia, al niño inmanejable al que sus padres, sin saber que hacer, llevaban para que otros le pusieran los límites que de ellos no aceptaba, y así fue como me dejaron -sin quererlo- esta reacia actitud de rebelión que siempre me ha acompañado, pero mezclada con un gran respeto por todo lo que fuese religioso. Es cierto que no he sido comprendido, muchísimas veces, pero es que yo tampoco he sabido comprender muchas cosas, pero no por ello he dado portazos ni me he alejado a otras orillas; estoy cerca, pero mirando sin arrimarme, seguramente, hasta que una buena mano venga por mí.
viernes, 13 de agosto de 2010
Rodolfo E. Rivarola (Gringo), mi padre
Desde luego que entre los personajes inolvidables de mi vida no podía estar ausente mi padre, sin embargo, al comenzar a escribir en esta galería de recuerdos personales había pensado no incluir a aquellos con quienes tuviese un lazo muy cercano de parentesco. Pero hoy hacen 10 años que se fue mi padre y siento que esta puede ser una forma de estar algo más cerca suyo.
Había nacido en el año 1916, vale decir que cuando nos conocimos él andaba por los 27 años, amplio período del que no puedo tener más recuerdos que los provenientes de sus propios relatos. Cuarto hijo del matrimonio de mis abuelos, quizás por ello siempre tuvo una cierta inclinación por brindarle protección a las personas más débiles, seguramente a consecuencia de haberse sentido así él mismo por ser el más chico de la familia. No obstante ese sentimiento, a lo largo de toda mi vida lo que pude ver es que tanto su hermano varón -que era el mayor- como sus dos hermanas mujeres, siempre tuvieron un cariño muy especial para con él.
Se por sus propios relatos, que inclusive han quedado escritos, que sufrió mucho antes de conocer a mi madre, ya que estando muy avanzado en un noviazgo y ya con conversaciones sobre un próximo matrimonio, quiso la fatalidad que un accidente con un caballo truncara la vida de su novia, de vacaciones lejanas en Córdoba, y que pocos días después recibiera alegres y cariñosas noticias suyas, enviadas en una carta que despachara momentos antes del accidente fatal, en razones que lo llevaron a padecer de una nostalgia que lo acompañó a lo largo de toda su vida.
Uno de los últimos versos que escribiera antes de morir, más o menos unos 60 años después de aquel triste suceso, que encontramos garabateado en un papel y con los retoques propios de un trabajo incloncluso, estaban destinados a aquella novia lejana, perdida en el tiempo pero no en su memoria, y a la cual seguía sin duda añorando, como si no hubiera podido aceptar nunca la realidad que repentínamente le hiciera torcer el rumbo de su vida.
Otra carga pesada que debió sobrellevar fue la de su profesión de abogado, que realmente no le gustaba pero que desempeñó correcta y eficazmente durante 60 años. Decía que envidiaba el verme hacer con gusto las mismas tareas que a él le resultaban tan cuesta arriba, y siempre dijo que le hubiese gustado ser ingeniero naval y construir barcos, sobre todo veleros, pero nunca me dijo porqué no lo hizo y se enfrascó en la profesión de su padre -abogado y sobre todo docente universitario de renombre- y de su abuelo -también abogado y brillante e ilustrado politicólogo- que también era la de su hermano mayor.
Quizas sintiera que en esa familia no se podía desentonar, y muy a pesar de su apariencia de cisne, pretendió pasar como un patito más....pero repito que no lo sé ya que nunca lo llegamos a hablar. Eso sí, a la hora de tener que elegir alguna especialidad o preferencia dentro de la profesión se inclinó por el derecho laboral, el de los más débiles, como una muestra de su propia visión del derecho y de la vida, y su tesis trató sobre la participación de los obreros en las ganancias de las empresas....¡ todo un símbolo !!
Le encantaba el deporte, que de joven practicara y de grande seguía con gran interés. Jugó al rugby, al tenis y al golf; también navegó a vela y remaba muy bien. Sabía mucho de box y de carreras de caballos, lo mismo que de polo, que le fascinaba ver en Palermo al llegar el fin de cada invierno, pero no era un hincha muy fanático del futbol, aunque siempre nos chumbábamos un poco -burlonamente- cuando mi Independiente se cruzaba con su River. Eso sí, como buen "millonario" nunca se tragó a los de Boca.
Cuando yo era chico -del primario- intentó fundar un nuevo club de rugby -el Pacheco Rugby Club- al que invitó a sumarse a un importante número de chicos a los que comenzó a darnos los primeros rudimentos del juego, en los jardines de Palermo, en prácticas que ocupaban las mañanas de los sábados. Allí nos hizo conocer los códigos de conducta del rugby, tan importantes en este deporte de choque; las formas de juego de los diferentes puestos -aspirando para mí el que a él le parecía que era el más lucido, el de medio scrum-; nos enseñó a taclear, arma fundamental para poder jugar bien; a pasar la pelota hacia atras; a correr -los de la linea- manteniendo sus propios lugares, sin encimarse los unos con los otros; a formar los scrums; en fín, todo lo básico y necesario para que después uno pudiera destacarse, conforme a sus propias aptitudes.
Tenía diseñada hasta la camiseta, blanca con el cuello y los puños verdes y un escudo con las insignias del club a la izquierda, con medias verdes y pantalón blanco, pero todo se esfumó. Me parece que intentó registrarnos en la Unión como para poder competir en algunas divisiones inferiores, pero la burocracia se lo impidió.....No eran tiempos simplemente de juntarse y jugar, como los de su juventud....y allí no más quedó el intento....que hace un tiempo comentábamos con cariño con mis primo Horacio, también invitado a participar de la iniciativa.
De sus epocas de niño perdido en una casa inmensa recordaba su invento de un juego de futbol con bolitas que era muy divertido, y que él jugaba en la alfombra, pero que de grande perfeccionó para que pudiéramos jugarlo arriba de una mesa con una frazada en reemplazo de la alfombra, y una madera que mandara hacer del tamaño completo de los bordes de la mesa, y que impedía que las bolitas cayeran al piso, en reemplazo de los libros que tomaba de la biblioteca de su padre y que hacían de límites en su cancha casera.
Alló se formaban dos equipos, de cuatro jugadores cada uno, los que eran impulsados con una pequeña regla de madera o un cuchillo de postre hacia una bolita más chica que hacía las veces de pelota, mediante pases de jugador en jugador y utilizando como estrategia de desplazamiento las bandas de madera de los bordes. Así, mientras un equipo avanzaba en pos del gol, el otro -claro está- lo que procuraba era impedirlo, hasta que el tiempo marcaba el fin del partido y consolidaba un resultado.
Como no teníamos tele jugabamos mucho a este futbol con bolitas, sobre todo los domingos de invierno por la tarde, haciendo campeonatos largos, verdaderos mundiales donde participaban equipos de los diferentes paises, que se iban eliminando unos con otros, mientras por una extraña razón, el de nuestros amores lograba ir sorteando todos los obstáculos, y así nos pasábamos las horas en mi cuarto, con mi padre y muchas veces también con mi tío Horacio o alguno de mis primos.
Crecí viéndolo trabajar mañana y tarde, pero interrumpiendo su jornada al medio para venir a almorzar en casa, en una costumbre que -mientras pude hacerlo- he logrado mantener; también para él era muy importante poder cortar con el trabajo en el verano para llevarnos de vacaciones, para lo cual alguna vez me contó que a dos de sus clientes no les reclamaba el pago de sus abonos mensuales hasta casi concluir el año, para poder destinarlo a las vacaciones, que invariablemente eran en el mar, que le cautivaba, en otra de sus muchas preferencias que me transmitió.
Recuerdo bien mis primeros encuentros con esas olas gigantes, que tanto me asustaban, pero las que enfrentaba tomado de su mano para meternos luego -algunas veces- bien abajo, mientras sentíamos que el agua pasaba por encima nuestro con toda su fuerza, o saltándolas -otras veces. elévándolas a su paso, con gran alegría. Disfrutaba mucho del agua, tanto en el mar como en una pileta, y nadaba muy bien, y si cierro los ojos puedo verlo volver del mar, empapado, caminando por la arena mojada de la playa, arreglándose el pelo y con una enorme sonrisa en la cara.
Como verás, viejo, estoy escribiendo de vos como en presente, porque a pesar de los 10 años que han pasado desde tu partida aun te siento cercano y los recuerdos que me surgen espontáneos son los de una persona vital y completa; tranquila, paciente y pausada; terca y porfiada en algunas cosas con las que no transigías, pero siempre cerca mío, seguramente porque vos no pudiste disfrutar de tu padre como hubieses querido.
Me diste -además- una enorme libertad, aun desde muy chico, y confiabas en mí plénamente, lo cual -por supuesto- me hizo trastabillar algunas veces, sobre todo siendo joven, porque no siempre respondí responsablemente a esa gran muestra de confianza; pero eso no te hizo cambiar de rumbo sino seguir firme en el mismo sentido, redoblando siempre tu confianza en mí, la que sentí hasta el último de tus días cuando mirándome a los ojos me pediste que fuera "tu futuro", seguro de que así lo haría. Y así lo hice desde entonces, procurando llevarte conmigo a esos mil lugares del mundo que tanto "conocías" y a los que nunca te animaste a llegar, por no querer volar.
Hoy, 10 años después de tu primer vuelo, seguramente ya habras perdido el miedo, ese miedo que se instaló dentro tuyo siendo un niño y yo no te abandonó nunca más, y ded, y desde las alturas nos estarás mirando, a tus hijos, a tus nietos, a tus bisnietos, a los que seguimos sosteniendo tu recuerdo porque aun te sentimos a nuestro lado, hasta que volvamos a encontrarnos junto a una pelota de rugby o corriendo una carrera de bicicletas o eligiendo bolitas para empezar un partido.
Había nacido en el año 1916, vale decir que cuando nos conocimos él andaba por los 27 años, amplio período del que no puedo tener más recuerdos que los provenientes de sus propios relatos. Cuarto hijo del matrimonio de mis abuelos, quizás por ello siempre tuvo una cierta inclinación por brindarle protección a las personas más débiles, seguramente a consecuencia de haberse sentido así él mismo por ser el más chico de la familia. No obstante ese sentimiento, a lo largo de toda mi vida lo que pude ver es que tanto su hermano varón -que era el mayor- como sus dos hermanas mujeres, siempre tuvieron un cariño muy especial para con él.
Se por sus propios relatos, que inclusive han quedado escritos, que sufrió mucho antes de conocer a mi madre, ya que estando muy avanzado en un noviazgo y ya con conversaciones sobre un próximo matrimonio, quiso la fatalidad que un accidente con un caballo truncara la vida de su novia, de vacaciones lejanas en Córdoba, y que pocos días después recibiera alegres y cariñosas noticias suyas, enviadas en una carta que despachara momentos antes del accidente fatal, en razones que lo llevaron a padecer de una nostalgia que lo acompañó a lo largo de toda su vida.
Uno de los últimos versos que escribiera antes de morir, más o menos unos 60 años después de aquel triste suceso, que encontramos garabateado en un papel y con los retoques propios de un trabajo incloncluso, estaban destinados a aquella novia lejana, perdida en el tiempo pero no en su memoria, y a la cual seguía sin duda añorando, como si no hubiera podido aceptar nunca la realidad que repentínamente le hiciera torcer el rumbo de su vida.
Otra carga pesada que debió sobrellevar fue la de su profesión de abogado, que realmente no le gustaba pero que desempeñó correcta y eficazmente durante 60 años. Decía que envidiaba el verme hacer con gusto las mismas tareas que a él le resultaban tan cuesta arriba, y siempre dijo que le hubiese gustado ser ingeniero naval y construir barcos, sobre todo veleros, pero nunca me dijo porqué no lo hizo y se enfrascó en la profesión de su padre -abogado y sobre todo docente universitario de renombre- y de su abuelo -también abogado y brillante e ilustrado politicólogo- que también era la de su hermano mayor.
Quizas sintiera que en esa familia no se podía desentonar, y muy a pesar de su apariencia de cisne, pretendió pasar como un patito más....pero repito que no lo sé ya que nunca lo llegamos a hablar. Eso sí, a la hora de tener que elegir alguna especialidad o preferencia dentro de la profesión se inclinó por el derecho laboral, el de los más débiles, como una muestra de su propia visión del derecho y de la vida, y su tesis trató sobre la participación de los obreros en las ganancias de las empresas....¡ todo un símbolo !!
Le encantaba el deporte, que de joven practicara y de grande seguía con gran interés. Jugó al rugby, al tenis y al golf; también navegó a vela y remaba muy bien. Sabía mucho de box y de carreras de caballos, lo mismo que de polo, que le fascinaba ver en Palermo al llegar el fin de cada invierno, pero no era un hincha muy fanático del futbol, aunque siempre nos chumbábamos un poco -burlonamente- cuando mi Independiente se cruzaba con su River. Eso sí, como buen "millonario" nunca se tragó a los de Boca.
Cuando yo era chico -del primario- intentó fundar un nuevo club de rugby -el Pacheco Rugby Club- al que invitó a sumarse a un importante número de chicos a los que comenzó a darnos los primeros rudimentos del juego, en los jardines de Palermo, en prácticas que ocupaban las mañanas de los sábados. Allí nos hizo conocer los códigos de conducta del rugby, tan importantes en este deporte de choque; las formas de juego de los diferentes puestos -aspirando para mí el que a él le parecía que era el más lucido, el de medio scrum-; nos enseñó a taclear, arma fundamental para poder jugar bien; a pasar la pelota hacia atras; a correr -los de la linea- manteniendo sus propios lugares, sin encimarse los unos con los otros; a formar los scrums; en fín, todo lo básico y necesario para que después uno pudiera destacarse, conforme a sus propias aptitudes.
Tenía diseñada hasta la camiseta, blanca con el cuello y los puños verdes y un escudo con las insignias del club a la izquierda, con medias verdes y pantalón blanco, pero todo se esfumó. Me parece que intentó registrarnos en la Unión como para poder competir en algunas divisiones inferiores, pero la burocracia se lo impidió.....No eran tiempos simplemente de juntarse y jugar, como los de su juventud....y allí no más quedó el intento....que hace un tiempo comentábamos con cariño con mis primo Horacio, también invitado a participar de la iniciativa.
De sus epocas de niño perdido en una casa inmensa recordaba su invento de un juego de futbol con bolitas que era muy divertido, y que él jugaba en la alfombra, pero que de grande perfeccionó para que pudiéramos jugarlo arriba de una mesa con una frazada en reemplazo de la alfombra, y una madera que mandara hacer del tamaño completo de los bordes de la mesa, y que impedía que las bolitas cayeran al piso, en reemplazo de los libros que tomaba de la biblioteca de su padre y que hacían de límites en su cancha casera.
Alló se formaban dos equipos, de cuatro jugadores cada uno, los que eran impulsados con una pequeña regla de madera o un cuchillo de postre hacia una bolita más chica que hacía las veces de pelota, mediante pases de jugador en jugador y utilizando como estrategia de desplazamiento las bandas de madera de los bordes. Así, mientras un equipo avanzaba en pos del gol, el otro -claro está- lo que procuraba era impedirlo, hasta que el tiempo marcaba el fin del partido y consolidaba un resultado.
Como no teníamos tele jugabamos mucho a este futbol con bolitas, sobre todo los domingos de invierno por la tarde, haciendo campeonatos largos, verdaderos mundiales donde participaban equipos de los diferentes paises, que se iban eliminando unos con otros, mientras por una extraña razón, el de nuestros amores lograba ir sorteando todos los obstáculos, y así nos pasábamos las horas en mi cuarto, con mi padre y muchas veces también con mi tío Horacio o alguno de mis primos.
Crecí viéndolo trabajar mañana y tarde, pero interrumpiendo su jornada al medio para venir a almorzar en casa, en una costumbre que -mientras pude hacerlo- he logrado mantener; también para él era muy importante poder cortar con el trabajo en el verano para llevarnos de vacaciones, para lo cual alguna vez me contó que a dos de sus clientes no les reclamaba el pago de sus abonos mensuales hasta casi concluir el año, para poder destinarlo a las vacaciones, que invariablemente eran en el mar, que le cautivaba, en otra de sus muchas preferencias que me transmitió.
Recuerdo bien mis primeros encuentros con esas olas gigantes, que tanto me asustaban, pero las que enfrentaba tomado de su mano para meternos luego -algunas veces- bien abajo, mientras sentíamos que el agua pasaba por encima nuestro con toda su fuerza, o saltándolas -otras veces. elévándolas a su paso, con gran alegría. Disfrutaba mucho del agua, tanto en el mar como en una pileta, y nadaba muy bien, y si cierro los ojos puedo verlo volver del mar, empapado, caminando por la arena mojada de la playa, arreglándose el pelo y con una enorme sonrisa en la cara.
Como verás, viejo, estoy escribiendo de vos como en presente, porque a pesar de los 10 años que han pasado desde tu partida aun te siento cercano y los recuerdos que me surgen espontáneos son los de una persona vital y completa; tranquila, paciente y pausada; terca y porfiada en algunas cosas con las que no transigías, pero siempre cerca mío, seguramente porque vos no pudiste disfrutar de tu padre como hubieses querido.
Me diste -además- una enorme libertad, aun desde muy chico, y confiabas en mí plénamente, lo cual -por supuesto- me hizo trastabillar algunas veces, sobre todo siendo joven, porque no siempre respondí responsablemente a esa gran muestra de confianza; pero eso no te hizo cambiar de rumbo sino seguir firme en el mismo sentido, redoblando siempre tu confianza en mí, la que sentí hasta el último de tus días cuando mirándome a los ojos me pediste que fuera "tu futuro", seguro de que así lo haría. Y así lo hice desde entonces, procurando llevarte conmigo a esos mil lugares del mundo que tanto "conocías" y a los que nunca te animaste a llegar, por no querer volar.
Hoy, 10 años después de tu primer vuelo, seguramente ya habras perdido el miedo, ese miedo que se instaló dentro tuyo siendo un niño y yo no te abandonó nunca más, y ded, y desde las alturas nos estarás mirando, a tus hijos, a tus nietos, a tus bisnietos, a los que seguimos sosteniendo tu recuerdo porque aun te sentimos a nuestro lado, hasta que volvamos a encontrarnos junto a una pelota de rugby o corriendo una carrera de bicicletas o eligiendo bolitas para empezar un partido.
lunes, 5 de julio de 2010
Vicente Ramos Canale y Bartolomé L. Cordero (Bartolo)
Mis buenos amigos neuqinos, Vicente y Bartolo, ambos se han ganado el derecho de ser incorporados a esta galeria de personajes inolvidables de mi vida, precisamente por ser tan buenos amigos. Ninguno de los dos había nacido aquí, sino que eran porteños, pero se hicieron bien neuqinos, comprometidos con esta tierra maravillosa, desde muy jóvenes.
A Vicente le había conocido en Bs.As., en casa de mi primo Ricardo, todavía noviando -¿o pololeando?- con Margarita, esa simpática chilena que nunca perdió el acento marcado de su tierra, y ni bien aterricé por aquí unos diez años más tarde, no solo vino enseguida a mi encuentro, sino que se pudo incondicionalmente a nuestra disposición "para lo que fuera", y así siguió siempre, con esa misma actitud generosa para conmigo, a lo largo de los años que vinieron luego, y a pesar de todas las contingencias adversas que desde entonces le sucedieron.
En cambio con Bartolo nos conocimos en Neuquén y en torno al mundo del rugby, al que él contribuia desde la formación infantil que impartía con gran tesón en Marabunta, que era el club que comencé a frecuentar al llegar a la zona, ya que allí es donde jugaba mi hijo Rodolfo. No recuerdo el momento preciso en el que nos encontramos por primera vez, entiendo que por medio de amigos en común, pero sí tengo bien presentes su gran calidez personal y su enorme vocación por la docencia deportiva y sobre todo por la buena formación humana que es tan importante en un deporte de choque como es el rugby.
Si bien entre estos dos amigos míos no existía a su vez una relación de amistad, con cada uno de ellos por separado fui anudando una amistad franca, espontánea, abierta y sincera que, en el caso de Vicente se extendió también a Margarita y a sus hijos, sin que por ello tuviésemos necesidad de tener una gran frecuencia de trato por tanto ellos como yo teníamos a su vez nuestros propios grupos de amigos cotidianos, así como actividades diferentes. Pero ello no impidió que la amistad que se gestara entre nosotros tuviese una gran solidez, que no siempre he logrado con aquellos a quines he tratado casi cotidianamente, pero quizas de una manera más superficial.
En realidad, pienso que lo que terminó por consolidar esa amistad tan genuina fue el haber podido compartir las adversidades que a los tres nos fue deparando, en algún momento, el destino, más allá de los ocasionales refugios en los que cada uno de nosotros se sumergió para procurar paliar, siquiera fuese en parte, los efectos de nuestras respectivas contrariedades.
Tengo clara la expresión de desazón en el rostro angustiado de Vicente, tratando de entender lo incomprensible, cuando me pedía que le explicara las motivaciones de una sentencia penal a todas luces injusta, que lo devastó, y en la que se lo juzgó con enorme rencor y malicia, luego de haber dado la cara por alguien que no lo merecía y que era el verdadero responsable de cuanto se le exigía, y a quien en definitiva protegió con su lealtad incondicional, sin que el beneficiado fuera capaz, tiempo después, de brindarle una mano -pudiendo hacerlo- cuando Vicente lo necesitó.
Y después llegó, insensible, la gran depresión económica que lo tomó desprevenido, justo a él que había vivido compartiendo el fruto de sus ganancias legítimas, de lo que son una buena muestra las maderas que cubren el techo de la Catedral neuqina que generosamente donara en tiempos de bonanza, con el agravante que todo esto le llegó siendo ya un hombre grande a quien las puertas laborales se le fueron cerrando, una tras otra.
Sin embargo, en medio de todo ese dificil panorama, siempre estuvo cerca mío cuando me tocó atravesar una gran crisis afectiva, y semanalmente me llamaba los miercoles para que saliéramos juntos a cenar y así podía desahogarme y apartarme por un rato de todos mis padecimientos. Un hombre íntegro y cabal, don Vicente Ramos Canale, que nunca perdió la esperanza.
Estabas asustado, Vicente, la última vez que nos vimos, en una de las tantas visitas que solías hacerme en el Estudio, porque tenían que operarte y no sabías si podrías superarlo, pero pudiste hacerlo, y supe por Margarita que no solo lo supiste sino que estabas tranquilo y -descarto- con una gra alegría. Luego, las cosas se sucedieron muy rápidamente, tanto que cuando al otro día -a la noche- fuimos a visitarte ya te habías marchado, al compas de una infección maldita que no te perdonó, y así, silenciosamente, te fuiste llevándote tus lealtades y tu amistad.
No pude despedirte, querido amigo -que estabas tan asustado como lo está un niño pequeño en la oscuridad- con el cariño y la alegría que me hubiese gustado, y aun se me hace un nudo en la garganta cada vez que te recuerdo. Por eso quise que estuvieses aquí, junto a mis recuerdos inolvidables, mientras sigo extrañando el cálido "hola doc" con el que invariablemente me saludabas.
En cuanto a Bartolo, a quien por suerte suelo ver de tanto en tanto, es otro de esos personajes que hacen de la amistad un verdadero culto, y a quien sin ninguna duda uno puede recurrir -como lo han hecho tantos- cuando se necesita de una mano amiga, aunque venga abiertamente brindada con esa vehemente y eufórica pasión tan propiamente suyas.
También anudamos nuestra relación en tiempos dificiles para ambos, cuando la incomprensión y el aislamiento fue el duro castigo que muchos le impusieron sin haber querido escuchar de sus razones, cualquiera que estas fueses, y así se fueron sucediendo -¿recuerdas Bartolo?- largos encuentros en nuestras respectivas casas, en los que junto a Anamá procurábamos tranquilizarte con palabras que invitaban a la paciencia y la esperanza, en consejos que vos escuchabas con enorme humildad y que a su vez nosotros -antes- habías recibimo y a los que procurábamos aferrarnos para poder sobrellevar nuestras propias tristezas.
Gran amigo -lo repito- pero a la vez hijo sensible y comprometido; padre preocupado; laburante honesto; entrenador deportivo incansable; divertidísimo narrador de anécdotas; cocinero esmerado y exquisito; dueño de un corazón gigante y de un cuerpo rebelde en aceptar las limitaciones a las que periódicamente lo somete, tan rebelde como lo es él para aceptar aquello que lo disgusta.
Y así es como quería reunirnos a los dos, a Vicente y a Bartolo, poerque ambos han sido amigos muy queridos que la vida sorpresivamente me regaló ya de grande, y a la que tanto le agradezco haberlos podido tener junto a mí, sobre todo en los momentos dificiles, por suerte ya olvidados. Aquí estan, desde hoy, reunidos en mi galería dee recuerdos, como lo están desde hace mucho tiempo en mi corazón.
A Vicente le había conocido en Bs.As., en casa de mi primo Ricardo, todavía noviando -¿o pololeando?- con Margarita, esa simpática chilena que nunca perdió el acento marcado de su tierra, y ni bien aterricé por aquí unos diez años más tarde, no solo vino enseguida a mi encuentro, sino que se pudo incondicionalmente a nuestra disposición "para lo que fuera", y así siguió siempre, con esa misma actitud generosa para conmigo, a lo largo de los años que vinieron luego, y a pesar de todas las contingencias adversas que desde entonces le sucedieron.
En cambio con Bartolo nos conocimos en Neuquén y en torno al mundo del rugby, al que él contribuia desde la formación infantil que impartía con gran tesón en Marabunta, que era el club que comencé a frecuentar al llegar a la zona, ya que allí es donde jugaba mi hijo Rodolfo. No recuerdo el momento preciso en el que nos encontramos por primera vez, entiendo que por medio de amigos en común, pero sí tengo bien presentes su gran calidez personal y su enorme vocación por la docencia deportiva y sobre todo por la buena formación humana que es tan importante en un deporte de choque como es el rugby.
Si bien entre estos dos amigos míos no existía a su vez una relación de amistad, con cada uno de ellos por separado fui anudando una amistad franca, espontánea, abierta y sincera que, en el caso de Vicente se extendió también a Margarita y a sus hijos, sin que por ello tuviésemos necesidad de tener una gran frecuencia de trato por tanto ellos como yo teníamos a su vez nuestros propios grupos de amigos cotidianos, así como actividades diferentes. Pero ello no impidió que la amistad que se gestara entre nosotros tuviese una gran solidez, que no siempre he logrado con aquellos a quines he tratado casi cotidianamente, pero quizas de una manera más superficial.
En realidad, pienso que lo que terminó por consolidar esa amistad tan genuina fue el haber podido compartir las adversidades que a los tres nos fue deparando, en algún momento, el destino, más allá de los ocasionales refugios en los que cada uno de nosotros se sumergió para procurar paliar, siquiera fuese en parte, los efectos de nuestras respectivas contrariedades.
Tengo clara la expresión de desazón en el rostro angustiado de Vicente, tratando de entender lo incomprensible, cuando me pedía que le explicara las motivaciones de una sentencia penal a todas luces injusta, que lo devastó, y en la que se lo juzgó con enorme rencor y malicia, luego de haber dado la cara por alguien que no lo merecía y que era el verdadero responsable de cuanto se le exigía, y a quien en definitiva protegió con su lealtad incondicional, sin que el beneficiado fuera capaz, tiempo después, de brindarle una mano -pudiendo hacerlo- cuando Vicente lo necesitó.
Y después llegó, insensible, la gran depresión económica que lo tomó desprevenido, justo a él que había vivido compartiendo el fruto de sus ganancias legítimas, de lo que son una buena muestra las maderas que cubren el techo de la Catedral neuqina que generosamente donara en tiempos de bonanza, con el agravante que todo esto le llegó siendo ya un hombre grande a quien las puertas laborales se le fueron cerrando, una tras otra.
Sin embargo, en medio de todo ese dificil panorama, siempre estuvo cerca mío cuando me tocó atravesar una gran crisis afectiva, y semanalmente me llamaba los miercoles para que saliéramos juntos a cenar y así podía desahogarme y apartarme por un rato de todos mis padecimientos. Un hombre íntegro y cabal, don Vicente Ramos Canale, que nunca perdió la esperanza.
Estabas asustado, Vicente, la última vez que nos vimos, en una de las tantas visitas que solías hacerme en el Estudio, porque tenían que operarte y no sabías si podrías superarlo, pero pudiste hacerlo, y supe por Margarita que no solo lo supiste sino que estabas tranquilo y -descarto- con una gra alegría. Luego, las cosas se sucedieron muy rápidamente, tanto que cuando al otro día -a la noche- fuimos a visitarte ya te habías marchado, al compas de una infección maldita que no te perdonó, y así, silenciosamente, te fuiste llevándote tus lealtades y tu amistad.
No pude despedirte, querido amigo -que estabas tan asustado como lo está un niño pequeño en la oscuridad- con el cariño y la alegría que me hubiese gustado, y aun se me hace un nudo en la garganta cada vez que te recuerdo. Por eso quise que estuvieses aquí, junto a mis recuerdos inolvidables, mientras sigo extrañando el cálido "hola doc" con el que invariablemente me saludabas.
En cuanto a Bartolo, a quien por suerte suelo ver de tanto en tanto, es otro de esos personajes que hacen de la amistad un verdadero culto, y a quien sin ninguna duda uno puede recurrir -como lo han hecho tantos- cuando se necesita de una mano amiga, aunque venga abiertamente brindada con esa vehemente y eufórica pasión tan propiamente suyas.
También anudamos nuestra relación en tiempos dificiles para ambos, cuando la incomprensión y el aislamiento fue el duro castigo que muchos le impusieron sin haber querido escuchar de sus razones, cualquiera que estas fueses, y así se fueron sucediendo -¿recuerdas Bartolo?- largos encuentros en nuestras respectivas casas, en los que junto a Anamá procurábamos tranquilizarte con palabras que invitaban a la paciencia y la esperanza, en consejos que vos escuchabas con enorme humildad y que a su vez nosotros -antes- habías recibimo y a los que procurábamos aferrarnos para poder sobrellevar nuestras propias tristezas.
Gran amigo -lo repito- pero a la vez hijo sensible y comprometido; padre preocupado; laburante honesto; entrenador deportivo incansable; divertidísimo narrador de anécdotas; cocinero esmerado y exquisito; dueño de un corazón gigante y de un cuerpo rebelde en aceptar las limitaciones a las que periódicamente lo somete, tan rebelde como lo es él para aceptar aquello que lo disgusta.
Y así es como quería reunirnos a los dos, a Vicente y a Bartolo, poerque ambos han sido amigos muy queridos que la vida sorpresivamente me regaló ya de grande, y a la que tanto le agradezco haberlos podido tener junto a mí, sobre todo en los momentos dificiles, por suerte ya olvidados. Aquí estan, desde hoy, reunidos en mi galería dee recuerdos, como lo están desde hace mucho tiempo en mi corazón.
sábado, 19 de junio de 2010
Rafael Sierra Azpiazu (Rafa)
Esta galería de personajes no está limitada únicamente a los que habiendo pasado por mi lado, hoy ya no están aquí, en la tierra, ya que son varios aquellos que además de ser parte de mis personajes inolvidables, me permiten seguir disfrutando -cada tanto- de su compañía, como es el caso de esta amigo tan entrañable que reside en Madrid.
Español por nacimiento, cuna y formación, es de esos típicos españoles autenticamente convencidos de su ser y su destino como tales, en el caso de Rafa con ideas políticas de derecha, bien definidas y defendidas sin pelos en la lengua, pero a la vez totalmente anti-monárquico rabioso, de aquellos que no comprenden ni justifican la existencia de una monarquía en España, en posición que en su momento me sorprendió ya que para mí el ser de derechas implicaba ser monárquico, cuando no es así, y si bien todos los monárquicos son de derecha -en términos generales, se entiende- no todos los de ideas de derecha son a su vez monárquicos. Lo bueno del caso en que todos los españoles defienden sus ideas, o te las transmiten, con una vehemencia propia de una discusión entre jóvenes idealistas.
Con Rafa nos conocimos una mañana en Zapala, en que nos juntamos a almorzar; él estaba allí acompañando a un hijo suyo -por entonces medio sabandija- que había venido con un amigo a esquiar a San Martín de los Andes, pero en plan más de diversión que deportivo, y que por una alcahuetería de alguno que se la tenía jurada, junto a un amigo suyo español con el que viniera, fueron a parar a la carcel con un cargo bastante grave como es el de transporte de drogas, y luego derivados a Zapala a disposicion del juez federal de esa ciudad.
Y hacía allá partió Rafa, a tomar la posta y asumir intensamente -como todo lo que emprende- la responsabilidad de la dificil tarea de lograr la libertad de su hijo y de su amigo, cuyas defensas se me habían confiado previamente y respecto de la cual era preciso conversar para acordar algunas precisiones, siendo ese el motivo que generó nuestro primer encuentro.
Me impresionó como un hombre grande, y no me refiero a su edad que es la misma que la mía y que quince años atras rondaría los 50; y tampoco de tamaño, aun cuando sus dimensiones físicas son importantes; la grandeza a la que me refiero es la del espíritu, dueño de un corazón de aquellos que vienen "sin restricciones", inmenso corazón que -se advertía- padecía un gran sufrimiento por la suerte que pudiera correr su hijo, a quien dispuso que se lo acompañara en forma permanente -"el tiempo que fuese"- por alguno de los integrantes de su familia quienes, efectivamente, a lo largo del año que transcurriera hasta que finalmente se logró ponerlos en libertad, nunca les faltó la compañía familiar, ya fuera por parte de él o de alguno de sus otros hijos varones con quienes se turnó, únicamente para poder estar junto a ellos durante esas dos horas diarias de visita que la Gendarmería permitía.
Todavía recuerdo la enorme tristeza del relato que me hiciera Rafa del día en que debió regresar a su Madrid luego de la primera visita a Ismael, su hijo, al mirar por la ventanilla del avión ese suelo desértico y lejano en el que se retenía al objeto de sus amores y preocupaciones, porque Rafa, siendo padre, también tenía -y tiene- entrañas de madre, protectora y atenta.
Mientras debió permanecer allá, en Madrid, me llamaba por teléfono casi diariamente en torno de las 6 o las 7 de la tarde, cuando allá se había terminado la jornada laboral y el regresaba a su casa, llamadas en las cuales me preguntaba sobre las novedades que se pudieran haber producido desde nuestra conversación anterior, respecto de cada una de las estrategias que en conjunto habíamos previamente planeado en pos de ese objetivo común.
Rafael me demostró, a lo largo de ese año que para él fue casi interminable, que era un padre con todos los atributos propios del varón serio y responsable que conduce a su familia, sin que por ello apareciera en algún momento alguna muestra de ira o simplemente de descontento hacia su hijo a quien, con toda seguridad, habrá regañado pero privadamente, sin que nadie tuviese porqué enterarse.
Viajó dos veces a lo largo de ese año, con permanencias bastante prolongadas en Zapala, pero sin poder asistir a las audiencias del proceso oral que finalmente se les siguiera a los chicos aqui, en Neuquén, debido -entiendo- a razones económicas que, a la par de lo que aquí le sucedía, le fueron minando su actividad y sus recursos allá en España, al punto que cuando por fin logró recuperar a su hijo y tenerlo consigo, lo que perdió fue su emprendimiento empresario a manos de un socio indigno que se aprovechó de la situación por la que atravesaba Rafa, para actuar en su propio beneficio, generándose así una nueva coincidencia conmigo a quien también por ese entonces, un socio me produjo un gran perjuicio económico.
Y así terminamos ambos aquel año, con la alegría de ver que el fruto de todo ese enorme esfuerzo había sido alcanzado al lograrse la libertad de Ismael y José Luís, su amigo, pero a costa de tener que comenzar con una reconstrucción desde lo económico, que gracias a Dios, en los dos casos tuvo a la larga resultados satisfactorios. Y volvimos a encontrarnos, al cabo de los años, allá en el Madrid de sus amores, y el abrazo que entonces nos dimos contenía esos mil recuerdos escondidos en ambos corazones, porque a lo largo del tiempo y de la frecuencia de trato cibernético, nos fuimos haciendo buenos amigos, de esos que a los 50 años no es muy fácil de encontrar, y mucho menos cuando media nada menos que un océano de separación entre ambos.
Y nos recibió; y nos atendió; y nos paseó; y nos agasajó de una forma como sólo los amigos más entrañables suelen hacer; y volvimos a recordar -ahora con alegría- aquellas jornadas de su estancia zapalina, en actitudes muy generosas que se han repetido en otros viajes que tuvimos la oportunidad de hacer a España, en los que se puso enteramente a nuetra disposición y, siguiendo con su misma actitud de entonces, cuando él no pudo hacerlo personalmente, su presencia se manifestaba por intermedio de alguno de sus hijos, contagiados del mismo agradecimiento que sentía su padre.
Yo te quiero agradecer, amigo Rafa, esa amistad tan sincera que me dispensas, y mi forma de hacerlo es asentando tu nombre en este sitio en donde procuro volcar los recuerdos más queridos de todo lo que me ha sucedido a lo largo de mi vida; aquello que me resulta "inolvidable", sabiendo que esa amistad que nos brindamos y que ya se transmite hacia quienes vienen detrás nuestro, nos mantendrá unidos a pesar de las distancias, porque nacida en tiempos difíciles -para ambos- ha logrado una fuerza y una calidez que rara vez se encuentra, aun con aquellos a quienes podemos tratar cotidianamente.
Español por nacimiento, cuna y formación, es de esos típicos españoles autenticamente convencidos de su ser y su destino como tales, en el caso de Rafa con ideas políticas de derecha, bien definidas y defendidas sin pelos en la lengua, pero a la vez totalmente anti-monárquico rabioso, de aquellos que no comprenden ni justifican la existencia de una monarquía en España, en posición que en su momento me sorprendió ya que para mí el ser de derechas implicaba ser monárquico, cuando no es así, y si bien todos los monárquicos son de derecha -en términos generales, se entiende- no todos los de ideas de derecha son a su vez monárquicos. Lo bueno del caso en que todos los españoles defienden sus ideas, o te las transmiten, con una vehemencia propia de una discusión entre jóvenes idealistas.
Con Rafa nos conocimos una mañana en Zapala, en que nos juntamos a almorzar; él estaba allí acompañando a un hijo suyo -por entonces medio sabandija- que había venido con un amigo a esquiar a San Martín de los Andes, pero en plan más de diversión que deportivo, y que por una alcahuetería de alguno que se la tenía jurada, junto a un amigo suyo español con el que viniera, fueron a parar a la carcel con un cargo bastante grave como es el de transporte de drogas, y luego derivados a Zapala a disposicion del juez federal de esa ciudad.
Y hacía allá partió Rafa, a tomar la posta y asumir intensamente -como todo lo que emprende- la responsabilidad de la dificil tarea de lograr la libertad de su hijo y de su amigo, cuyas defensas se me habían confiado previamente y respecto de la cual era preciso conversar para acordar algunas precisiones, siendo ese el motivo que generó nuestro primer encuentro.
Me impresionó como un hombre grande, y no me refiero a su edad que es la misma que la mía y que quince años atras rondaría los 50; y tampoco de tamaño, aun cuando sus dimensiones físicas son importantes; la grandeza a la que me refiero es la del espíritu, dueño de un corazón de aquellos que vienen "sin restricciones", inmenso corazón que -se advertía- padecía un gran sufrimiento por la suerte que pudiera correr su hijo, a quien dispuso que se lo acompañara en forma permanente -"el tiempo que fuese"- por alguno de los integrantes de su familia quienes, efectivamente, a lo largo del año que transcurriera hasta que finalmente se logró ponerlos en libertad, nunca les faltó la compañía familiar, ya fuera por parte de él o de alguno de sus otros hijos varones con quienes se turnó, únicamente para poder estar junto a ellos durante esas dos horas diarias de visita que la Gendarmería permitía.
Todavía recuerdo la enorme tristeza del relato que me hiciera Rafa del día en que debió regresar a su Madrid luego de la primera visita a Ismael, su hijo, al mirar por la ventanilla del avión ese suelo desértico y lejano en el que se retenía al objeto de sus amores y preocupaciones, porque Rafa, siendo padre, también tenía -y tiene- entrañas de madre, protectora y atenta.
Mientras debió permanecer allá, en Madrid, me llamaba por teléfono casi diariamente en torno de las 6 o las 7 de la tarde, cuando allá se había terminado la jornada laboral y el regresaba a su casa, llamadas en las cuales me preguntaba sobre las novedades que se pudieran haber producido desde nuestra conversación anterior, respecto de cada una de las estrategias que en conjunto habíamos previamente planeado en pos de ese objetivo común.
Rafael me demostró, a lo largo de ese año que para él fue casi interminable, que era un padre con todos los atributos propios del varón serio y responsable que conduce a su familia, sin que por ello apareciera en algún momento alguna muestra de ira o simplemente de descontento hacia su hijo a quien, con toda seguridad, habrá regañado pero privadamente, sin que nadie tuviese porqué enterarse.
Viajó dos veces a lo largo de ese año, con permanencias bastante prolongadas en Zapala, pero sin poder asistir a las audiencias del proceso oral que finalmente se les siguiera a los chicos aqui, en Neuquén, debido -entiendo- a razones económicas que, a la par de lo que aquí le sucedía, le fueron minando su actividad y sus recursos allá en España, al punto que cuando por fin logró recuperar a su hijo y tenerlo consigo, lo que perdió fue su emprendimiento empresario a manos de un socio indigno que se aprovechó de la situación por la que atravesaba Rafa, para actuar en su propio beneficio, generándose así una nueva coincidencia conmigo a quien también por ese entonces, un socio me produjo un gran perjuicio económico.
Y así terminamos ambos aquel año, con la alegría de ver que el fruto de todo ese enorme esfuerzo había sido alcanzado al lograrse la libertad de Ismael y José Luís, su amigo, pero a costa de tener que comenzar con una reconstrucción desde lo económico, que gracias a Dios, en los dos casos tuvo a la larga resultados satisfactorios. Y volvimos a encontrarnos, al cabo de los años, allá en el Madrid de sus amores, y el abrazo que entonces nos dimos contenía esos mil recuerdos escondidos en ambos corazones, porque a lo largo del tiempo y de la frecuencia de trato cibernético, nos fuimos haciendo buenos amigos, de esos que a los 50 años no es muy fácil de encontrar, y mucho menos cuando media nada menos que un océano de separación entre ambos.
Y nos recibió; y nos atendió; y nos paseó; y nos agasajó de una forma como sólo los amigos más entrañables suelen hacer; y volvimos a recordar -ahora con alegría- aquellas jornadas de su estancia zapalina, en actitudes muy generosas que se han repetido en otros viajes que tuvimos la oportunidad de hacer a España, en los que se puso enteramente a nuetra disposición y, siguiendo con su misma actitud de entonces, cuando él no pudo hacerlo personalmente, su presencia se manifestaba por intermedio de alguno de sus hijos, contagiados del mismo agradecimiento que sentía su padre.
Yo te quiero agradecer, amigo Rafa, esa amistad tan sincera que me dispensas, y mi forma de hacerlo es asentando tu nombre en este sitio en donde procuro volcar los recuerdos más queridos de todo lo que me ha sucedido a lo largo de mi vida; aquello que me resulta "inolvidable", sabiendo que esa amistad que nos brindamos y que ya se transmite hacia quienes vienen detrás nuestro, nos mantendrá unidos a pesar de las distancias, porque nacida en tiempos difíciles -para ambos- ha logrado una fuerza y una calidez que rara vez se encuentra, aun con aquellos a quienes podemos tratar cotidianamente.
jueves, 3 de junio de 2010
Sara Rodriguez de Aberastain Oro (mi tía Sara)
Creo que ya era hora que una mujer se integrara a este grupo tan heterogéneo de personajes que, a lo largo de mi vida, han logrado obtener un lugar jerarquizado entre mis mejores recuerdos, al punto de poder ser considerados "inolvidabes". Nada mejor, entonces, que encabezar ese listado de mujeres con mi tía Sara, tía abuela -en realidad- porque era una de las hermanas de mi abuela materna a quien nunca conocí.
Mi tía Sara vivía junto a otra hermana suya, Celina R. de Noble, nuestra " Maina ", en la casa quinta que esta última tenía en el Tigre y adonde habíamos terminado conviviendo un grupo grande de personas relacionadas todas ellas de alguna forma con la familia Rodriguez, y que se trasladaran a vivir allá al venderse la casa grande de la calle Juncal que hasta entonces los albergara, al fallecer mi bisabuelo -el Gral. Victoriano Rodriguez-
Sara tenía un carácter muy especial; era de esas personas muy terminantes, que pueden querer en forma incondicional a quienes están junto a ella, o bien no tenerlas para nada en cuenta, sin muchas explicaciones que pudieran justificar una u otra forma de conducirse, lo cual -sin dudas-la convertía en alguien tremendamente arbitrario a la hora de escoger a sus preferidos, entre los cuales -de chico- yo no estaba, sin poder encontrarle una explicación a esas claras diferencias que establecía -por ejemplo- con mi hermana, y sin haber podido comprender mucho el porqué.
No obstante, una vez que se vendió aquella vieja quinta del Tigre, yo seguí visitando a mis tías -Maina y Sara- en el departamento que tenían en la calle Arenales y Carlos Pellegrini, aunque deba reconocer que lo hacía, fundamentalmente, por la primera, a quien realmente quería muchísimo, a quienes solía acompañar una vez a la semana a la hora de cenar, durante mis años de estudiante, tanto secundario como universitario.
Sara era asmática, una asmática crónica que solía tener ataques que la ponían muy mal porque se ahogaba y no podía respirar, lo que a mí realmente me aterraba porque no sabía que debía hacer. No recuerdo bien en que año habrá sido pero sí que en una oportunidad estuvo muy enferma y abatida, lo cual a mí me causó mucha impresión porque siempre la había visto elegantemente vestida a la última moda, con su pelo de un color muy firme y muy jovial en el trato, en contraste con esa persona debil y agotada que yacía en una cama, con los ojos cerrados, el pelo completamente blanco y una tremenda dificultad para respirar.
Seguramente su estado era muy grave y entendí que se estaba muriendo, de modo que me puse a su lado y tomándole una mano comencé a acariciarla suavemente, como procurando transmitirle un consuelo o tranquilidad que le quitara en parte esa angustia que se advertía en su rostro cansado; así habremos permanecido un largo rato, hasta que advertí que se había quedado profundamente dormida, y entonces me fui, sin saber muy bien si volvería a verla con vida.
Pero Sara vivió, se restableció, volvió a ser la misma mujer vital de siempre por muchos años más, con la única diferencia que a partir de entonces cambió ostensiblemente la manera de demostrarme su cariño, que se volvió llamativamente preferencial y por demás protector, sobre todo en materia económica, en cuidados que -a mi no me caben dudas- aun hoy en día me sigue prodigando desde el lugar en el que se encuentre, cuando alguna dificultad monetaria grave se me presenta y yo se lo pido, simplemente, con una mirada a la fotografía de ella que tengo aquí, en mi escritorio, con mi hijo Francisco recién nacido en sus brazos.
Vivió muchos años y, si bien no supimos nunca muy bien cuantos -ya que era muy coqueta como para decirlo- sé que pasaron los 90, siempre pensando que el desenlace final se produciría en el extranjero, como una gitana mentirosa se lo vaticinara siendo muy joven, en predicción que -por las dudas- nunca quiso tentar, razón por la cual, pudiendo hacerlo muchas veces, jamás salió del país.
Yo ya vivía en Neuquén cuando se marchó -un 1ro. de mayo- sin haber sido al final muy consecuente con mis visitas, que se fueron espaciando al compás -seguramente- de ciertos distanciamientos que se fueron dando con mi madre, provocados -según entiendo- al haber agravado los muchos años que iba acumulando, aquellas notorias diferencias que Sara les dispensaba a muchas de las personas que estaban cerca suya, y que mi madre, sin ninguna duda, padeció sin comprender nunca el porqué.
No quisiera -sin embargo- que esos pequeños altercados finales opacasen el gran cariño que existió entre nosotros, y que me hacen ahora recordarte a la distancia, querida Sara, con aquella enorme alegría con la que seguías el crecimiento de mis hijos, tus bisnietos postizos, que unos tras otros fueron desfilando por tus brazos, esos mismos brazos que nunca pudieron acunar con ternura a un hijo propio y que quizás por eso no te permitiste dar rienda suelta a tu gran corazón de madre que así quedó detenido en el tiempo, a la espera de quien -por alguna extraña razón- lograba conmoverlo.
Mi tía Sara vivía junto a otra hermana suya, Celina R. de Noble, nuestra " Maina ", en la casa quinta que esta última tenía en el Tigre y adonde habíamos terminado conviviendo un grupo grande de personas relacionadas todas ellas de alguna forma con la familia Rodriguez, y que se trasladaran a vivir allá al venderse la casa grande de la calle Juncal que hasta entonces los albergara, al fallecer mi bisabuelo -el Gral. Victoriano Rodriguez-
Sara tenía un carácter muy especial; era de esas personas muy terminantes, que pueden querer en forma incondicional a quienes están junto a ella, o bien no tenerlas para nada en cuenta, sin muchas explicaciones que pudieran justificar una u otra forma de conducirse, lo cual -sin dudas-la convertía en alguien tremendamente arbitrario a la hora de escoger a sus preferidos, entre los cuales -de chico- yo no estaba, sin poder encontrarle una explicación a esas claras diferencias que establecía -por ejemplo- con mi hermana, y sin haber podido comprender mucho el porqué.
No obstante, una vez que se vendió aquella vieja quinta del Tigre, yo seguí visitando a mis tías -Maina y Sara- en el departamento que tenían en la calle Arenales y Carlos Pellegrini, aunque deba reconocer que lo hacía, fundamentalmente, por la primera, a quien realmente quería muchísimo, a quienes solía acompañar una vez a la semana a la hora de cenar, durante mis años de estudiante, tanto secundario como universitario.
Sara era asmática, una asmática crónica que solía tener ataques que la ponían muy mal porque se ahogaba y no podía respirar, lo que a mí realmente me aterraba porque no sabía que debía hacer. No recuerdo bien en que año habrá sido pero sí que en una oportunidad estuvo muy enferma y abatida, lo cual a mí me causó mucha impresión porque siempre la había visto elegantemente vestida a la última moda, con su pelo de un color muy firme y muy jovial en el trato, en contraste con esa persona debil y agotada que yacía en una cama, con los ojos cerrados, el pelo completamente blanco y una tremenda dificultad para respirar.
Seguramente su estado era muy grave y entendí que se estaba muriendo, de modo que me puse a su lado y tomándole una mano comencé a acariciarla suavemente, como procurando transmitirle un consuelo o tranquilidad que le quitara en parte esa angustia que se advertía en su rostro cansado; así habremos permanecido un largo rato, hasta que advertí que se había quedado profundamente dormida, y entonces me fui, sin saber muy bien si volvería a verla con vida.
Pero Sara vivió, se restableció, volvió a ser la misma mujer vital de siempre por muchos años más, con la única diferencia que a partir de entonces cambió ostensiblemente la manera de demostrarme su cariño, que se volvió llamativamente preferencial y por demás protector, sobre todo en materia económica, en cuidados que -a mi no me caben dudas- aun hoy en día me sigue prodigando desde el lugar en el que se encuentre, cuando alguna dificultad monetaria grave se me presenta y yo se lo pido, simplemente, con una mirada a la fotografía de ella que tengo aquí, en mi escritorio, con mi hijo Francisco recién nacido en sus brazos.
Vivió muchos años y, si bien no supimos nunca muy bien cuantos -ya que era muy coqueta como para decirlo- sé que pasaron los 90, siempre pensando que el desenlace final se produciría en el extranjero, como una gitana mentirosa se lo vaticinara siendo muy joven, en predicción que -por las dudas- nunca quiso tentar, razón por la cual, pudiendo hacerlo muchas veces, jamás salió del país.
Yo ya vivía en Neuquén cuando se marchó -un 1ro. de mayo- sin haber sido al final muy consecuente con mis visitas, que se fueron espaciando al compás -seguramente- de ciertos distanciamientos que se fueron dando con mi madre, provocados -según entiendo- al haber agravado los muchos años que iba acumulando, aquellas notorias diferencias que Sara les dispensaba a muchas de las personas que estaban cerca suya, y que mi madre, sin ninguna duda, padeció sin comprender nunca el porqué.
No quisiera -sin embargo- que esos pequeños altercados finales opacasen el gran cariño que existió entre nosotros, y que me hacen ahora recordarte a la distancia, querida Sara, con aquella enorme alegría con la que seguías el crecimiento de mis hijos, tus bisnietos postizos, que unos tras otros fueron desfilando por tus brazos, esos mismos brazos que nunca pudieron acunar con ternura a un hijo propio y que quizás por eso no te permitiste dar rienda suelta a tu gran corazón de madre que así quedó detenido en el tiempo, a la espera de quien -por alguna extraña razón- lograba conmoverlo.
miércoles, 2 de junio de 2010
Osvaldo F. Bessone (Quico)
Uno va llegando a una edad en la que resulta dificil seguir encontrando o conociendo a personas que tengan esa característica tan particular de poder convertirse en "personajes" que por una u otra razón, logran finalmente encontrar un lugar importante en nuestros corazones, ya maduros. Sin embargo eso puede llegar a ocurrir -lo que siempre es una alegría- tal como me ocurrió con Quico, mi suegro.
Era un contador muy reconocido y prestigioso en la zona del Alto Valle del Río Negro adonde se encontraba radicado desde hacía más de 50 años, con título de doctor en Ciencias Económicas, en doctorado universitario alcanzado para poder distinguirse de los simples "experimentados" tenedores de libros que, por aquel entonces, competían con todo desparpajo en el asesoramiento contable, habiéndo quedado registrado con la matrícula No. 1 de la provincia.
Rosarino de nacimiento -hincha fanático de Newell´s- y cipoleño por adopción, vino a parar a estas tierras allá por los mediados de los 40, en busca de algún sitio en el que poder desarrollar su profesión y en el que pronto estableció a su familia recién constituída, cuando en Cipolletti aún estaba todo por hacer, acompañando desde entonces su crecimiento y desarrollo -que se producía a la par que el suyo- no solamente desde la simple observación, sino volcando en beneficio de la ciudad su gran vocación de servicio.
Yo le conocí grande, casi tocando los 80, pero aún así seguía trabajando en su profesión -como perito judicial- con la misma seriedad, responsabilidad y compromiso con los que siempre asumió los diferentes emprendimientos que encaró, y en los que no faltaron ni grandes frustraciones ni sorprendentes desencantos, los que -sin embargo- no permitió jamás que pasaran de largo, recurriendo siempre -con serena confianza- a los tribunales en demanda de la justicia que se le retaceaba y que finalmente se le reconocía.
Y así sucedió hasta el final de sus días, en que luego de reclamarle una vez más a la justicia, pudo recuperar el fruto de toda una vida de trabajo honesto, confiscados por una mala administración económica nacional que -como todos recordamos- pretendió hacerle pagar los platos rotos de sus graves desmanejos, a toda una generación de pequeños ahorristas a quienes se propuso acorralar.
Tuvo suerte y una rápida sentencia judicial le permitió recuperar esos ahorros, pero el daño ya estaba infringido y la angustia y desesperación de ver evaporarse lo que con tanta previsión había acumulado, le quitaron no solo la paz, sino también toda esa lucidez mental que fue su característica, transformándolo en un ser diferente, que poco a poco se fue apagando, como sucede con los leños encendidos, que luego de haber dado mucho calor durante el día, al llegar la noche van mutando lentamente hasta terminar siendo pequeñas chispitas que las cenizas van cubriendo.
Nosotros con Anamá quisimos rescatarte -mi querido Quico- y traerte a nuestra casa para darte aquí un lugar cálido donde pudieses sentirte a tus anchas, como entendíamos que se merecía el maratonista agotado después de su gran esfuerzo, pero no lo permitiste y con mucha generosidad priorizaste la tranquilidad de tu hija aceptando la frialdad de un hogar de ancianos en el que no podías estar cómodo, conciente -de eso estoy seguro- que no sería por mucho tiempo, como efectivamente ocurrió.
Estábamos en Jujuy, paseando, cuando nos dieron la triste noticia de tu internación, provocada por una neumonía que tenía atrapados tus débiles pulmones de viejo fumador empedernido, y comenzamos nuestra vuelta de inmediato, que nos llevó dos días de camino interrumpidos únicamente por una noche para poder descansar, ya que no podíamos dejarte partir sin despedirnos, logrando llegar a tiempo.
No estabas bien, nada bien para ser más preciso, pero tuviste algún momento de conciencia que me permitió mirarte a los ojos, a esos ojos celestes casi transparentes que tenías, para leer en ellos que, junto a tu cariñosa despedida, me trasmitías un ruego: que cuidara mucho de tu hija más pequeña, aquella que siguió tus pasos. Puedes tener la certeza, Quico -en donde sea que te encuentres- de que así será.-
Era un contador muy reconocido y prestigioso en la zona del Alto Valle del Río Negro adonde se encontraba radicado desde hacía más de 50 años, con título de doctor en Ciencias Económicas, en doctorado universitario alcanzado para poder distinguirse de los simples "experimentados" tenedores de libros que, por aquel entonces, competían con todo desparpajo en el asesoramiento contable, habiéndo quedado registrado con la matrícula No. 1 de la provincia.
Rosarino de nacimiento -hincha fanático de Newell´s- y cipoleño por adopción, vino a parar a estas tierras allá por los mediados de los 40, en busca de algún sitio en el que poder desarrollar su profesión y en el que pronto estableció a su familia recién constituída, cuando en Cipolletti aún estaba todo por hacer, acompañando desde entonces su crecimiento y desarrollo -que se producía a la par que el suyo- no solamente desde la simple observación, sino volcando en beneficio de la ciudad su gran vocación de servicio.
Yo le conocí grande, casi tocando los 80, pero aún así seguía trabajando en su profesión -como perito judicial- con la misma seriedad, responsabilidad y compromiso con los que siempre asumió los diferentes emprendimientos que encaró, y en los que no faltaron ni grandes frustraciones ni sorprendentes desencantos, los que -sin embargo- no permitió jamás que pasaran de largo, recurriendo siempre -con serena confianza- a los tribunales en demanda de la justicia que se le retaceaba y que finalmente se le reconocía.
Y así sucedió hasta el final de sus días, en que luego de reclamarle una vez más a la justicia, pudo recuperar el fruto de toda una vida de trabajo honesto, confiscados por una mala administración económica nacional que -como todos recordamos- pretendió hacerle pagar los platos rotos de sus graves desmanejos, a toda una generación de pequeños ahorristas a quienes se propuso acorralar.
Tuvo suerte y una rápida sentencia judicial le permitió recuperar esos ahorros, pero el daño ya estaba infringido y la angustia y desesperación de ver evaporarse lo que con tanta previsión había acumulado, le quitaron no solo la paz, sino también toda esa lucidez mental que fue su característica, transformándolo en un ser diferente, que poco a poco se fue apagando, como sucede con los leños encendidos, que luego de haber dado mucho calor durante el día, al llegar la noche van mutando lentamente hasta terminar siendo pequeñas chispitas que las cenizas van cubriendo.
Nosotros con Anamá quisimos rescatarte -mi querido Quico- y traerte a nuestra casa para darte aquí un lugar cálido donde pudieses sentirte a tus anchas, como entendíamos que se merecía el maratonista agotado después de su gran esfuerzo, pero no lo permitiste y con mucha generosidad priorizaste la tranquilidad de tu hija aceptando la frialdad de un hogar de ancianos en el que no podías estar cómodo, conciente -de eso estoy seguro- que no sería por mucho tiempo, como efectivamente ocurrió.
Estábamos en Jujuy, paseando, cuando nos dieron la triste noticia de tu internación, provocada por una neumonía que tenía atrapados tus débiles pulmones de viejo fumador empedernido, y comenzamos nuestra vuelta de inmediato, que nos llevó dos días de camino interrumpidos únicamente por una noche para poder descansar, ya que no podíamos dejarte partir sin despedirnos, logrando llegar a tiempo.
No estabas bien, nada bien para ser más preciso, pero tuviste algún momento de conciencia que me permitió mirarte a los ojos, a esos ojos celestes casi transparentes que tenías, para leer en ellos que, junto a tu cariñosa despedida, me trasmitías un ruego: que cuidara mucho de tu hija más pequeña, aquella que siguió tus pasos. Puedes tener la certeza, Quico -en donde sea que te encuentres- de que así será.-
lunes, 31 de mayo de 2010
Don Elias Sapag
Pienso que pocas veces en la vida uno tiene la posibilidad de conocer a ciertos personajes, de esos que no pasan desapercibidos en ninguna parte; hombres y mujeres ricos en experiencias vividas y, al mismo tiempo, nada egoistas a la hora de tenerlas que transmitir, como es el caso de este gran político argentino a quien tuve el honor no solo de conocer, sino de trabajar a su lado durante un año.
Don Elías -como le decíamos- era enorme, no solamente de tamaño físico sino también de corazón, y estaba siempre dispuesto a volcarse en ayuda de los demás. Sabía que tenía "poder" por derecho propio, pero no lo utilizaba para sí sino para llevar adelante sus ideas políticas y para el bienestar de quienes así se lo requerían.
Lo conocí a finales del año 1983, cuando la salida democrática llevó a Alfonsín a la Presidencia y a don Elias -una vez más- al Senado, representando a su querida provincia del Neuquén, y convirtiéndose en el hombre clave del sistema parlamentario que mantenía a los dos bloques mayoritarios -el radicalismo y el peronismo- sin contar ninguno de ellos con las mayorías necesarias para imponerse al otro, teniendo que recurrir a los votos de los senadores de partidos provinciales, pero de los cuales los únicos verdaderamente independientes del poder radical o más bien del "poder central" eran los senadores neuquinos, de pasado -lejano- peronista pero de presente realista.
Y precisamente por ese lugar tan importante que por efecto del azar político le cupo, es que quiso rodearse de un grupo de personas que lo asesorasen desde lo técnico, para así estar en mejores condiciones para poder aplicar su caudal de experiencia política. Y así es como fui a trabajar en su bloque, llevado de la mano por otro personaje inolvidable de mi galería personal como lo fue Miguel "el Negro" Iglesias que allí se desempeñaba como Secretario Administrativo, a fin de conformar y dirigir a ese grupo de asesores técnicos que, con todo entusiasmo, nos pusimos a trabajar para que aquel pudiese desempeñar de la mejor manera su importante función.
Nosotros trabajábamos todos los proyectos y teníamos nuestra propia opinión "técnica", pero en algunos casos muy puntuales debíamos estar dispuestos a ensamblarlos con sus propios criterios políticos, que nos lo transmitía en unas muy jugosas y también amenas charlas en las que se podía apreciar no solo su gran experiencia polìtica sino su innato don de gentes.
Allí, durante esas conversaciones mano a mano, es donde se lo podía apreciar más genuinamente; en donde volcaba sus razones; en donde narraba sus experiencias y en donde finalmente nos brindaba consejos de una gran sabiduría, de esos que ennoblecen al hombre polìtico y que, equivocado o no, en definitiva permiten apreciar que lo que buscan es el mayor bienestar para su pueblo.
Era una gran orador; sin embargo ello no significaba que les permitiera a sus palabras correr libradas a su propia suerte, razón por la cual preparamos juntos cada una de sus intervenciones de ese año parlamentario de 1984, alguna de las cuales realmente hicieron historia. Recuerdo con cuanta atención escuchaba mis reflexiones acerca de la mejor manera de introducir modificaciones en el Código de Justicia Militar, para garantizar una idonea judicialización de las causas contra los militares, objetivo primario del gobierno radical, sin que por ello se abrogasen las garantías constitucionales, habiendo alcanzado -finalmente- un texto que conformara las expectativasde los dos bloques mayoritarios, inicialmente distanciados al respecto.
Después llegó el debate por la reforma sindical, pero aquí las actitudes fueron menos flexibles, no obstante que en algún momento, las conversaciones que llevábamos con unos y con otros nos permitieron saber que el acuerdo se había alcanzado, fundamentalmente por el peso que representaba la opinión de don Elías. Sólo la necedad ulterior del Ministro de Trabajo hizo que todo ese trabajo se viniese abajo y juntos trabajamos en el discurso en el que fundamentó su voto negativo -junto al del bloque peronista-, en la que sería la primera gran derrota de Alfonsín en el Parlamento, a pesar de toda la presión que se ejerció sobre su persona, desde todos los estamentos posibles, que hasta incluyeron a la Gobernación de la provincia, en manos de su hermano Felipe.
Tenía una sólida formación, incluso universitaria, creo que en Diplomacia y en carrera seguida en la Sorbone de París, costeada por su abuelo paterno una vez que ambos regresaron de su inicial incursión por tierras neuquinas, de manera que hablaba el fracés de corrido. Sé -por su relato- que cuando el Gral. De Gaulle visitó la Argentina y concurrió al Congreso, fue a Don Elías a quien le encomendaron darle la bienvenida, lo que hizo ante el Parlamento reunido en Asamblea, improvisando y totalmente en frances.
Tenía un don de gentes muy particular y una simpatía desbordante, aunque su carácter -cuando se enojaba- hiciera temblar las piedras y entonces se escuchaba su gran vozarrón despotricar con toda soltura. Pero lo que tenía de grandioso -bajo esa apariencia de solemnidad- era su inmensa experiencia en vivencias cotidianas y en su contacto con todo lo que fuera popular, adonde se desenvolvía a sus anchas.
Como hijo mayor de una familia libanesa, se sabía el responsable de todos y actuaba en consecuencia, incluso con ayudas económicas a quienes la necesitaran, pero fundamentalmente mediante sabios consejos que los demás le pedían y que desde luego escuchaban y seguían. Yo le tomé un gran aprecio durante ese año de compartir su labor parlamentaria en el día a día, pero la política tiene sus tiempos y sus prioridades que no siempre un ansioso hombre de derecho puede comprender, y esa linda y fructífera experiencia mía clamaba -de mi parte- por un cambio que no solo supo entender sino que me facilitó al proponerme para ocupar el cargo vacante de Juez Federal de su provincia; así fue como llegue a la querida Neuquén a comenzar con un nuevo desafío, que él siguió con mucho interés, como lo pude apreciar en aquellas oportunidades -cada vez más distantes- en que tuvimos oportunidad de encontrarnos.
Siempre fue extremadamente generoso para conmigo y mi larga familia, permitiéndome disfrutar varias veces de ese paraíso sureño que es El Messidor (cuya compra por parte de la provincia fue otra ingeniosa idea suya, dicho sea esto de paso), o no permitiendo que me hiciera cargo de las reparaciones de mi camioneta particular que quedó casi totalmente destruída luego de un vuelco que tuve camino de Zapala, en cumplimiento de funciones oficiales, y que se reparó en el taller de la concesionaria de la cual era titular.
Recuero bien la última vez en que lo ví, allá en San Martín de los Andes en donde tenía su amplia morada, camino yo a hacer una diligencia judicial ingrata relacionada con una importante causa que se tramitaba en mi Juzgado. Aterrizamos con un helicóptero en un baldío que entonces se encontraba haciendo cruz con su casa, y allá salió a la vereda, a curiosear, cubierto con un poncho. Dude en ir a darle un abrazo, pero debido a las premuras de siempre, sólo me permití enviarle un saludo con mi brazo desde la distancia, que desde luego respondío rápidamente, y emprendimos vuelo nuevamente, mientras él permanecía allá abajo, sorprendido con la fujaz visita aerea que ya se alejaba.
Poco tiempo después fallecía y, como correspondía, no solamente lo lloró su querida ciudad -donde hoy descansa- sino la provincia toda, recibiendo merecidos homenajes de parte de todos los poderes de la República a la cual con tanta vocación y devoción sirvió durante tantos años. Sé muy bien -don Elías- que este no es, ni por mucho, el mejor homenaje que se le puede haber dispensado, pero usted no podía dejar de estar en un lugar preferencial, en este sitio en que quiero recordar a mis personajes más entrañables, que es mi forma -íntima- de homenajearlos. Gracias por todo.
Don Elías -como le decíamos- era enorme, no solamente de tamaño físico sino también de corazón, y estaba siempre dispuesto a volcarse en ayuda de los demás. Sabía que tenía "poder" por derecho propio, pero no lo utilizaba para sí sino para llevar adelante sus ideas políticas y para el bienestar de quienes así se lo requerían.
Lo conocí a finales del año 1983, cuando la salida democrática llevó a Alfonsín a la Presidencia y a don Elias -una vez más- al Senado, representando a su querida provincia del Neuquén, y convirtiéndose en el hombre clave del sistema parlamentario que mantenía a los dos bloques mayoritarios -el radicalismo y el peronismo- sin contar ninguno de ellos con las mayorías necesarias para imponerse al otro, teniendo que recurrir a los votos de los senadores de partidos provinciales, pero de los cuales los únicos verdaderamente independientes del poder radical o más bien del "poder central" eran los senadores neuquinos, de pasado -lejano- peronista pero de presente realista.
Y precisamente por ese lugar tan importante que por efecto del azar político le cupo, es que quiso rodearse de un grupo de personas que lo asesorasen desde lo técnico, para así estar en mejores condiciones para poder aplicar su caudal de experiencia política. Y así es como fui a trabajar en su bloque, llevado de la mano por otro personaje inolvidable de mi galería personal como lo fue Miguel "el Negro" Iglesias que allí se desempeñaba como Secretario Administrativo, a fin de conformar y dirigir a ese grupo de asesores técnicos que, con todo entusiasmo, nos pusimos a trabajar para que aquel pudiese desempeñar de la mejor manera su importante función.
Nosotros trabajábamos todos los proyectos y teníamos nuestra propia opinión "técnica", pero en algunos casos muy puntuales debíamos estar dispuestos a ensamblarlos con sus propios criterios políticos, que nos lo transmitía en unas muy jugosas y también amenas charlas en las que se podía apreciar no solo su gran experiencia polìtica sino su innato don de gentes.
Allí, durante esas conversaciones mano a mano, es donde se lo podía apreciar más genuinamente; en donde volcaba sus razones; en donde narraba sus experiencias y en donde finalmente nos brindaba consejos de una gran sabiduría, de esos que ennoblecen al hombre polìtico y que, equivocado o no, en definitiva permiten apreciar que lo que buscan es el mayor bienestar para su pueblo.
Era una gran orador; sin embargo ello no significaba que les permitiera a sus palabras correr libradas a su propia suerte, razón por la cual preparamos juntos cada una de sus intervenciones de ese año parlamentario de 1984, alguna de las cuales realmente hicieron historia. Recuerdo con cuanta atención escuchaba mis reflexiones acerca de la mejor manera de introducir modificaciones en el Código de Justicia Militar, para garantizar una idonea judicialización de las causas contra los militares, objetivo primario del gobierno radical, sin que por ello se abrogasen las garantías constitucionales, habiendo alcanzado -finalmente- un texto que conformara las expectativasde los dos bloques mayoritarios, inicialmente distanciados al respecto.
Después llegó el debate por la reforma sindical, pero aquí las actitudes fueron menos flexibles, no obstante que en algún momento, las conversaciones que llevábamos con unos y con otros nos permitieron saber que el acuerdo se había alcanzado, fundamentalmente por el peso que representaba la opinión de don Elías. Sólo la necedad ulterior del Ministro de Trabajo hizo que todo ese trabajo se viniese abajo y juntos trabajamos en el discurso en el que fundamentó su voto negativo -junto al del bloque peronista-, en la que sería la primera gran derrota de Alfonsín en el Parlamento, a pesar de toda la presión que se ejerció sobre su persona, desde todos los estamentos posibles, que hasta incluyeron a la Gobernación de la provincia, en manos de su hermano Felipe.
Tenía una sólida formación, incluso universitaria, creo que en Diplomacia y en carrera seguida en la Sorbone de París, costeada por su abuelo paterno una vez que ambos regresaron de su inicial incursión por tierras neuquinas, de manera que hablaba el fracés de corrido. Sé -por su relato- que cuando el Gral. De Gaulle visitó la Argentina y concurrió al Congreso, fue a Don Elías a quien le encomendaron darle la bienvenida, lo que hizo ante el Parlamento reunido en Asamblea, improvisando y totalmente en frances.
Tenía un don de gentes muy particular y una simpatía desbordante, aunque su carácter -cuando se enojaba- hiciera temblar las piedras y entonces se escuchaba su gran vozarrón despotricar con toda soltura. Pero lo que tenía de grandioso -bajo esa apariencia de solemnidad- era su inmensa experiencia en vivencias cotidianas y en su contacto con todo lo que fuera popular, adonde se desenvolvía a sus anchas.
Como hijo mayor de una familia libanesa, se sabía el responsable de todos y actuaba en consecuencia, incluso con ayudas económicas a quienes la necesitaran, pero fundamentalmente mediante sabios consejos que los demás le pedían y que desde luego escuchaban y seguían. Yo le tomé un gran aprecio durante ese año de compartir su labor parlamentaria en el día a día, pero la política tiene sus tiempos y sus prioridades que no siempre un ansioso hombre de derecho puede comprender, y esa linda y fructífera experiencia mía clamaba -de mi parte- por un cambio que no solo supo entender sino que me facilitó al proponerme para ocupar el cargo vacante de Juez Federal de su provincia; así fue como llegue a la querida Neuquén a comenzar con un nuevo desafío, que él siguió con mucho interés, como lo pude apreciar en aquellas oportunidades -cada vez más distantes- en que tuvimos oportunidad de encontrarnos.
Siempre fue extremadamente generoso para conmigo y mi larga familia, permitiéndome disfrutar varias veces de ese paraíso sureño que es El Messidor (cuya compra por parte de la provincia fue otra ingeniosa idea suya, dicho sea esto de paso), o no permitiendo que me hiciera cargo de las reparaciones de mi camioneta particular que quedó casi totalmente destruída luego de un vuelco que tuve camino de Zapala, en cumplimiento de funciones oficiales, y que se reparó en el taller de la concesionaria de la cual era titular.
Recuero bien la última vez en que lo ví, allá en San Martín de los Andes en donde tenía su amplia morada, camino yo a hacer una diligencia judicial ingrata relacionada con una importante causa que se tramitaba en mi Juzgado. Aterrizamos con un helicóptero en un baldío que entonces se encontraba haciendo cruz con su casa, y allá salió a la vereda, a curiosear, cubierto con un poncho. Dude en ir a darle un abrazo, pero debido a las premuras de siempre, sólo me permití enviarle un saludo con mi brazo desde la distancia, que desde luego respondío rápidamente, y emprendimos vuelo nuevamente, mientras él permanecía allá abajo, sorprendido con la fujaz visita aerea que ya se alejaba.
Poco tiempo después fallecía y, como correspondía, no solamente lo lloró su querida ciudad -donde hoy descansa- sino la provincia toda, recibiendo merecidos homenajes de parte de todos los poderes de la República a la cual con tanta vocación y devoción sirvió durante tantos años. Sé muy bien -don Elías- que este no es, ni por mucho, el mejor homenaje que se le puede haber dispensado, pero usted no podía dejar de estar en un lugar preferencial, en este sitio en que quiero recordar a mis personajes más entrañables, que es mi forma -íntima- de homenajearlos. Gracias por todo.
domingo, 30 de mayo de 2010
Justo José Sáenz Valiente.-
El marido de Gloria, mi tía, casi hermana de mi madre con la cual eran primas, y con quien vivimos y compartimos mucho tiempo en el Tigre, antes que se casara. Pero Justo venía a visitarla y allí le conocí. Era altísimo, ya que media poco más de dos metros, y bastante flaco, pero aún cuando no sé que edad tendría por entonces, le tenía mucho cariño y él seguramente también a mí porque de no ser así, los chicos lo detectan enseguida.
Pero además, debido a esa fascinación que a veces sienten los chicos por alguno de los grandes que les prestan un poco de atención que, de otros no perciben, me hide hincha -como él- del cuadro de mis amores -el "rojo" de Avellaneda- un poco porque era el suyo y otro poco para marcar alguna diferencia que me permitiera distinguirme de mi padre, que siempre fue de River.
Justo y su familia tenían un campo en el sur de Entre Ríos, como buenos descendientes legítimos que eran de don Justo José de Urquiza, al cual fuimos muchísimas veces de visita, sobre todo en el verano. Se llamaba "El Palmar" y estaba ubicado en la estación Médanos del Ferrocarril Gral. Urquiza, y cerca del cruce de Ceibas por la ruta que lleva desde Zárate a Gualeguaychú.
A mí me encantaba la vida en el campo, y a Justo -que entonces no tenía hijos y que luego no pudo tener varones- le gustaba tener a alguien a quien poderle enseñar las cosas del campo. Yo no quería perderme nada, y pedía que me despertaran al alba para matear en la cocina y luego salir a recorrer el campo a caballo, con él y a veces, también con su hermano Raul, llegando hasta los distintos puestos donde, según la hora, nos convidaban con mate o alguna cosita para picar.
Durante esas recorridas a caballo yo me sentía transportado a otro mundo; tenía hasta un mismo caballo que usaba diariamente; utilizaba un recado blanco y allá salía con mis bitas y bombachas. También me encantaba mezclarme en los arreos; salir a buscar algún ternero rebelde que se abría del grupo y pecharlo con el caballo hasta que regresaba; o pasarme el día en los corrales cuando la tarea se trasladaba a ese lugar, ya fuese para marcar, vacunar o embarcar hacienda.
Después, cada tanto, solíamos ir hasta el pueblo, siempre a caballo, por ejemplo al correo a buscar correspondencia o a la estación para averiguar por horarios de trenes o comprar boletos anticipados, en paseos que siempre terminaban en el almacén de ramos generales desde donde nos llevábamos muchas cosas y donde -según recuerdo- nunca ví que se pagara nada, ya que seguramente mantenían una cuenta corriente que cada tanto cancelaban.
Otro recuerdo lindo que tengo de Justo, unido a esa época, era cuando nos sentábamos afuera, en la galería, en las noches de verano. El sonido del croar de cientos de sapos que provenía de la oscuridad, mientras alguno se atrevía a llegar hasta donde estábamos para hacernos compañía y de paso deglutirse toda clase de insectos con una velocidad asombrosa.
También salíamos con el rifle a cazar loros, que eran considerados plaga, ya que por cada par de patas te daban algunos pesos -o eso es lo que nos decían para alentarlos-; o esos juegos nocturnos, cuando había que desafiar la noche caminando junto a una doble hilera de altos eucaliptus hasta llegar a la tranquera, para luego volver corriendo al imaginar que alguien pudiera tomarnos por detrás.
Me gustaba acercarme al escritorio, ese misterioso cuarto de enfrente en el que solían reunirse Justo y Raul con el capataz, manteniendo reuniones que a mí me parecía que eran muy serias, mientras yo miraba absorto el plano del campo, con sus divisiones internas en distintos cuadros, cada una con sus puestos, enmarcado y colgado de la pared, junto a esas fotos viejas de figuras desteñidas por el tiempo, entre las que sobresalía una de Urquiza y otro del abuelo de Justo, aquel protagonista de la célebre y trágica historia de Felicitas Guerrero.
Finalmente no puedo dejar de recordar que, fiel a su costumbre de darme todos los gustos, un día me puso al volante de un jeep para empezar a manejar, y luego de explicarme los secretos de la aceleración controlada por el embrague para el arranque, me indicó que avanzara por un caminito rodeado de árboles por ambos lados y fui tan tosco en el arranque acelerado y sin control que fuimos a parar contra uno de esos árboles, golpeando la cabeza de Justo su cabeza contra el vidrio, que lo lastimó, en medio de los gritos alarmados de quienes contemplaban desde el costado "mi debut".
¡ Que bueno fuiste siempre conmigo, Justo !! No sólo entonces sino luego, a lo largo de la vida, en cada oportunidad que teníamos de encontrarnos, y que se fueron espaciando cada vez más, como esos trenes lejanos que cruzaban el campo y que nosotros veíamos pasar a la distancia sin poder distinguir a su pasaje.
Tuve la enorme alegría de visitarte un año antes de tu partida, después de muchísimos años de no habernos podido encontrar, por esas cosas que tienen las distancias; y estabas muy flaco, mucho más de lo habitual, pero con la misma cordialidad y simpatía de siempre. Ya hacía muchos años que debido a las constantes crecidas de los rios cercanos, afluentes del Paraná, habían tenido que vender el campo, que estuvo en una oportunidad más de dos años debajo del agua; tenías una jubilación escasa -de esas que yo llamo "simples ayudas sociales" porque no son jubilaciones dignas- y te seguía interesando la política y, como buen hombre de campo, no comprendías los desaguisados del gobierno de turno para con él; pero seguías escuchando con genuina alegría las pequeñas cosas que yo pudiera contarte y que te seguían interesando, igual que las que te contaba de chico o de adolescente reciente y curioso.
Fuiste un personaje muy importante de aquella etapa de mi vida, a la cual tengo asociados uno de los momentos más felices. Por eso y por ser tan buena persona siempre, te quiero poner en un lugar importante de mi galería de personas cuya personalidad me hubiera impactado, y que en alguna forma han hecho de mí, lo que soy hoy en día.
viernes, 28 de mayo de 2010
Francisco (el jardinero del Tigre)
Así, sin apodos ni sobrenombres, ni Pancho, ni Paco, sólo Francisco, el jardinero.
Era italiano de nacimiento y nunca supe su apellido, pero tengo bien presente su rostro de hombre bueno y silencioso, sin familia (que nosotros supiéramos), que andaba por el jardín del Tigre haciendo su tarea, y que vivía en una casita de dos habitaciones que había en el fondo, adonde llegábamos con mi hermana Lía a la hora de su almuerzo para disfrutar -antes que llegara el nuestro- de alguna delicia concinada por sus manos, como aquellos morrones rellenos con arroz tan ricos, cuyo aroma siempre he renido asociado a esa cocina, o una buena tallarinada, acompañada sólo de salsa de tomate.
Siempre vestía con su jardinero azul; no sé, supongo ahora que tendría más de uno; una guadaña o un rastrillo en la mano y una pipa, encendida o apagada, en la boca. Hablaba bien nuestro idioma, pero con ese dejo de italiano que nunca se olvida y que les lleva a pronunciar "las parolas de la nostra lingua" de una manera muy especial. Nunca lo vimos enojado ni parecía que le pudiera molestar nuestra presencia -la mía y de mi hermana más chica- que quizas, le permitía extrañar menos a quienes, nunca lo supimos, podrían haber sido su familia, de la cual desconocíamos -y aun hoy en día desconozco- absolutamente todo.
A veces saliía, en sus francos domingueros, por la mañana, y entonces lo veíamos arreglarse un poco, y se marchaba quien pudiera saber donde, para regresar el mismo día, tarde por la tarde, para así poderm tomar su puesto de trabajo a primera hora del lunes. Francisco me enseñó las tareas de la huerta sembrando semillas de rabanitos que cubrimos con tierra y regábamos a diario, hasta que salieron algunas plantitas verdes y, tirando de ellas, los rabanitos colgando, como bulbos blancos con algunas pindeladas coloradas.
Un día desapareció por un tiempo, y cuando regresó le habían operado la cara, que ahora tenía ladeada hacia la izquierda, por efectos de un tumor que, según me dijeron, se había agarrado por fumar en pipa toda la vida. Igual siguió trabajando, de sol a sol, consiguiendo de su jardín y de sus trabajados canteros, las flores más lindas que recuerdo, hasta que un día nos fuimos, nos fuimos todos cuando se remató la casa, se dividió su enorme jardín en muchos lotes, mis tías se fueron a vivir a Bs.As. y no lo vimos más.
¿Qué habra sido de vos querido Francisco? ¿Donde habrás terminado tus días? ¿Junto a quienes?. Quiero decirte -y donde estés me estarás escuchando- que fuiste un personaje casi único y a quien -quizás sin habertelo demostrado- quería entrañablemente. Fuiste para mí como ese abuelo bueno que se entretiene charlando con sus nietos, y tu recuerdo estará siempre grabado en mi memoria, entre los más felices de mi infancia, y seguramente por todo eso es que tengo un hijo a quien le puse tu nombre.
Era italiano de nacimiento y nunca supe su apellido, pero tengo bien presente su rostro de hombre bueno y silencioso, sin familia (que nosotros supiéramos), que andaba por el jardín del Tigre haciendo su tarea, y que vivía en una casita de dos habitaciones que había en el fondo, adonde llegábamos con mi hermana Lía a la hora de su almuerzo para disfrutar -antes que llegara el nuestro- de alguna delicia concinada por sus manos, como aquellos morrones rellenos con arroz tan ricos, cuyo aroma siempre he renido asociado a esa cocina, o una buena tallarinada, acompañada sólo de salsa de tomate.
Siempre vestía con su jardinero azul; no sé, supongo ahora que tendría más de uno; una guadaña o un rastrillo en la mano y una pipa, encendida o apagada, en la boca. Hablaba bien nuestro idioma, pero con ese dejo de italiano que nunca se olvida y que les lleva a pronunciar "las parolas de la nostra lingua" de una manera muy especial. Nunca lo vimos enojado ni parecía que le pudiera molestar nuestra presencia -la mía y de mi hermana más chica- que quizas, le permitía extrañar menos a quienes, nunca lo supimos, podrían haber sido su familia, de la cual desconocíamos -y aun hoy en día desconozco- absolutamente todo.
A veces saliía, en sus francos domingueros, por la mañana, y entonces lo veíamos arreglarse un poco, y se marchaba quien pudiera saber donde, para regresar el mismo día, tarde por la tarde, para así poderm tomar su puesto de trabajo a primera hora del lunes. Francisco me enseñó las tareas de la huerta sembrando semillas de rabanitos que cubrimos con tierra y regábamos a diario, hasta que salieron algunas plantitas verdes y, tirando de ellas, los rabanitos colgando, como bulbos blancos con algunas pindeladas coloradas.
Un día desapareció por un tiempo, y cuando regresó le habían operado la cara, que ahora tenía ladeada hacia la izquierda, por efectos de un tumor que, según me dijeron, se había agarrado por fumar en pipa toda la vida. Igual siguió trabajando, de sol a sol, consiguiendo de su jardín y de sus trabajados canteros, las flores más lindas que recuerdo, hasta que un día nos fuimos, nos fuimos todos cuando se remató la casa, se dividió su enorme jardín en muchos lotes, mis tías se fueron a vivir a Bs.As. y no lo vimos más.
¿Qué habra sido de vos querido Francisco? ¿Donde habrás terminado tus días? ¿Junto a quienes?. Quiero decirte -y donde estés me estarás escuchando- que fuiste un personaje casi único y a quien -quizás sin habertelo demostrado- quería entrañablemente. Fuiste para mí como ese abuelo bueno que se entretiene charlando con sus nietos, y tu recuerdo estará siempre grabado en mi memoria, entre los más felices de mi infancia, y seguramente por todo eso es que tengo un hijo a quien le puse tu nombre.
miércoles, 26 de mayo de 2010
Pedro Rueda ( "el Corto" )
Nos conocimos en Miramar, en algún verano de mi adolescencia temprana, y ya nunca más nos separamos, prácticamente hasta mi casamiento, para el cual fue mi único testigo del civil. "El Corto", como su apodo lo indica, era bajito, rubión, de cara grande y sonriente, a quien nunca lo ví de mal humor -y lo digo en serio- a lo largo de esos 10 ó 12 años de convivencia casi diaria, pero tenía un grave inconveniente: era enfermo del corazón.
En realidad "el Corto" estaba muy enfermo, aunque nosotros -sus amigos- no fuéramos concientes ni lo cuidarámos en nada, ya que siempre fue uno más, para todo. Por supuesto que él era cuidadoso, por ejemplo, con los fríos baños de mar y desde luego que no hacía deportes fuertes, como el rugby, pero aparte de esas pequeñas cosas, en todo lo demás era uno más de los nuestros.
Tenía cuatro nombres -igual que yo- Pedro Horacio Benito Timoteo; su padre -que ya había fallecido cuando le conocimos- era de apellido Rueda, y el de su madre Zavalía, hermana de la madre de los García Mansilla de quienes resultaba ser primo hermano, y por intermedio del "Corto" fue que nuestro grupo de Miramar se terminó cruzando en Bs.As. con las García Mansilla y su largo entorno.
Nunca supe a qué colegio concurría -si lo hacía, supongo que sí- y ahora pienso que sería a algún Colegio Nacional, pero no se como jamas se me ocurrió averiguarlo. Sin embargo nos veíamos a diario, sobre todo a partir de los 20, en que venía muchísimas noches a comer a casa. También formaba parte del grupo de los que nos juntábamos en El Cervatillo de Rio Bamba y Arenales a tomar copas en la barra; y lo caracterizaba su pasión por los autos, de los que sabía absolutamente todo.
Además, trabajó durante un tiempo en una agencia o concesionaria de autos -la de Miguel Jantus, que era un corredor que mi padre conocía- y como mi tío Horacio era el Presidente de la Comisión Deportiva Automovilística, organismo rector, por entonces, de todo lo relacionado con las carreras de autos, no nos perdíamos ninguna, ni ningún parque cerrado previo, y ahí estábamos, al lado mismo de cada auto que entraba para hacer la revisación técnica.
Siempre estábamos juntos: Horacio, mi primo; Martín Kennedy; "el Corto" y yo. Podría haber otros amigos que se iban rotando, pero nosotros cuatro era como un nucleo indestructible, al menos hasta que llegaron "las novias". Los tres nos pusimos de novios más o menos para la misma época, menos "el Corto" y como -ahora lo advierto- entre aquellas no había la misma química que existía entre nosotros, ni hicieron mucho para hacerse amigas entre sí porque pertenecían a otros grupos, el nuestro finalmente se fue desintegrando, y "el Corto" entonces comenzó a rondar a los que nos seguían en edad, Rodrigo en el caso de Horacio y Ricardo en el de Martín.
Nunca estuvo de novio; sé que algunas chicas llegaron a gustarle, como por ejemplo mi prima Patricia, pero -no se si por timidez o por temor al rebote- nunca se animó a declararse a ninguna; venía a las fiestas pero no bailaba mucho, quizas por las mismas razones, pero eso sí, me acompañaba en el auto al final cuando yo llevaba a las chicas en el auto hasta sus casas.
¡ Cuanto habremos charlado, "Corto" amigo !! Y ¡ que corto fue el tiempo que estuviste entre nosotros! Un día supe que te habían operado, pero nadie me aviso donde ir a verte o como ofrecerte mi sangre para compensar la debilidad de la tuya; se que fue una operación importante, pero no tengo precisiones. Si se que te llegaste a recuperar, por poco tiempo, y que una tarde te nos fuiste, en Miramar, donde nos conocimos, en el campo de los Kennedy y en brazos de mi primo Rodrigo.
Fuiste un gran amigo, Pedro; un señor amigo a quien le estoy profundamente agradecido de tu amistad; creo que no supe mantenerla al final, cuando finalmente comencé con una intensa vida profesional y -además- casado, porque no recuerdo haberte visto por mis nuevas casas. Te abandoné o simplemente me descuidé pensando que estarías con nosotros para siempre, pero vos no podías estar ausente de esta pequeña galería de mis personajes inolvidables, porque ocupas aquí un lugar preferencial.
¡ Ya volveremos a encontrarnos y me recibirás haciendo sonar con tu boca, esa fuerte sirena de auto de policía con la que aturdías a los autos que de inmediato se abrían, y ahi pasábamos nosotros en el Citroen de mi padre, yo manejandoy vos trepado sobre el asiento y asomada tu cabeza por el techo
En realidad "el Corto" estaba muy enfermo, aunque nosotros -sus amigos- no fuéramos concientes ni lo cuidarámos en nada, ya que siempre fue uno más, para todo. Por supuesto que él era cuidadoso, por ejemplo, con los fríos baños de mar y desde luego que no hacía deportes fuertes, como el rugby, pero aparte de esas pequeñas cosas, en todo lo demás era uno más de los nuestros.
Tenía cuatro nombres -igual que yo- Pedro Horacio Benito Timoteo; su padre -que ya había fallecido cuando le conocimos- era de apellido Rueda, y el de su madre Zavalía, hermana de la madre de los García Mansilla de quienes resultaba ser primo hermano, y por intermedio del "Corto" fue que nuestro grupo de Miramar se terminó cruzando en Bs.As. con las García Mansilla y su largo entorno.
Nunca supe a qué colegio concurría -si lo hacía, supongo que sí- y ahora pienso que sería a algún Colegio Nacional, pero no se como jamas se me ocurrió averiguarlo. Sin embargo nos veíamos a diario, sobre todo a partir de los 20, en que venía muchísimas noches a comer a casa. También formaba parte del grupo de los que nos juntábamos en El Cervatillo de Rio Bamba y Arenales a tomar copas en la barra; y lo caracterizaba su pasión por los autos, de los que sabía absolutamente todo.
Además, trabajó durante un tiempo en una agencia o concesionaria de autos -la de Miguel Jantus, que era un corredor que mi padre conocía- y como mi tío Horacio era el Presidente de la Comisión Deportiva Automovilística, organismo rector, por entonces, de todo lo relacionado con las carreras de autos, no nos perdíamos ninguna, ni ningún parque cerrado previo, y ahí estábamos, al lado mismo de cada auto que entraba para hacer la revisación técnica.
Siempre estábamos juntos: Horacio, mi primo; Martín Kennedy; "el Corto" y yo. Podría haber otros amigos que se iban rotando, pero nosotros cuatro era como un nucleo indestructible, al menos hasta que llegaron "las novias". Los tres nos pusimos de novios más o menos para la misma época, menos "el Corto" y como -ahora lo advierto- entre aquellas no había la misma química que existía entre nosotros, ni hicieron mucho para hacerse amigas entre sí porque pertenecían a otros grupos, el nuestro finalmente se fue desintegrando, y "el Corto" entonces comenzó a rondar a los que nos seguían en edad, Rodrigo en el caso de Horacio y Ricardo en el de Martín.
Nunca estuvo de novio; sé que algunas chicas llegaron a gustarle, como por ejemplo mi prima Patricia, pero -no se si por timidez o por temor al rebote- nunca se animó a declararse a ninguna; venía a las fiestas pero no bailaba mucho, quizas por las mismas razones, pero eso sí, me acompañaba en el auto al final cuando yo llevaba a las chicas en el auto hasta sus casas.
¡ Cuanto habremos charlado, "Corto" amigo !! Y ¡ que corto fue el tiempo que estuviste entre nosotros! Un día supe que te habían operado, pero nadie me aviso donde ir a verte o como ofrecerte mi sangre para compensar la debilidad de la tuya; se que fue una operación importante, pero no tengo precisiones. Si se que te llegaste a recuperar, por poco tiempo, y que una tarde te nos fuiste, en Miramar, donde nos conocimos, en el campo de los Kennedy y en brazos de mi primo Rodrigo.
Fuiste un gran amigo, Pedro; un señor amigo a quien le estoy profundamente agradecido de tu amistad; creo que no supe mantenerla al final, cuando finalmente comencé con una intensa vida profesional y -además- casado, porque no recuerdo haberte visto por mis nuevas casas. Te abandoné o simplemente me descuidé pensando que estarías con nosotros para siempre, pero vos no podías estar ausente de esta pequeña galería de mis personajes inolvidables, porque ocupas aquí un lugar preferencial.
¡ Ya volveremos a encontrarnos y me recibirás haciendo sonar con tu boca, esa fuerte sirena de auto de policía con la que aturdías a los autos que de inmediato se abrían, y ahi pasábamos nosotros en el Citroen de mi padre, yo manejandoy vos trepado sobre el asiento y asomada tu cabeza por el techo
martes, 25 de mayo de 2010
El doctor Pablo León (Pablito)
Así le decíamos - Pablito - cariñosamente en el Banco Hipotecario adonde comencé a trabajar como abogado en el año 1969, poco después de recibirme. Ingresé como Procurador y a cargo de una cartera de juicios que supervisaba un abogado mayor, compartiendo trabajos y espacios físicos con un numeroso y bullicioso grupo de aproximadamente una veintena de abogados entre los cuales estaba este hombre, grande en edad -calculo que por entonces tendría algo más de 50 años- pero que se había recibido también poco tiempo antes, con un gran esfuerzo, y que tenía esa sabiduría que sólo enseña la calle.
Alto, flaco, canoso, muy fumador, Pablito integraba otro equipo distinto del mío, equipos que se componían de un abogado y dos procuradores, pero como compartíamos entre todos los procuradores una sala común dentro del horario previsto para volcar nuestros informes tribunalicios -de 10 a 12:30, cada mañana- no pudo dejar de recordarlo al momento de hacer un recuento sobre mis personajes inolvidables, sobre todo por lo jocosas que eran sus reflexiones, con ironía pesimista, de cuanto acontecía a nuestro alrededor, en el Banco, en el país y hasta diría que en el mundo, siempre con una cuota de sarcasmo no exenta de cierto realismo, que te hacía sonreir.
A mí me gustaba mucho mi profesión y sobre todo seguir estudiando, de modo que estaba al tanto de cuanto se escribía y se resolvía por parte de los distintos tribunales, lo cual me permitía intervenir cuando se suscitaba alguna discusión o alguien consultaba sobre determinada cuestión, lo cual hizo que, muchas veces, Pablito viniese a pedirme consejo -¡a mí, que era un chico recién recibido de 25 años!!- y yo -¡caradura!- se los daba y él lo apreciaba.
Así llegamos a consolidar -me parece- una buena relación profesional, bastante franca a pesar de lo desparejo de nuestras edades, pero él siempre me escuchaba con atención, quizás la misma que yo ponía cuando él se ponía a hablar de sus experiencias de vida y del mundo del arrabal en el que ella había transcurrido.
Muy meritorio lo de Pablito, mi viejo amigo y compinche de tareas; lo del admirado Dr. Pablo León, que vaya uno a saber que ha sido de su vida, si todavía el cigarrillo le ha permitido seguir por aquí. Pero sea como fuere, siempre seguirás con vida propia, en mi memoria.
Alto, flaco, canoso, muy fumador, Pablito integraba otro equipo distinto del mío, equipos que se componían de un abogado y dos procuradores, pero como compartíamos entre todos los procuradores una sala común dentro del horario previsto para volcar nuestros informes tribunalicios -de 10 a 12:30, cada mañana- no pudo dejar de recordarlo al momento de hacer un recuento sobre mis personajes inolvidables, sobre todo por lo jocosas que eran sus reflexiones, con ironía pesimista, de cuanto acontecía a nuestro alrededor, en el Banco, en el país y hasta diría que en el mundo, siempre con una cuota de sarcasmo no exenta de cierto realismo, que te hacía sonreir.
A mí me gustaba mucho mi profesión y sobre todo seguir estudiando, de modo que estaba al tanto de cuanto se escribía y se resolvía por parte de los distintos tribunales, lo cual me permitía intervenir cuando se suscitaba alguna discusión o alguien consultaba sobre determinada cuestión, lo cual hizo que, muchas veces, Pablito viniese a pedirme consejo -¡a mí, que era un chico recién recibido de 25 años!!- y yo -¡caradura!- se los daba y él lo apreciaba.
Así llegamos a consolidar -me parece- una buena relación profesional, bastante franca a pesar de lo desparejo de nuestras edades, pero él siempre me escuchaba con atención, quizás la misma que yo ponía cuando él se ponía a hablar de sus experiencias de vida y del mundo del arrabal en el que ella había transcurrido.
Muy meritorio lo de Pablito, mi viejo amigo y compinche de tareas; lo del admirado Dr. Pablo León, que vaya uno a saber que ha sido de su vida, si todavía el cigarrillo le ha permitido seguir por aquí. Pero sea como fuere, siempre seguirás con vida propia, en mi memoria.
domingo, 23 de mayo de 2010
Mi abuelo Horacio
Uno de los personajes más influyentes en mi vida -al menos en mi vida profesional-ha sido sin duda alguna mi abuelo, Horacio C. Rivarola, como acostumbraba firmar, pero para nosotros, sus nietos, simplemente "abuelito", el padre de mi padre. Abuelito vivía -cuando yo era chico-en un petit hotel en Palermo, en la calle Juncal 3100, justo en la esquina con Coronel Diaz y enfrente de lo que entonces era la Peninteciaria de la calle Las Heras, un ángulo de la cual se podía ver con claridad desde las ventanas de la casa, y adonde inclusive estuvo alojado, como preso político, al momento en que las huestes peronistas ocuparon la Universidad de Buenos Aires de la cual era Rector, allá por los comienzos del peronismo.
En esa vieja casona había nacido y crecido mi padre hasta que se casó, para luego regresar los nietos, poblando sus rincones con los mismos pasos y gritos de aquellos otros niños; allí jugábamos con abuelito, quien a su vez jugaba con nosotros, ignorantes de estar tratando con el reconocido profesional del derecho, con el gran profesor universitario o el conferencista de nota.
Para nosotrows era "abuelito", ese "besuqueiro" que nos hacía cosquillas con los bigotes; quien nos sacaba a pasear los domingos por la mañana a todos los primos, en su amplio Ford negro modelo 1943, anterior a la guerra, con palanca al piso y volante a la derecha, y nos llevaba al puerto a ver barcos y ayudarnos a soñar con los paises lejanos desde donde aquellos llegaban con sus cargas.
Pero fundamentalmente, fue un importante personaje de mi vida proque fue él quien -ya retirado practicamente de su profesión- me fue enseñando un montón de cosas y transmitiendo su enorme experiencia que luego, a lo largo de mi propia vida profesional he seguido utilizando y aconsejando a su vez a otros que vinieron detrás mío. Hoy, que yo también ya soy abuelo, me imagino el placer que debió sentir al poder contarme sus propias experiencias, al único nieto que siguió sus pasos profesionales.
Mi abuelo Horacio siempre fue madrugador, de sentarse a escribir junto a un par de termos con agua para el mate con el que se acompañaba, y cuando yo comencé a trabajar en el Estudio -que fundara su padre y que entonces era de sus hijos, mi tío Horacio y mi padre- primero como estudiante y luego como abogado, llegaba hasta su casa dos o tres veces por semana, a esa hora previa al amanecer, y mientras compartíamos mates solíamos conversar de algunos asuntos profesionales, pero también de la propia profesión.
Me enseñó -por ejemplo- la enorme importancia que tiene para un abogado el contar con un archivo bien armado, que permita con rapidez localizar lo que uno necesita; me explicó que todos los asuntos requieren de la misma dedicación y cuidados, sin descartar ninguno -"un asunto chico bien llevado, trae al grade"-; no descartaba que, muchas veces, la indignación y la rabia podían llegar a ser nuestras repuestas frente a una actitud malisiosa o prvocadora, de la otra parte o de los mismos tribuanales, y me explicaba como debía reaccionar en esos casos, escribiendo todo lo que nos permitiera desahogarnos, para luego dejar lo escrito a un costado del escritorio hasta dos o tres días más tarde, en que con toda seguridad todo lo escrito iría a parar al cesto de los papeles, y entonces uno ya podía escribir una respuesta más objetiva.
Me dijo -a propósito de eso de tirar los papeles- que nunca debía romper las hojas de las que me quisiera deshacer, sino tan sólo hacerlas un bollo porque era muy probable que luego quisiera irlas a buscar al cesto, por haberme arrepentido o por haber arrojado las equivocadas.....¡ y cuantas veces eso fue lo que me pasó!! Cuantas más cosas me enseñó: como redactar un escrito, con sencillez y claridad para explicar lo que se quería transmitir; como dirigirme a un tribunal; como tratar al personal -tan importante- que colabora con uno; como ateder a los clientes, dándoles a cada uno de ellos el tiempo que necesitaren, aunque nos hicieran perder el nuestro, para que les quedara claro que en ese momento, ellos y sus problemas eran para nosotros lo más importante.
No sé, son muchas cosas que hoy ya se han hecho carne en mí y de las cuales me he apropiado para transformarlas en conductas propias. No he tenido la alegría de tener un hijo o hija abogados con quie poderlas compartir, y lo más probable es que si alguno de mis nietos o nietas siguiera estas huellas, la distancia haría casi imposible una convivencia profesional próxima, pero eso no implica que aquellos consejos se irán conmigo cuando me vaya, porque yo los he ido desparramando a lo largo de mi vida entre quienes han compartido mis días laborales, siempre con la referencia clara que se trataba de consejos provenientes de mi abuelo.....y se que por ahi están y se siguen aplicando.
De más está decir que siempre me he sentido muy orgulloso de ser nieto de mi abuelo Horacio; y que tengo guardados junto a mí muchos de los que fueron los libros de su enorme biblioteca -para albergar a los cuales alquilaba otra casa, en la calle Junín y muy cerca de la suya, cuando aquella de Palermo y se mudaron a un departamento en la Avda. Santa Fé al 1050, piso 5o., libros que guardo sabiendo que eran uno de sus bienes más preciados.-
En esa vieja casona había nacido y crecido mi padre hasta que se casó, para luego regresar los nietos, poblando sus rincones con los mismos pasos y gritos de aquellos otros niños; allí jugábamos con abuelito, quien a su vez jugaba con nosotros, ignorantes de estar tratando con el reconocido profesional del derecho, con el gran profesor universitario o el conferencista de nota.
Para nosotrows era "abuelito", ese "besuqueiro" que nos hacía cosquillas con los bigotes; quien nos sacaba a pasear los domingos por la mañana a todos los primos, en su amplio Ford negro modelo 1943, anterior a la guerra, con palanca al piso y volante a la derecha, y nos llevaba al puerto a ver barcos y ayudarnos a soñar con los paises lejanos desde donde aquellos llegaban con sus cargas.
Pero fundamentalmente, fue un importante personaje de mi vida proque fue él quien -ya retirado practicamente de su profesión- me fue enseñando un montón de cosas y transmitiendo su enorme experiencia que luego, a lo largo de mi propia vida profesional he seguido utilizando y aconsejando a su vez a otros que vinieron detrás mío. Hoy, que yo también ya soy abuelo, me imagino el placer que debió sentir al poder contarme sus propias experiencias, al único nieto que siguió sus pasos profesionales.
Mi abuelo Horacio siempre fue madrugador, de sentarse a escribir junto a un par de termos con agua para el mate con el que se acompañaba, y cuando yo comencé a trabajar en el Estudio -que fundara su padre y que entonces era de sus hijos, mi tío Horacio y mi padre- primero como estudiante y luego como abogado, llegaba hasta su casa dos o tres veces por semana, a esa hora previa al amanecer, y mientras compartíamos mates solíamos conversar de algunos asuntos profesionales, pero también de la propia profesión.
Me enseñó -por ejemplo- la enorme importancia que tiene para un abogado el contar con un archivo bien armado, que permita con rapidez localizar lo que uno necesita; me explicó que todos los asuntos requieren de la misma dedicación y cuidados, sin descartar ninguno -"un asunto chico bien llevado, trae al grade"-; no descartaba que, muchas veces, la indignación y la rabia podían llegar a ser nuestras repuestas frente a una actitud malisiosa o prvocadora, de la otra parte o de los mismos tribuanales, y me explicaba como debía reaccionar en esos casos, escribiendo todo lo que nos permitiera desahogarnos, para luego dejar lo escrito a un costado del escritorio hasta dos o tres días más tarde, en que con toda seguridad todo lo escrito iría a parar al cesto de los papeles, y entonces uno ya podía escribir una respuesta más objetiva.
Me dijo -a propósito de eso de tirar los papeles- que nunca debía romper las hojas de las que me quisiera deshacer, sino tan sólo hacerlas un bollo porque era muy probable que luego quisiera irlas a buscar al cesto, por haberme arrepentido o por haber arrojado las equivocadas.....¡ y cuantas veces eso fue lo que me pasó!! Cuantas más cosas me enseñó: como redactar un escrito, con sencillez y claridad para explicar lo que se quería transmitir; como dirigirme a un tribunal; como tratar al personal -tan importante- que colabora con uno; como ateder a los clientes, dándoles a cada uno de ellos el tiempo que necesitaren, aunque nos hicieran perder el nuestro, para que les quedara claro que en ese momento, ellos y sus problemas eran para nosotros lo más importante.
No sé, son muchas cosas que hoy ya se han hecho carne en mí y de las cuales me he apropiado para transformarlas en conductas propias. No he tenido la alegría de tener un hijo o hija abogados con quie poderlas compartir, y lo más probable es que si alguno de mis nietos o nietas siguiera estas huellas, la distancia haría casi imposible una convivencia profesional próxima, pero eso no implica que aquellos consejos se irán conmigo cuando me vaya, porque yo los he ido desparramando a lo largo de mi vida entre quienes han compartido mis días laborales, siempre con la referencia clara que se trataba de consejos provenientes de mi abuelo.....y se que por ahi están y se siguen aplicando.
De más está decir que siempre me he sentido muy orgulloso de ser nieto de mi abuelo Horacio; y que tengo guardados junto a mí muchos de los que fueron los libros de su enorme biblioteca -para albergar a los cuales alquilaba otra casa, en la calle Junín y muy cerca de la suya, cuando aquella de Palermo y se mudaron a un departamento en la Avda. Santa Fé al 1050, piso 5o., libros que guardo sabiendo que eran uno de sus bienes más preciados.-
sábado, 22 de mayo de 2010
Mis personajes inolvidables
Quiero comenzar a escribir en un blog, sólo algunos rasgos descriptivos, no toda una biografía, por supuesto, de aquellas personas que a lo largo de mi vida, me han impactado al punto de convertirse en auténticos y verdaderos "personajes inolvidables", lo que no significa ni que lo fueran realmente ni que lo fuesen para la mayoría de quienes también les han conocido. Sin embargo, por alguna razón que no puedo explicar muy bien, se han grabado en mis recuerdos con una fuerza especial, como algo imborrable, que me hace pensar en ellos con una sonrisa.
Claro está que aquí no estarán ni mis padres, ni mis hijos, ni quienes han sido mis esposas, ni tampoco mi hermana, respecto de quienes guardo un sentimiento totalmente diferente, producto más del cariño que del trato. En esta galería, sin embargo, pueden aparecer algunos parientes, pero no tanto en función de ese parentesco sino por cualidades
o calidades propias que los han hecho " diferentes ", al menos a mis ojos. Junto a ellos desfilarán quienes no lo son, como pueden ser amigos, compañeros de trabajo, trabajadores domésticos, o figuras con las cuales he podido tomar contacto, de todas las cuales o he aprendido algo o me hubiese gustado hacerlo porque -claro- si guardo de ellos un recuerdo imborrable tal, es porque sin duda en alguna forma los he admirado y querido, en tanto que con toda humildad, de esta forma procuro homenajearlos.
Vamos tras ellos.
Claro está que aquí no estarán ni mis padres, ni mis hijos, ni quienes han sido mis esposas, ni tampoco mi hermana, respecto de quienes guardo un sentimiento totalmente diferente, producto más del cariño que del trato. En esta galería, sin embargo, pueden aparecer algunos parientes, pero no tanto en función de ese parentesco sino por cualidades
o calidades propias que los han hecho " diferentes ", al menos a mis ojos. Junto a ellos desfilarán quienes no lo son, como pueden ser amigos, compañeros de trabajo, trabajadores domésticos, o figuras con las cuales he podido tomar contacto, de todas las cuales o he aprendido algo o me hubiese gustado hacerlo porque -claro- si guardo de ellos un recuerdo imborrable tal, es porque sin duda en alguna forma los he admirado y querido, en tanto que con toda humildad, de esta forma procuro homenajearlos.
Vamos tras ellos.
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