domingo, 30 de mayo de 2010

Justo José Sáenz Valiente.-


El marido de Gloria, mi tía, casi hermana de mi madre con la cual eran primas, y con quien vivimos y compartimos mucho tiempo en el Tigre, antes que se casara. Pero Justo venía a visitarla y allí le conocí. Era altísimo, ya que media poco más de dos metros, y bastante flaco, pero aún cuando no sé que edad tendría por entonces, le tenía mucho cariño y él seguramente también a mí porque de no ser así, los chicos lo detectan enseguida.


Pero además, debido a esa fascinación que a veces sienten los chicos por alguno de los grandes que les prestan un poco de atención que, de otros no perciben, me hide hincha -como él- del cuadro de mis amores -el "rojo" de Avellaneda- un poco porque era el suyo y otro poco para marcar alguna diferencia que me permitiera distinguirme de mi padre, que siempre fue de River.


Justo y su familia tenían un campo en el sur de Entre Ríos, como buenos descendientes legítimos que eran de don Justo José de Urquiza, al cual fuimos muchísimas veces de visita, sobre todo en el verano. Se llamaba "El Palmar" y estaba ubicado en la estación Médanos del Ferrocarril Gral. Urquiza, y cerca del cruce de Ceibas por la ruta que lleva desde Zárate a Gualeguaychú.


A mí me encantaba la vida en el campo, y a Justo -que entonces no tenía hijos y que luego no pudo tener varones- le gustaba tener a alguien a quien poderle enseñar las cosas del campo. Yo no quería perderme nada, y pedía que me despertaran al alba para matear en la cocina y luego salir a recorrer el campo a caballo, con él y a veces, también con su hermano Raul, llegando hasta los distintos puestos donde, según la hora, nos convidaban con mate o alguna cosita para picar.


Durante esas recorridas a caballo yo me sentía transportado a otro mundo; tenía hasta un mismo caballo que usaba diariamente; utilizaba un recado blanco y allá salía con mis bitas y bombachas. También me encantaba mezclarme en los arreos; salir a buscar algún ternero rebelde que se abría del grupo y pecharlo con el caballo hasta que regresaba; o pasarme el día en los corrales cuando la tarea se trasladaba a ese lugar, ya fuese para marcar, vacunar o embarcar hacienda.


Después, cada tanto, solíamos ir hasta el pueblo, siempre a caballo, por ejemplo al correo a buscar correspondencia o a la estación para averiguar por horarios de trenes o comprar boletos anticipados, en paseos que siempre terminaban en el almacén de ramos generales desde donde nos llevábamos muchas cosas y donde -según recuerdo- nunca ví que se pagara nada, ya que seguramente mantenían una cuenta corriente que cada tanto cancelaban.


Otro recuerdo lindo que tengo de Justo, unido a esa época, era cuando nos sentábamos afuera, en la galería, en las noches de verano. El sonido del croar de cientos de sapos que provenía de la oscuridad, mientras alguno se atrevía a llegar hasta donde estábamos para hacernos compañía y de paso deglutirse toda clase de insectos con una velocidad asombrosa.


También salíamos con el rifle a cazar loros, que eran considerados plaga, ya que por cada par de patas te daban algunos pesos -o eso es lo que nos decían para alentarlos-; o esos juegos nocturnos, cuando había que desafiar la noche caminando junto a una doble hilera de altos eucaliptus hasta llegar a la tranquera, para luego volver corriendo al imaginar que alguien pudiera tomarnos por detrás.


Me gustaba acercarme al escritorio, ese misterioso cuarto de enfrente en el que solían reunirse Justo y Raul con el capataz, manteniendo reuniones que a mí me parecía que eran muy serias, mientras yo miraba absorto el plano del campo, con sus divisiones internas en distintos cuadros, cada una con sus puestos, enmarcado y colgado de la pared, junto a esas fotos viejas de figuras desteñidas por el tiempo, entre las que sobresalía una de Urquiza y otro del abuelo de Justo, aquel protagonista de la célebre y trágica historia de Felicitas Guerrero.


Finalmente no puedo dejar de recordar que, fiel a su costumbre de darme todos los gustos, un día me puso al volante de un jeep para empezar a manejar, y luego de explicarme los secretos de la aceleración controlada por el embrague para el arranque, me indicó que avanzara por un caminito rodeado de árboles por ambos lados y fui tan tosco en el arranque acelerado y sin control que fuimos a parar contra uno de esos árboles, golpeando la cabeza de Justo su cabeza contra el vidrio, que lo lastimó, en medio de los gritos alarmados de quienes contemplaban desde el costado "mi debut".


¡ Que bueno fuiste siempre conmigo, Justo !! No sólo entonces sino luego, a lo largo de la vida, en cada oportunidad que teníamos de encontrarnos, y que se fueron espaciando cada vez más, como esos trenes lejanos que cruzaban el campo y que nosotros veíamos pasar a la distancia sin poder distinguir a su pasaje.


Tuve la enorme alegría de visitarte un año antes de tu partida, después de muchísimos años de no habernos podido encontrar, por esas cosas que tienen las distancias; y estabas muy flaco, mucho más de lo habitual, pero con la misma cordialidad y simpatía de siempre. Ya hacía muchos años que debido a las constantes crecidas de los rios cercanos, afluentes del Paraná, habían tenido que vender el campo, que estuvo en una oportunidad más de dos años debajo del agua; tenías una jubilación escasa -de esas que yo llamo "simples ayudas sociales" porque no son jubilaciones dignas- y te seguía interesando la política y, como buen hombre de campo, no comprendías los desaguisados del gobierno de turno para con él; pero seguías escuchando con genuina alegría las pequeñas cosas que yo pudiera contarte y que te seguían interesando, igual que las que te contaba de chico o de adolescente reciente y curioso.


Fuiste un personaje muy importante de aquella etapa de mi vida, a la cual tengo asociados uno de los momentos más felices. Por eso y por ser tan buena persona siempre, te quiero poner en un lugar importante de mi galería de personas cuya personalidad me hubiera impactado, y que en alguna forma han hecho de mí, lo que soy hoy en día.

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