Han sido varios los curas que, a lo largo de mi vida, han ocupado en ella algun lugar más o menos importante, que explica que se hayan terminando transformando en personajes inolvidables y a los que quiero darles un lugar en este rincón de recuerdos, pero antes de hacerlo no puedo dejar de mencionar a algunos otros que sin haber llegado a tener una verdadera influencia sobre mí o mis cosas -a partir del momento en el que pude disponer de ellas- con anterioridad pudieron tener algún protagonismo cerca mío, no buscado ni deseado por mí sino por mis padres.
Uno de ellos es el por entonces abad de los benedictinos, monseñor Andrés de Azcárate, un hombre severo , español en todo, de rostro curtido, al cual mi madre -siendo yo un niño- me llevaba a ver en la Abadía de San Benito en Belgrano para procurar lograr enmiendas de conducta con las que ella se ve que no podía; le recuerdo en un oscuro confesionario de la izquierda de la vieja y pequeña iglesia, hablándome con su voz potente y firme e instándome a ser más bueno y obediente, sobre todo con mi madre, mientras yo sentía que me afixiaba, no sé bien si por el pequeño ambiente cerrado o el miedo que me producía ese encuentro -de rodillas- frente a quien -a mis ojos- aparecía como una figura realmente imponente.
También forma parte de esos primitivos recuerdos el por entonces párroco de la iglesia de San Miguel -en el centro porteño- el padre Miguel Angel de Andrea, el padre Miguelito, amigo de mi padre y sobrino del célebre obispo de Temnos, y a quien -en este caso- era mi padre el que me llevaba a ver siendo yo ya un poco mayor pero aun antes de mi primera adolescencia, seguramente por ser más travieso de lo pretendido por mis padres. A diferencia del anterior, este cura me atendía fuera del confesionario y caminando por un amplio patio interior de su parroquia, ante el cual -con seguridad- renovaba mis buenos propósitos de enmendar mi conducta, pero sin mucha convicción.
Estos dos recuerdos me llevan a pensar que para mis padres, con toda seguridad, la palabra de los miembros de la iglesia debería tener una importancia gravitante, al punto de recurrir a ella -casi como argumento de autoridad- cuando mis trapisondas -que sinceramente ni recuerdo ni pienso que fuesen tan graves- los superaban y no encontraban ni en las palabras ni en las formas -sin castigos físicos- la manera de hacerme reaccionar, recurriendo entonces a los buenos consejos de sus sacerdotes de confianza, en el convencimiento de que estos podrían lograr lo que ellos no podían, aunque también esto, finalmente, resultaba inutil.
Pienso ahora, ya abuelo, en lo dificil que resulta el ser padre, para lo que uno viene dotado biológica pero no psicológicamente, y hay que aprender el mejor método que tampoco es universal ni sirve el mismo para todos los hijos. En mi caso -por ejemplo- no bastaba con convencerme con argumentos porque -según recuerdo- yo no los compartía y por ende no los atendía y, con esa soberbia tan propia de los adolescentes, confiaba más en mi y en mis inexperimentadas decisiones que en las que con sus mejores intenciones me propusieran mis padres.
Pero sigamos con los curas. Durante uno de mis primeros noviazgos, la propuesta de "mi novia" -de alrededor de quince años el personaje- fue que debíamos -ambos- tener un mismo director espiritual, para que nos fuera ayudando a transitar esa etapa tan novedosa, de la mejor manera posible. Es increíble ver, desde la distancia, cuanto más rápido crecen a esa edad las mujeres que los varones, y la enorme madurez de esa "casi niña" obligada a buscar con inteligencia, la mejor manera de sortear los tironeos propios de la carne.
Asi es como llegamos al padre Roberto M. Berg, el padre Berg, que atendía en la iglesia del Corazón Eucarístico sobre la calle Montevideo frente a la plaza Vicente López. Era un cura bajito, muy simpático y entrador, con el cual solíamos más que confesarnos, sentarnos a conversar, cada uno por su lado, en la mañana de los sábados, y con el cual al principio me costó bastante abrirme ya que no estaba acostumbrado a conversar de mis cosas con nadie.
También recuerdo que durante los veranos venía a visitarnos a Miramar, no solo a nosotros sino también al vasto número de jóvenes que con el se dirigían y que formaban parte del gran grupo que integrábamos, y que veraneabamos todos juntos en el mismo lugar. Allí se juntaba con nosotros en la playa, conocía a nuestrs padres, participaba de asados y fogones y seguía con "su misión" de aconsejarnos y de procurar poner nuestras vidas en sintonía con Dios.
Buen tipo el padre Berg, que luego quedó perdido en el tiempo ydel que nunca más supe nada, una vez que quedara atras esa noviazgo, interrumpido abruptamente sin mi voluntad o mejor dicho en contra de ella, como un rechazo más a todo lo qu me hiciera recordar esos tiempos.
Por aquel entonces -era la etapa de comienzos del secundario- en un retiro espiritual al que fui invitado lo conocí a Ernesto Garcia Alesanco, don Ernesto o el padre Ernesto, un curita muy joven, rosarino y periodista recien llegado de España adonde había estudiado y ordenado, que realmente me sorprendió por lo novedoso de su prédica, que con un lenguaje sencillo y a nuestro alcance nos hablaba de la manera de convertir las cosas más cotidianas en una oración permanente a Dios; desde entonces las charlas -muy tranquilas- que comenzamos en ese retiro, se prolongaron a lo largo de los años.
Yo concurría periódicamente a conversar con él en los altillos de una vieja casa de la calle Chacabuco, en el barrio de San Telmo, y ahi desfilaban los mil y un temas que por lo general abruman a los jóvenes y que yo le planteaba, para recibir siempre un buen consejo, la palabra justa y sobre todo una forma muy libre de encarar la vida, de mucho respeto hacia lo que yo pensara o hiciera.
Luego se trasladó a una enorme casona de la calle Amenabar -en Belgrano- adonde funcionaba una residencia de estudiantes regenteada por miembros del Opus Dei -al cual pertenece- y hasta allá me llegaba durante muchas tardes para proseguir con esa charla interminable que ocupó todo mi secundario y los primeros años universitarios.
¡ Don Ernesto !! Que lindos recuerdos tengo de todo aquel período "fundacional" de mi vida, durante la cual fue mi Director Espiritual, dicho así, con mayúsculas, y cuanto han tenido que ver sus consejos con muchas de mis posteriores decisiones de priorizar en la vida la libertad y la coherencia por sobre otras alternativas quizás más seguras o de compromisos méramente formales.
Luego lo trasladaron a Mendoza y no volví a verlo, durante muchísimos años, aun cuando cada tanto me llegaba su invariable mensaje, que seguía rezando por mí cada día de su vida, durante las misas, hasta el día en que falleció mi padre y ahi estaba, igual a como le recordaba, con su misma cara de niño bueno y su sonrisa cómplice, propia de quien sabe que nos conocemos tan profundamente que no hacen falta las palabras para trasmitirnos nuestros sentimientos.....y sin embargo habían pasado tantas cosas en mi vida.
Momentos de mucha oscuridad espiritual se sucedieron entonces, provenientes -fundamentalmente- de esa hipocrecía y falsa religiosidad que advierto en tantos y tantos ministros y feligreses "devotos", quen tanto daño me hicieron que no he podido sino alejarme y buscar refugio en mi intimidad, adonde puedo mantener una buena relación directa con Dios, a quien lo imagino con los brazos abiertos para recibirme, hiciera lo que hiciere y pensara lo que pensare, a la manera de don Ernesto, a quien ninguna de mis actitudes de entonces le molestaba o le horrorizaba, como sí me ha pasado luego con otros.....a quienes es mejor no recordar......
Pasaron cerca mío otros curas, en diferentes momentos de mi vida, pero ninguno dejó una huella profunda como aquella ni pude anudar con ellos una confianza mutua tan intensa. Por ejemplo, tengo un muy grato recuerdo de don Jaime de Nevares, con quien tuve un buen trato, pero más desde lo institucional, entre el obispo y el juez federal del Neuquén, que de lo religioso. Don Jaime tuvo para conmigo un detalle gigante que no puedo olvidar, cuando me invitó a la reunión que Juan Pablo II tendría con el mundo de la cultura, en el teatro Colón de Buenos Aires, durante su último visita a la Argentina, y adonde al pasar a mi lado le pude estrechar la mano, de una calidez tal que aun hoy puedo sentirla en la mía.
Otro cura sensacional fue el padre Juan San Sebastian, secretario de don Jaime y luego párroco de Ciudad Industrial, que siempre fue su sombra silenciosa pero muy eficaz, y dueño de una enorme amplitud de mente y de un corazón inmenso. Con el cura de Alta Barda, el padre Fernando Rabufet, un sacerdote español "duro", intransigente y muy austero con él mismo, pero incansable batallador, no pude lograr una gran amistad, quizas por encontrar en sus formas las antípodas de mi forma de pensar la religión y la vida. Sin embargo le ayudé mucho y con todo desinterés cuando pidió mi ayuda para poder instalar una escuela secundaria confesional en el barrio, y allí está hoy el Pablo VI, sacando año tras año generaciones formadas no solo en lo intelectual.
Con el cura Paco, capellán de la cárcel, tambien tuvimos muchos encuentros cuando yo era el juez federal de la provincia, por compartir ambos la forma en que se debía encararse esa delicada tarea de recuperar socialmente a los presos, tarea pastoral a la que se volcara con una dedicación y entregas realmente encomiables, y casi, casi, diría que no hay más sacerdotes de los que -en mi criterio-valga la pena dejar aquí un recuerdo.
Tenemos un curita muy joven en el coro, Fernando Fernández, que reune muchas de las condiciones que a mí me gusta destacar en los curas a los que trato, y que fundamentalmente se traduce en pensar con una enorme libertad, que no limite lo religioso a lo formal o litúrgico, a lo que está mandado; que procuren más imitar a Dios -que es inmenso e inconmensurable- que a aquellos oficiales de la burocracia eclesial o religiosa que tanto han hecho sufrir -durante el transcurso de los siglos- a los que simplemente somos hijos de Dios, pero también criaturas humanas. Vamos a ver si Fernando logra finalmente un lugar destacado dentro de mi vida; por ahora creo, que había que esperarlo porque alguien así, seguramente, algún día iba a llegar.
Allá, muy lejos en el tiempo, hay dos personajes siniestros, sacerdotes que circulaban descaradamente por el colegio primario al que asistía, y de quienes será imposible que logre olvidarme nunca, pero no voy a mencionarlos; Dios ya los debe tener presente. Hoy, que están saliendo a la luz tants y tantos casos semejantes, aguardo a que quizás algún día aparezcan sus nombres y se hagan públicas sus impúdicas malicias.
Al concluir esta recorrida no puedo sino volver a aquellos años de mi infancia, al niño inmanejable al que sus padres, sin saber que hacer, llevaban para que otros le pusieran los límites que de ellos no aceptaba, y así fue como me dejaron -sin quererlo- esta reacia actitud de rebelión que siempre me ha acompañado, pero mezclada con un gran respeto por todo lo que fuese religioso. Es cierto que no he sido comprendido, muchísimas veces, pero es que yo tampoco he sabido comprender muchas cosas, pero no por ello he dado portazos ni me he alejado a otras orillas; estoy cerca, pero mirando sin arrimarme, seguramente, hasta que una buena mano venga por mí.
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Querido Rodolfo: Supongo que no fue casualidad que, por casualidad me haya tropezado el día en que lo publicaste, con tu comentario "Los curas". Tres días antes -el 14- fueron los 50 años de la ordenación. Sigo cumpliendo el amable compromiso que vos mencionas.Ese día también estuviste muy presente. No se cual será el momento, ni cual esa mano, pero esa mano no te va a faltar....
ResponderEliminarTal como decía quien nos dejara hace pocos días, el P. Ernesto, en el comentario anterior, casi profético, casi diez años después del relato anterior puedo decir que finalmente creo haber dado con un cura "como Dios manda": el Padre Erasmo Reyes, a qien conociera como Párroco de Fernádez Oro y hoy destinado a l de Cinco Saltos, siempre aqui en Rio Negro.
ResponderEliminarOrdenado de grande, le conocimos debutando como Diácono cargo de aquella parroquia adonde concurríamos los domingos, sucediendo al cura Fernando -a quien mencioné en el texto principal- que no pudo seguir con su vocación sacerdotal. Erasmo llegó con toda su humildad a cuestas a desempeñarse en una comunidad religiosa que "se las sabía todas" compuesta de parroquianos/as de muchos años y por ende, casi lo dueños del lugar.
Venía con otras ideas, vinculadas sobre todo al orden jerárquico, porque así como él debía obedecer a su obispo -y eso no se ponía en discusión- los miembros e la comunidad debían aceptar que el responsable religioso de la misma era él, y así poco a poco fue imponiendo sus criterios y, claro, ganándose la enemistad de aquellos.
Nosotros en cambio hicimos buenas migas desde los comienzos y una vez ordenado sacerdote, le pidió a Anama qu lo secundara como Económa, vale decir la responsable de llevar las cuentas parroquiales, por supuesto bajo la dirección de Erasmo que era quien tomaba las decisiones de como utilizar los recursos
Y así lo fuimos conociendo, paulatinamente, más Anamá que yo, y aprecindolo, a pesar de las dificultades que Erasmo tenía con los sermones, porque se advetía que no tenía ninguna facilidad para hablar en público, lo que lo llevaba a leer sus homilias y, desde luego, esto le quitaba toda espontaneidad.
Pero también esto lo fue poco a poco superando y, con el correr de los años logró mostrarnos algo de su riquísimo interior, que espontáneamente se colaba en sus sermones, cuando se soltaba.
Nosotros terminando queriéndolo mucho; recibiéndole en casa adonde vino a bautizarlo a Blas, el nieto de Anamá,; consultándole y finalmente, cuando a mi me vino la inspiración de armar un colegio fue al primero con quien lo converse, y se entusiasmo muchísimo con la idea, y con el nombre
Es que la advocación de la Virgen de Lourdes del nombre propuesto para el colegio, como a mí, nos resultaba tan apropiado como necesario por haber tenido que recurrir a ella, ambos, muchas veces a lo largo de nuestras vidas, y en el jardín de la Parroquia -en donde inicialmente pensamos abrirlo- había una pequeña gruta.
De ahi en adelante tuve en Erasmo a un baluarte importantisimo a la hora e tener que sortear los mil y un inconvenientes que provenían del propio seno de la Iglesia, derivados de una incomprensible actitud de egoísmo y soberbia de quienes se sienten los únicos dueños de todo lo vinculado a lo religioso.
Pero fue Erasmo quien, en cambio, nos aseguró el apoyo incondicional del Obispo Cuenca y, se acabó la discusión, aunque nos siguieran tirando piedras los mismos que también desconocían la autoridad del Diocesano. Una verguenza pero es real.
Un buen día Erasmo fue trasladado y quien vino volvió todo lo que este había hecho de bueno, para atras, poniendo la Parroquia en manos de aquellos que se habían ido y que volvieron con mucha más fuerza. Allí tuvimos que comenzar a pensar en un proyecto distinto para el colegio y nos fuimos -o nos fueron- de la Parroquia, para comenzar a mostrar una imagen secular y volcada a priorizar los valores humanos que, en definitiva, son los mismos que ensalza la religión.
Erasmo no por eso nos dejó, pero ahora nos sigue con sus oraciones y sobre todo con el vínculo con el obispo quien, además, ha prometido cedernos una importante cantidad de tierra para levantar alli la sede.
Te encontré Erasmo, humana y religiosamente, aunque no tengamos una relación permanente, sé que estas como vos sabes que conmigo podes contar. Se que no solo sos un hombre bueno y un cura extraordinario; por sobre todo es tu humildad y la firmeza de tu caracter lo que te hacen un hombre santo. Gracias