Esta galería de personajes no está limitada únicamente a los que habiendo pasado por mi lado, hoy ya no están aquí, en la tierra, ya que son varios aquellos que además de ser parte de mis personajes inolvidables, me permiten seguir disfrutando -cada tanto- de su compañía, como es el caso de esta amigo tan entrañable que reside en Madrid.
Español por nacimiento, cuna y formación, es de esos típicos españoles autenticamente convencidos de su ser y su destino como tales, en el caso de Rafa con ideas políticas de derecha, bien definidas y defendidas sin pelos en la lengua, pero a la vez totalmente anti-monárquico rabioso, de aquellos que no comprenden ni justifican la existencia de una monarquía en España, en posición que en su momento me sorprendió ya que para mí el ser de derechas implicaba ser monárquico, cuando no es así, y si bien todos los monárquicos son de derecha -en términos generales, se entiende- no todos los de ideas de derecha son a su vez monárquicos. Lo bueno del caso en que todos los españoles defienden sus ideas, o te las transmiten, con una vehemencia propia de una discusión entre jóvenes idealistas.
Con Rafa nos conocimos una mañana en Zapala, en que nos juntamos a almorzar; él estaba allí acompañando a un hijo suyo -por entonces medio sabandija- que había venido con un amigo a esquiar a San Martín de los Andes, pero en plan más de diversión que deportivo, y que por una alcahuetería de alguno que se la tenía jurada, junto a un amigo suyo español con el que viniera, fueron a parar a la carcel con un cargo bastante grave como es el de transporte de drogas, y luego derivados a Zapala a disposicion del juez federal de esa ciudad.
Y hacía allá partió Rafa, a tomar la posta y asumir intensamente -como todo lo que emprende- la responsabilidad de la dificil tarea de lograr la libertad de su hijo y de su amigo, cuyas defensas se me habían confiado previamente y respecto de la cual era preciso conversar para acordar algunas precisiones, siendo ese el motivo que generó nuestro primer encuentro.
Me impresionó como un hombre grande, y no me refiero a su edad que es la misma que la mía y que quince años atras rondaría los 50; y tampoco de tamaño, aun cuando sus dimensiones físicas son importantes; la grandeza a la que me refiero es la del espíritu, dueño de un corazón de aquellos que vienen "sin restricciones", inmenso corazón que -se advertía- padecía un gran sufrimiento por la suerte que pudiera correr su hijo, a quien dispuso que se lo acompañara en forma permanente -"el tiempo que fuese"- por alguno de los integrantes de su familia quienes, efectivamente, a lo largo del año que transcurriera hasta que finalmente se logró ponerlos en libertad, nunca les faltó la compañía familiar, ya fuera por parte de él o de alguno de sus otros hijos varones con quienes se turnó, únicamente para poder estar junto a ellos durante esas dos horas diarias de visita que la Gendarmería permitía.
Todavía recuerdo la enorme tristeza del relato que me hiciera Rafa del día en que debió regresar a su Madrid luego de la primera visita a Ismael, su hijo, al mirar por la ventanilla del avión ese suelo desértico y lejano en el que se retenía al objeto de sus amores y preocupaciones, porque Rafa, siendo padre, también tenía -y tiene- entrañas de madre, protectora y atenta.
Mientras debió permanecer allá, en Madrid, me llamaba por teléfono casi diariamente en torno de las 6 o las 7 de la tarde, cuando allá se había terminado la jornada laboral y el regresaba a su casa, llamadas en las cuales me preguntaba sobre las novedades que se pudieran haber producido desde nuestra conversación anterior, respecto de cada una de las estrategias que en conjunto habíamos previamente planeado en pos de ese objetivo común.
Rafael me demostró, a lo largo de ese año que para él fue casi interminable, que era un padre con todos los atributos propios del varón serio y responsable que conduce a su familia, sin que por ello apareciera en algún momento alguna muestra de ira o simplemente de descontento hacia su hijo a quien, con toda seguridad, habrá regañado pero privadamente, sin que nadie tuviese porqué enterarse.
Viajó dos veces a lo largo de ese año, con permanencias bastante prolongadas en Zapala, pero sin poder asistir a las audiencias del proceso oral que finalmente se les siguiera a los chicos aqui, en Neuquén, debido -entiendo- a razones económicas que, a la par de lo que aquí le sucedía, le fueron minando su actividad y sus recursos allá en España, al punto que cuando por fin logró recuperar a su hijo y tenerlo consigo, lo que perdió fue su emprendimiento empresario a manos de un socio indigno que se aprovechó de la situación por la que atravesaba Rafa, para actuar en su propio beneficio, generándose así una nueva coincidencia conmigo a quien también por ese entonces, un socio me produjo un gran perjuicio económico.
Y así terminamos ambos aquel año, con la alegría de ver que el fruto de todo ese enorme esfuerzo había sido alcanzado al lograrse la libertad de Ismael y José Luís, su amigo, pero a costa de tener que comenzar con una reconstrucción desde lo económico, que gracias a Dios, en los dos casos tuvo a la larga resultados satisfactorios. Y volvimos a encontrarnos, al cabo de los años, allá en el Madrid de sus amores, y el abrazo que entonces nos dimos contenía esos mil recuerdos escondidos en ambos corazones, porque a lo largo del tiempo y de la frecuencia de trato cibernético, nos fuimos haciendo buenos amigos, de esos que a los 50 años no es muy fácil de encontrar, y mucho menos cuando media nada menos que un océano de separación entre ambos.
Y nos recibió; y nos atendió; y nos paseó; y nos agasajó de una forma como sólo los amigos más entrañables suelen hacer; y volvimos a recordar -ahora con alegría- aquellas jornadas de su estancia zapalina, en actitudes muy generosas que se han repetido en otros viajes que tuvimos la oportunidad de hacer a España, en los que se puso enteramente a nuetra disposición y, siguiendo con su misma actitud de entonces, cuando él no pudo hacerlo personalmente, su presencia se manifestaba por intermedio de alguno de sus hijos, contagiados del mismo agradecimiento que sentía su padre.
Yo te quiero agradecer, amigo Rafa, esa amistad tan sincera que me dispensas, y mi forma de hacerlo es asentando tu nombre en este sitio en donde procuro volcar los recuerdos más queridos de todo lo que me ha sucedido a lo largo de mi vida; aquello que me resulta "inolvidable", sabiendo que esa amistad que nos brindamos y que ya se transmite hacia quienes vienen detrás nuestro, nos mantendrá unidos a pesar de las distancias, porque nacida en tiempos difíciles -para ambos- ha logrado una fuerza y una calidez que rara vez se encuentra, aun con aquellos a quienes podemos tratar cotidianamente.
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Nunca había pensado en lo que, de mi, podrían pensar mis amigos o enemigos; nunca me lo había planteado. Te puedo decir Rodolfo que lo que has escrito me ha emocionado y me satisface el saber como me conoces y como eres capaz de resumir en unas lineas, mi sentir, que es mio, pero que veo con satisfacción que un verdadero amigo lo tiene "muy descubierto"
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