domingo, 23 de mayo de 2010

Mi abuelo Horacio

Uno de los personajes más influyentes en mi vida -al menos en mi vida profesional-ha sido sin duda alguna mi abuelo, Horacio C. Rivarola, como acostumbraba firmar, pero para nosotros, sus nietos, simplemente "abuelito", el padre de mi padre. Abuelito vivía -cuando yo era chico-en un petit hotel en Palermo, en la calle Juncal 3100, justo en la esquina con Coronel Diaz y enfrente de lo que entonces era la Peninteciaria de la calle Las Heras, un ángulo de la cual se podía ver con claridad desde las ventanas de la casa, y adonde inclusive estuvo alojado, como preso político, al momento en que las huestes peronistas ocuparon la Universidad de Buenos Aires de la cual era Rector, allá por los comienzos del peronismo.

En esa vieja casona había nacido y crecido mi padre hasta que se casó, para luego regresar los nietos, poblando sus rincones con los mismos pasos y gritos de aquellos otros niños; allí jugábamos con abuelito, quien a su vez jugaba con nosotros, ignorantes de estar tratando con el reconocido profesional del derecho, con el gran profesor universitario o el conferencista de nota.

Para nosotrows era "abuelito", ese "besuqueiro" que nos hacía cosquillas con los bigotes; quien nos sacaba a pasear los domingos por la mañana a todos los primos, en su amplio Ford negro modelo 1943, anterior a la guerra, con palanca al piso y volante a la derecha, y nos llevaba al puerto a ver barcos y ayudarnos a soñar con los paises lejanos desde donde aquellos llegaban con sus cargas.

Pero fundamentalmente, fue un importante personaje de mi vida proque fue él quien -ya retirado practicamente de su profesión- me fue enseñando un montón de cosas y transmitiendo su enorme experiencia que luego, a lo largo de mi propia vida profesional he seguido utilizando y aconsejando a su vez a otros que vinieron detrás mío. Hoy, que yo también ya soy abuelo, me imagino el placer que debió sentir al poder contarme sus propias experiencias, al único nieto que siguió sus pasos profesionales.

Mi abuelo Horacio siempre fue madrugador, de sentarse a escribir junto a un par de termos con agua para el mate con el que se acompañaba, y cuando yo comencé a trabajar en el Estudio -que fundara su padre y que entonces era de sus hijos, mi tío Horacio y mi padre- primero como estudiante y luego como abogado, llegaba hasta su casa dos o tres veces por semana, a esa hora previa al amanecer, y mientras compartíamos mates solíamos conversar de algunos asuntos profesionales, pero también de la propia profesión.

Me enseñó -por ejemplo- la enorme importancia que tiene para un abogado el contar con un archivo bien armado, que permita con rapidez localizar lo que uno necesita; me explicó que todos los asuntos requieren de la misma dedicación y cuidados, sin descartar ninguno -"un asunto chico bien llevado, trae al grade"-; no descartaba que, muchas veces, la indignación y la rabia podían llegar a ser nuestras repuestas frente a una actitud malisiosa o prvocadora, de la otra parte o de los mismos tribuanales, y me explicaba como debía reaccionar en esos casos, escribiendo todo lo que nos permitiera desahogarnos, para luego dejar lo escrito a un costado del escritorio hasta dos o tres días más tarde, en que con toda seguridad todo lo escrito iría a parar al cesto de los papeles, y entonces uno ya podía escribir una respuesta más objetiva.

Me dijo -a propósito de eso de tirar los papeles- que nunca debía romper las hojas de las que me quisiera deshacer, sino tan sólo hacerlas un bollo porque era muy probable que luego quisiera irlas a buscar al cesto, por haberme arrepentido o por haber arrojado las equivocadas.....¡ y cuantas veces eso fue lo que me pasó!! Cuantas más cosas me enseñó: como redactar un escrito, con sencillez y claridad para explicar lo que se quería transmitir; como dirigirme a un tribunal; como tratar al personal -tan importante- que colabora con uno; como ateder a los clientes, dándoles a cada uno de ellos el tiempo que necesitaren, aunque nos hicieran perder el nuestro, para que les quedara claro que en ese momento, ellos y sus problemas eran para nosotros lo más importante.

No sé, son muchas cosas que hoy ya se han hecho carne en mí y de las cuales me he apropiado para transformarlas en conductas propias. No he tenido la alegría de tener un hijo o hija abogados con quie poderlas compartir, y lo más probable es que si alguno de mis nietos o nietas siguiera estas huellas, la distancia haría casi imposible una convivencia profesional próxima, pero eso no implica que aquellos consejos se irán conmigo cuando me vaya, porque yo los he ido desparramando a lo largo de mi vida entre quienes han compartido mis días laborales, siempre con la referencia clara que se trataba de consejos provenientes de mi abuelo.....y se que por ahi están y se siguen aplicando.

De más está decir que siempre me he sentido muy orgulloso de ser nieto de mi abuelo Horacio; y que tengo guardados junto a mí muchos de los que fueron los libros de su enorme biblioteca -para albergar a los cuales alquilaba otra casa, en la calle Junín y muy cerca de la suya, cuando aquella de Palermo y se mudaron a un departamento en la Avda. Santa Fé al 1050, piso 5o., libros que guardo sabiendo que eran uno de sus bienes más preciados.-

1 comentario:

  1. Rodolfo: Me encantó el blog, y claro que lo he curioseado. Es más, lo he leido dos veces, porque los consejos de "abuelito" como con cariño lo recordas, es la base de nuestra profesión. Son esos pequeños detalles que lo hacen todo y sirven sin dudas para despegar vuelo bien alto. Mil gracias por compartirlos.

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